'Señoros' izquierdistas del Islam
«La izquierda tiene una querencia evidente hacia el Islam porque comparten objetivos. Ambos quieren el retroceso del cristianismo y son enemigos de Israel»

Ilustración generada mediante IA.
No es un secreto. La izquierda tiene una querencia evidente hacia el islam porque comparten objetivos. Ambos quieren el retroceso del cristianismo y son enemigos de Israel. Ya ocurrió con Hitler y Haj Amin al-Husayni, el gran muftí palestino de Jerusalén, pero esa es otra historia. La víctima directa de esa alianza entre izquierdistas e islamistas es la cultura occidental, y la colateral, la democracia liberal.
Un buen ejemplo es la negativa del PSOE y el resto de la extrema izquierda a votar en el Congreso la prohibición del burka y el niqab en los espacios públicos. Poco importó que la propuesta apelara a la defensa de la libertad y dignidad de las mujeres musulmanas, es decir, a los derechos individuales que definen nuestra civilización. Las izquierdas prefirieron mirar hacia otro lado porque criticar las costumbres islámicas —que no coránicas— les pareció «ultra».
El último capítulo de esa convergencia lo describe Iñaki Ellakuría bajo el rótulo de «islamowokismo» en una parte de su libro Contra lo ‘woke‘ y otros virus identitarios (Sr. Scott, 2026). Ya sé que hay moderaditos que dicen que «lo woke» es un espantajo inventado por la derecha para victimizarse, cuando la cancelación, dicen, no es más que hacer justicia histórica a los oprimidos y corregir lo nocivo. Pero el fenómeno existe, tiene manifestaciones visibles y, sobre todo, factura. Otra cosa es que cerremos los ojos y abramos el bolsillo.
En Francia, de hecho, se acuñó el término «islamoizquierdismo» hace 25 años para referirse a la cancelación de lo nacional y lo cristiano en la universidad, la cultura y los medios. El objetivo, dicen esos franceses, es desmontar la República. El problema, o así lo analizaron, es que dicho cambio supone una pérdida de libertad porque el Islam encaja mal con la democracia y la igualdad. Lo advirtieron, entre otros, personajes tan distintos como Oriana Fallaci y Michel Houellebecq.
Ellakuría sostiene que la izquierda woke y el islamismo forman una coalición antioccidental, antiliberal y excluyente, empeñada en imponer un modelo social basado en el control. Coinciden en la demolición de la cultura familiar y sexual de Occidente. Los progresistas se dedican a reprimir y reeducar la masculinidad, la familia y la procreación solo de los occidentales, mientras consideran que los usos y costumbres de la comunidad islámica son intocables. Lo llaman «multiculturalismo» como si fueran culturas iguales en cuanto al respeto a la libertad, la igualdad y los derechos humanos. El resultado es el desequilibrio demográfico: crece la población islámica y mengua la europea autóctona. Por eso, Belarra y Montero hablaron de sustituir a los «fachas» por inmigrantes.
«Sánchez se obstinó en organizar ‘funerales laicos’ para las víctimas de Valencia y Adamuz, pero felicita efusivamente el Ramadán»
Al tiempo, dice Ellakuría, se va produciendo una sustitución cultural. El cristianismo retrocede en celebraciones y presencia pública, mientras aumenta la visibilidad del islamismo. Sánchez, por ejemplo, se obstinó en organizar «funerales laicos» para las víctimas de Valencia y Adamuz, pero felicita efusivamente el Ramadán. Así, ser simpático con los islamistas da la imagen de ser «progresista», pero lo contrario —extrañarse con las celebraciones oficiales del Islam— es propio de «ultras».
El caso español es paradigmático, como el de Francia, Reino Unido, Bélgica y media Europa. Tras los ataques de Hamás a la población israelí, el universo izquierdista lo justificó de una forma muy vehemente. Entendió que era la respuesta a décadas de opresión. Tampoco hubo protestas o manifestaciones por la violación de mujeres israelíes. Aquí, en nuestro país, el Gobierno se puso del lado de los terroristas, cuenta Ellakuría en su libro, y tomó argumentos de Hamás, Irán y Catar, y aplaudió los escraches y cancelaciones a los judíos.
Todo contribuye a la creación de un nuevo orden mundial cuya gran damnificada es Europa. Nuestro continente es hoy solamente un resort asistencial, ajeno a las vanguardias tecnológicas, militares y culturales del mundo. Hoy mandan Rusia, China y Estados Unidos. Ninguno de ellos frenará de momento el islamowokismo, decidido a acabar con los pilares europeos. En esta operación, la izquierda woke es la tonta útil: al devaluar el pasado y el presente de Europa, ataca sus fundamentos y protege cualquier cosa que venga de fuera.
Junto a esto, Ellakuría resalta tres manifestaciones que me resultan muy interesantes: la victimización, la invisibilización de la mujer y el islamismo como agente disolvente. La izquierda woke llama «islamofobia» a la crítica del proceso, o incluso a pedir que se informe de la nacionalidad originaria de los agresores sexuales. La inmigración masiva a Europa se presenta como justicia poscolonial. Y las mujeres se convierten en herramienta de la ingeniería social. Ambas partes son tremendamente puritanas, prefieren ver a una persona con burka o niqab que con minifalda, y callan la tragedia de las mujeres iraníes y afganas. Atención a este desafío, porque el totalitarismo se ha disfrazado de amabilidad.