The Objective
Fernando R. Lafuente

El arte de la relectura

«La relectura depende de la edad en que se emprende, del momento en que se vuelve a tal libro, de la circunstancia de cada uno. Porque la relectura crea un nuevo texto»

Opinión
El arte de la relectura

Ilustración de Alejandra Svriz.

Puede ser un arte o una obsesión. Hay diversos modelos de relectura. La relectura que el autor hace de su propio texto. Para ello, la conversación entre Alfonso Reyes y Borges ilustra este último aspecto. Reyes era embajador de México en Buenos Aires y solía comer de manera habitual, al menos todas las semanas, con Borges. Dos nombres clave de la literatura en español. En una ocasión Reyes le hizo a Borges la pregunta esencial: «¿Por qué publicamos?», Borges, al parecer, no lo dudó y le respondió: «Para dejar de corregir». Porque una vez publicado el texto ya no le pertenece, en cierto sentido, al autor, sino que entra a formar parte de lo público y quien decide el destino de la obra es el lector.

Lo advirtió Maurice Blanchot: «¿Qué es un libro que no se lee?». La contestación venía de suyo: «Algo que todavía no está escrito». Es el lector quien se adueña de la obra. En la relectura que el escritor hace de su obra figura, como elemento esencial, esa corrección. El caso de Joyce y Ulises es paradigmático. Convirtió el manuscrito en un laberinto para el impresor, quien se desesperaba del cúmulo de correcciones que Joyce incorporaba a una primera, segunda versión. De ahí la broma. Que no lo es, como siempre en él, de Borges a Reyes. Esa es la razón de una relectura, a menudo más necesaria de lo que parece. Incluso, cuando se añaden anotaciones de otros lectores privilegiados a los que el autor les ha mostrado su creación para que comenten e introduzcan sus observaciones.

Otro modelo de relectura es el que establece el mondo y lirondo lector. Releer lo que ya se leyó. En otro tiempo, por lo general. Volver a leer un texto. Ahí se plantean las diversas variantes que aparecen, sin sospecharlo. Es conocida, y muy repetida, la invitación de Baroja dirigida a recomendar que, a partir de cierta edad, uno solo debe releer. ¿Existe la relectura o siempre es, lisa y llanamente, lectura, como si fuera la primera vez? Bergamín sugería «leer para releer».

Ocurre que la relectura, en este caso tan singular, depende de varios factores: la edad en que se emprende, el momento en que se viaja, de nuevo, a tal o cual libro y, por último, entre tantos otros, la circunstancia de cada uno. Porque la relectura crea un nuevo texto. Vayamos a una propuesta: cada lector piense cuál es el libro, o los libros, que más ha releído y por qué, y cuándo se le antojó regresar a determinada obra. Vale para la narrativa, la poesía, el ensayo, la historia. Azorín fijó buena parte de sus escritos en un curioso aforismo: «Vivir es ver volver». ¿Vuelve uno intacto a la relectura? Probablemente, no. Otra cuestión bien repetida es que nadie lee dos veces el mismo libro. Es un, quizá, estereotipo, pero, como señaló George Steiner: «Los estereotipos son verdades cansadas».

Hay libros que se resisten a la lectura. Seguro que el citado Ulises de Joyce es uno de ellos. En cuántas ocasiones a más de un lector que, con los mejores propósitos, intentó la lectura del ya clásico contemporáneo de Joyce, fue incapaz de pasar del primer capítulo, hasta que un día el obstáculo desapareció. Era el mismo libro y, sin embargo, el lector ya no era el mismo de la primera vez. Lo señaló el escritor austriaco Hugo von Hofmannsthal (1874-1929) cuando le propusieron unos amigos viajar a Grecia, la respuesta a la invitación fue tan inmediata como contundente: «Mis ojos no están preparados para ver Grecia».

«Hay libros a los que uno vuelve y se sorprende, por ejemplo, de los subrayados o notas al margen que escribió»

En el arte, porque arte parece que es, el de la relectura; esos ojos sí están preparados para regresar al libro. Sucede que la experiencia es muy probable que varíe de ese recuerdo que queda instalado en la memoria de la primera vez. Hay libros a los que uno vuelve y se sorprende, por ejemplo, de los subrayados o notas al margen que escribió. Y se pregunta: ¿por qué subrayé esto? ¿Qué tiene de especial esta nota que escribí en los márgenes del libro? El libro, hay que insistir en ello, es el mismo, la misma edición y, sin embargo, ante el insoslayable paso del tiempo, parece otro, no desconocido, pero sí con nuevas ideas, párrafos que habían pasado inadvertidos en esa entrañable primera lectura.

No digamos cuando esa relectura continúa, más de una vez. Italo Calvino se enfrenta a la complicada definición de un clásico y viene a decir que un clásico es un libro que no termina nunca de decirlo todo, o algo semejante. Y Borges, otra vez y siempre Borges, lo consideraba como esa obra que las diversas generaciones han decidido que así sea. Hay que viajar a la esplendorosa época de la Ilustración francesa y recuperar a Joseph Joubert (1754-1824), quien afirmó: «El gran inconveniente de los nuevos libros es que nos privan de leer los antiguos». Todo es un juego. O un damero. Para Cristina Vázquez, en un formidable artículo publicado en Letras Libres, cuyo título es Releer, leer de otro modo (julio 2019), las variantes quedan fijadas.

Lo de Joubert nos permite regresar a estos tiempos y traer como amuleto un ensayo esencial, el del mexicano Gabriel Zaid y su muy provechoso Los demasiados libros (1972, con numerosas reediciones). En donde se podían encontrar razones como esta: «Los libros se multiplican en proporción geométrica. Los lectores en proporción aritmética. De no frenarse la pasión por publicar, vamos hacia un mundo con más autores que lectores». Y lo publicó hace más de 50 años. José Carlos Mainer comentó: «Un imprescindible ensayo —nada apocalíptico, por cierto—».

A veces uno, también, se inventa la relectura, como si fuera, al hilo de lo citado de Cristina Vázquez, algo asombroso. Valgan estos versos del guatemalteco, y soberano poeta de las vanguardias históricas latinoamericanas, Luis Cardoza y Aragón (1904-1992): «Inventa palabras/para que aparezcan cosas nuevas». Si lo llevamos a nuestro asunto, cabría decir, inventa relecturas para que aparezcan nuevas. Y he ahí el arte de la relectura como hecho estético.

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