The Objective
Jorge Vilches

Cuentas antifascistas con moño

«El cultureta cree que no se le ha reconocido toda su valía porque el mercado está en manos del enemigo, que es la derecha o el fascista» 

Opinión
Cuentas antifascistas con moño

El actor Óscar Jaenada. | Europa Press

No he visto ninguna de sus películas o series. Su cara me suena pero no lo identifico con nada importante. Podía ser el figurante de un anuncio de coches de segunda mano, o un famoso de los que van a una isla a hacer fuego con dos piedras. Hete aquí que de repente el tipo ha irrumpido con una entrevista porque estrena una serie en Disney+, la plataforma que pasó del conservadurismo al wokismo para hacer caja. Me refiero a Óscar Jaenada. ¿No le suena de nada? Pues haga lo mismo que yo: búsquelo en internet.

El caso es que el actor, un hipster con barba y moño, dice en la entrevista que «el artista de derechas no existe», que «a ver si volvemos al 36, me cago en Dios», y que no vive en Madrid para no cruzarse «con tantos fascistas». Le faltó eructar el abecedario para demostrar que sabe leer y escribir, y luego olerse el sobaco. De todas maneras busqué en Wikipedia su formación académica para ver si sus afirmaciones, vertidas entre palabrotas y expresiones de madrugada borrosa, eran el resultado de unos estudios sólidos, contrastables, de los que hacen sentir orgullosa a esa tía que vive en Alcalá. Pero nada. Ni siquiera tiene un grado en Ciencias Infusas.

Sin embargo, no hay que cargar las tintas sobre este actor. Hace lo que puede para sobrevivir, y una de las cosas imprescindibles es integrarse en la tribu que reparte puestos de trabajo. Esa integración no es solo repetir el retrato robot del progre con tatuajes, barbita y pendiente —el moño es opcional—, sino repetir las consignas. Lo más importante es soltar siempre ante cualquier micrófono que milita en el antifascismo. Cuanto más bruto se manifieste, mejor.  

El episodio demuestra dos cosas: la miseria de profesiones que dependen del beneplácito de personajes sectarios y de subvenciones públicas, y lo cargante que resulta ya la superioridad moral de la izquierda ignorante. Lo primero es degradante. Ocurre también en la Universidad, pero ese es otro tema. 

«Los actores odian el libre mercado porque no controlan los gustos del público, por lo que prefieren la protección del Estado»

Mises contó muy bien esa deriva del mundo de la cultura en La mentalidad anticapitalista (1956): los actores odian el libre mercado porque no controlan los gustos del público, por lo que prefieren la protección del Estado. En esa tesitura se dedican a atacar a los que quieren disminuir la presencia estatal y las subvenciones, y a aplaudir a los que subvencionan cualquier cosa que se ponga la etiqueta de «arte». En consecuencia, esa gente de la cultura que vive de lo público se da un aire de intelectual para cobrar autoridad y colaborar con la izquierda, y despotrica contra la derecha con el mayor insulto que cabe en sus cabezas: «fascista». Eso les empuja, claro está, a mostrar en toda ocasión su «antifascismo», como ha hecho el pobre actor citado más arriba (ahora no recuerdo su nombre, lo siento). Solo así se entiende que dicho artista, que no triunfa con el público madrileño, diga que no vive en Madrid porque hay «muchos fascistas». 

Esta gente de la cultura no sería en estricto sentido un «intelectual»; es decir, alguien dedicado a estudiar, pensar y escribir para participar en la vida pública. Estarían más en la definición de Schumpeter: es una persona que trata de persuadir a otras. No importa su formación, sino su capacidad para canalizar el resentimiento y el odio hacia el sistema o hacia otras personas o grupos. En realidad, escribió Schumpeter, esa supuesta indignación o irreverencia de este tipo de intelectual es la manifestación de su propia frustración personal y profesional. En suma: el cultureta cree que no se le ha reconocido toda su valía porque el mercado está en manos del enemigo, que es la derecha o el fascista. 

La paradoja es que únicamente en una democracia con libre mercado se permite escuchar a los intelectuales que combaten el sistema. En regímenes socialistas, esos por los que suspira la gente de la cultura, se encarcela, tortura y asesina a los disidentes, y se premia a los fieles ortodoxos. Esto debería ser obvio para cualquier creador cultural, ensayista, novelista o periodista, pero no pidamos humildad a quien tiene la arrogancia de la falsa superioridad moral.

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