The Objective
Daniel Capó

Decirnos la verdad

«La primera verdad es que, conmoción tras conmoción, hay algo muy profundo que no funciona en nuestro país. Debemos dejar de mentirnos a nosotros mismos»

Opinión
Decirnos la verdad

Ilustración de Alejandra Svriz.

Los shocks sistémicos desnudan a los países. Recordemos los años previos al periodo aciago de 2008-2011, cuando España presumía de superávit fiscal, crecimiento económico e incluso de una renta per cápita —Zapatero dixit— que superaba a la italiana y desafiaba la supremacía francesa. Las joyas de la corona eran el sector financiero —el más sólido de Europa— y el inmobiliario —que aspiraba a convertirnos en la Florida del continente—. Llegó la oleada de las subprime y, poco después, la de la deuda soberana, que nos dejó a la intemperie, arruinados y empobrecidos para unas cuantas décadas.

El mapa de las cajas de ahorro quedó reducido a la mínima expresión, con efectos especialmente demoledores para la España vaciada; el déficit y el endeudamiento público se dispararon a niveles astronómicos, a la vez que el paro alcanzaba cifras desconocidas hasta entonces. Un simple dato aportado por Eurostat nos sirve para enmarcar el drama económico que ha vivido nuestro país: entre 2004 y 2024, la renta familiar se ha incrementado en la Unión un 22% de media y sólo un 11% en España, porcentaje sólo empeorado por Italia y Grecia. Somos comparativamente más pobres de lo que éramos.

El siguiente gran shock que vivimos afectó a otra de las joyas de la corona: la sanidad pública. Sucedió en 2020 con la llegada de la covid-19, que sacó a la luz las limitaciones del sistema, especialmente la falta de eficiencia y coordinación. Olvidamos con demasiada facilidad el escepticismo inicial que causaba la enfermedad, el ridículo del comité de expertos y el exceso de mortalidad. Olvidamos también el daño que causó el relato oficial a la confianza de los ciudadanos, con sus mentiras y sus medias verdades. Una larga década de baja inversión presupuestaria había empeorado además la calidad de los servicios públicos. Las malas decisiones tienen sus efectos. La sustitución de la meritocracia funcionarial por la inflación de cargos a dedo también. No sólo éramos más pobres, sino que nuestras redes de seguridad se iban deteriorando a marchas aceleradas.

El tercer gran shock de estas dos últimas décadas es el trágico accidente ferroviario en Adamuz, que ha puesto de nuevo en evidencia la mala gestión de nuestras autoridades. La clave es la falta de mantenimiento. Se percibe en los trenes de alta velocidad y en los de cercanías; se percibe en el firme de las autopistas y de las autovías, y en el estado de las comisarías y juzgados; se percibe en los colegios públicos y en los centros de investigación, en las depuradoras y en el alcantarillado. Frente a los científicos sociales, que necesitan cuantificar la realidad para poner los puntos sobre las íes, la percepción diaria de los ciudadanos se impone como una certeza que alimenta el malestar social. Los impuestos suben sin parar, la recaudación alcanza niveles máximos, la economía crece, pero nadie lo palpa en el día a día.

«La calidad de la enseñanza cae, los jóvenes mejor formados emigran, las deficiencias en infraestructuras se multiplican»

Al contrario, lo que se detecta es que la calidad de la enseñanza cae, que nuestros jóvenes mejor formados emigran; que las deficiencias en las infraestructuras se multiplican en forma de accidentes, retrasos o cancelaciones; que no hay vivienda pública —ni asequible—, que faltan residencias de la tercera edad y centros de día que puedan dar respuesta al siguiente shock que está por llegar (que, de hecho, ha empezado a llegar): el del envejecimiento demográfico; que los servicios públicos se encuentran al borde del colapso, a pesar del uso intensivo de la informática; que la falta de futuro es ya un presente precario y que nadie responde.

Nadie responde porque hemos perdido el sentido de la responsabilidad y la lucha por el voto se mide en los términos de una carrera política. Nadie responde porque la tentación es creernos que nuestra administración pública no sirve ya para nada, cuando sin ella estaríamos mucho peor. Nadie responde porque es más fácil mirar hacia otro lado hasta que el último apague la luz. El sanchismo ejemplifica todos estos males, aunque no sea el único responsable. La mentira no puede ser nunca compañera de la verdad. Y la primera verdad que debemos decirnos es que, conmoción tras conmoción, hay algo muy profundo que no funciona en nuestro país. Y que debemos dejar de mentirnos a nosotros mismos.

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