¿Y si Vox sigue creciendo?
«Si Vox sigue creciendo, no será por sus propuestas de gestión —que caben en un posavasos—, sino por la incapacidad de las élites de hablar el idioma de la realidad»

Ilustración de Alejandra Svriz.
A estas alturas de la película, quien siga analizando el fenómeno de Vox desde la superioridad moral o el simple desprecio estético, no solo no ha entendido nada, sino que se está perdiendo el plato principal. La política, como un buen marmitako, requiere tiempo, fuego lento y entender que los ingredientes, por mucho que hagan que te lloren los ojos a al cortarlos, están ahí para dar sabor al conjunto.
Y lo cierto es que la formación de Abascal, lejos de ser ese suflé que el progresismo de salón nos vendió como algo efímero, se ha convertido en un comensal de digestión pesada que amenaza con quedarse a los postres en las próximas elecciones autonómicas.
No nos engañemos. El crecimiento de Vox en los territorios no es fruto de una iluminación mística de las masas o de una moda como aquella de las horrorosas hombreras femeninas que asoló la España de los 80 (aunque tenga elementos de ambas cosas), sino del agotamiento de un modelo de gestión (incluso de sociedad) que muchos ciudadanos perciben como ajeno e ineficiente. Mientras en los despachos de la capital se discuten conceptos de ingeniería social que requieren un manual de instrucciones, en la calle —la de verdad, la de los atascos, el madrugón y el precio en aumento del kilo de pimientos— el virus sigue creciendo sin que nadie de momento haya sabido fabricar una vacuna.
Vox ha sabido leer la partitura de la España periférica, esa que no sale en las series de Netflix pero que vota cada cuatro años. Han entendido que, ante la polarización asfixiante, hay un nicho de votantes que ya no busca gestión, sino impugnación. Y en eso, amigos, son los maestros del ruido.
El reto para el centroderecha es mayúsculo. La estrategia de «que viene el lobo» ya no asusta a un electorado que ha visto cómo el lobo, al final, se sienta (además a su lado) en los consejos de gobierno y no se come a nadie, sino que se dedica a pedir su parte del presupuesto. Si el Partido Popular no logra ofrecer un proyecto que trascienda el mero relevo administrativo, especialmente si las declaraciones de sus líderes son en ocasiones indistinguibles.
«Tienen una base fiel, movilizada y, sobre todo, convencida, erróneamente o no, de que son la última trinchera»
Creo que nadie en su sano juicio es capaz de poner un número al techo de Vox; lo que tengo clarísimo es que su suelo de hormigón armado. Tienen una base fiel, movilizada y, sobre todo, convencida, erróneamente o no, de que son la última trinchera y un asidero identitario en un mundo que gira demasiado rápido.
El problema de fondo es que mientras el bipartidismo tradicional se empeña en jugar al ajedrez con piezas de cristal, Abascal y los suyos han sacado el tablero del parchís y están dispuestos a comerse las fichas de los demás con la alegría del que no tiene nada que perder. La política española se ha convertido en un ecosistema de trincheras donde el matiz es visto como traición y la moderación como síntoma de debilidad.
Si Vox sigue creciendo, no será por sus propuestas de gestión —que a menudo caben en el reverso de un posavasos—, sino por la incapacidad de las élites de hablar el idioma de la realidad. El votante que se siente ignorado no busca un gestor con un máster en Harvard; busca a alguien que grite lo que él masculla entre dientes mientras paga la factura de la luz.