The Objective
Álvaro del Castaño Villanueva

Festival de Rompetechos

«El problema es que, cuando se gobierna un país de forma persistente y chapucera, la incompetencia deja de ser cómica y se vuelve cara y trágica»

Opinión
Festival de Rompetechos

Ilustración de Alejandra Svriz.

Asistimos, entre atónitos y resignados, al campeonato mundial de la incompetencia. Cuando parecía que ya se habían alcanzado las cotas máximas de ineptitud gubernamental, nuestro Ejecutivo logra superarse. Una y otra vez. Con constancia. Con método.

La lista de hazañas de la torpeza es extensa. Arranca con la gestión de la pandemia —aquel inolvidable «como mucho habrá un caso o dos»— que desembocó en un encarcelamiento domiciliario masivo, luego declarado inconstitucional por el Tribunal Constitucional. Continúa con la no-gestión de la dana, cuya principal preocupación fue no ayudar demasiado a una comunidad autónoma gobernada por otros («si quieren ayuda, que la pidan»). Sigue con el apagón, convenientemente atribuido a operadores privados. Se recrea en la vergüenza moral de blanquear al narco-Estado venezolano, una dictadura que ha expulsado a más de ocho millones de personas de su país. Y culmina con el esperpento doloroso del AVE, reducido a «incidencias puntuales provocadas por averías técnicas y por empresas que prestan servicios en la infraestructura».

En todos los casos, el patrón es idéntico: la culpa nunca es propia. Siempre es de otros. De empresas privadas, de conspiradores de derechas, de seudomedios, del clima, de la técnica, del contexto internacional o del mismísimo destino. Ni una dimisión, ni un lamento, ni una lágrima.

Gobernar con la familia Rompetechos al completo —y sin haber sido capaz de aprobar unos Presupuestos— solo podía acabar en tragedia cívica. Para quienes no recuerden a este entrañable personaje de Francisco Ibáñez, Rompetechos era un ser de mirada corta y consecuencias largas: veía poco, entendía menos y aun así opinaba de todo. Convencido de su lucidez, avanzaba a trompicones por la realidad, confundiendo farolas con personas y certezas con prejuicios. No era malvado; simplemente encarnaba la incompetencia satisfecha, esa que no duda, no pregunta y jamás rectifica.

El problema es que, cuando se gobierna un país de forma persistente y chapucera, la incompetencia deja de ser cómica y se vuelve cara y trágica. Nosotros somos el público de este espectáculo grotesco. Un público de pago, además: financiamos a actores de tercera que contemplan, imperturbables, cómo se deteriora todo a su alrededor. Con una recaudación récord, el dinero no falta; lo que falta es que se destine a gestionar, invertir y mantener los activos del país, en lugar de a desviar partidas y comprar lealtades políticas con el único objetivo de perpetuarse en el poder. La capacidad de aguante de quienes aún consideran votar al PSOE merecería figurar en el Manual de Resiliencia de nuestro Rompetechos particular.

Pero Rompetechos no era malvado: simplemente veía mal. El problema es que nuestro Rompetechos en jefe ve perfectamente… y aun así decide mirar hacia otro lado. Donde Rompetechos confundía una farola con una persona, el presidente confunde la gestión con el relato. La dana fue del clima, el apagón de las eléctricas, el AVE de una pieza suelta y Venezuela siempre es cosa de otros, nunca de sus socios. Como advirtió José Ortega y Gasset, «la claridad es la cortesía del pensador»; cuando falta claridad en quien gobierna, lo que queda no es cortesía, sino confusión.

Rompetechos chocaba contra la realidad porque no la distinguía; estos chocan contra ella porque se niegan a reconocerla. Uno provocaba risa. El otro provoca desgracias, desgaste, división y la trágica sensación de un país sin nadie al volante.

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