The Objective
Andreu Jaume

La unión en la enseñanza europea

«Somos hijos de una constelación de ideas que se originó en una galaxia de lecturas que no ha dejado de engendrar sucesivos sistemas políticos, religiosos y morales»

Opinión
La unión en la enseñanza europea

Ilustración de Alejandra Svriz.

Uno de los muchos problemas que tiene la actual consideración de la política —si es que puede llamarse política a este cada vez más zafio intercambio de improperios donde no cuenta tanto la ponderación de un problema cuanto la calificación rentable del mismo— es que su práctica, tanto por parte del poder estatuido como de una considerable mayoría de votantes, se considera absolutamente independiente y exenta de la cultura. Los llamados saberes humanísticos suelen tener un aura de resistencia cuando no hay libertades, precisamente por considerarlos, con propiedad, los depositarios de todo aquello que falta cuando rige una dictadura. Las democracias, luego, especialmente en tiempos de prosperidad —como ocurrió en España en la década de los ochenta— suelen relegar la cultura al ámbito inocuo de lo festivo, ocioso y ornamental, transformando su disidencia constitutiva en una inofensiva panoplia de amables distracciones.

Una de las consecuencias del fenómeno es que el régimen, como está ocurriendo ahora en todo el orbe liberal, olvida que en su origen está la cultura y no al revés. La democracia ateniense es indisociable del florecimiento de la filosofía, que a su vez nació tras la decadencia de la tragedia y como respuesta a la necesidad de superar la ética homérica en la educación de los jóvenes. La idea de igualdad, tan manoseada en nuestros días, se originó en Grecia con una primera consideración por parte de los presocráticos —sobre todo de Anaximandro— y su posterior traducción al ámbito de la polis. (Léanse, por favor, la entrada sobre la igualdad en el Diccionario filosófico de Fernando Savater porque ahí está todo lo que uno debería saber sobre el asunto). Como dijo el mitólogo Jean Pierre Vernant, tanto en la ciudad como en la naturaleza, un régimen de isonomía —de igualdad ante la ley— sustituyó a la vieja monarquía en la cosmovisión griega. Olvidar, por tanto, la historia del concepto —y de tantos otros a él aparejados— supone vaciarlo y banalizarlo sin remedio. 

Somos hijos de una constelación de ideas que a su vez se originó en una galaxia de lecturas que no ha dejado de engendrar sucesivos sistemas políticos, religiosos y morales. La propia arqueología de la palabra «libertad» o del concepto de «persona» nos remite a la irrupción del cristianismo. ¿Cuántos de entre nuestros más exaltados libertarios hodiernos serían capaces, no ya de explicarlo, sino tan siquiera de admitirlo? La actual crisis de las democracias, por tanto, es también, y entre otras muchas cosas, una crisis educativa. La relegación de las humanidades al ámbito de lo secundario e inútil, como si solo fuera un lujo al alcance de unos pocos o un pasatiempo para jubilados, está minando los propios fundamentos de las sociedades del siglo XXI, sometidas hoy a un proceso de tecnificación masiva que lo fía todo a la sumisión ciudadana en aras del poder cada vez más férreo y concentrado de unos pocos que se divierten contemplando cómo en sus dominios virtuales la plebe juega a insultarse.

La Unión Europea, que es sin duda un proyecto loable de superación nacional, la realización de un viejo sueño de concordia en el viejo continente, se resiente, sin embargo, de haber olvidado sus fundamentos culturales para entregarse tan solo a sus intereses económicos y comerciales, de lo que se deriva justamente una ceguera moral y un desistimiento ético en muchas de las cuestiones a las que se enfrenta como unidad política. Hace poco se ha publicado en Italia un excelente ensayo de Raffaele Pinto titulado Per l’insegnamento unificato della letteratura nella UE (Edimedia), que esperemos tenga pronto una edición española. Pinto, uno de los mejores especialistas en Dante que hay en Europa y profesor desde hace muchos años en la Universidad de Barcelona, defiende la necesidad de impulsar una asignatura común en toda la Unión que se titulara «Historia de la literatura europea».

Como buen medievalista, Pinto es uno de los últimos grandes romanistas, en la tradición de Curtius, Auerbach, Menéndez Pidal o Riquer. Sintomáticamente, la romanística ha ido desapareciendo de nuestras universidades en favor de una concepción cada vez más identitaria de la literatura. Los cultural studies, inspirados sobre todo en la denuncia del agravio y la discriminación racial, acabaron con la disciplina de la literatura comparada, nacida de una concepción de la Edad Media como un solo organismo literario y estético irrigado por las distintas lenguas románicas. A juicio de Pinto, el antieuropeísmo ideológico que ha liquidado la romanística por considerar a Europa responsable de todos los abusos coloniales confunde dos cuestiones. Efectivamente, las más importantes naciones que conforman Europa han llevado a cabo procesos injustos y brutales de colonización y sfruttamenti —explotaciones—, pero el eurocentrismo que inspira la Unión aspira a trascender los límites del Estado-nación que propiciaron tales abusos. Para Pinto, es concebible y defendible un europeísmo a escala planetaria que sea custodio de los valores del «respeto a la mujer, la libertad personal, la tolerancia y la democracia política», en definitiva, de la igualdad. Entre otras cosas, porque ha sido precisamente en Europa donde esas ideas se acuñaron. 

«Ante las posibles suspicacias de los eurofóbicos, conviene recordar que la tradición europea es la que ha engendrado su propia deconstrucción»

Y es evidente, como defiende Pinto, que el instrumento más eficaz y persuasivo, a la vez que problemático, para construir un imaginario común no sería otro que una asignatura sobre la historia de la literatura europea que disuadiera las pulsiones más egoístas y destructivas de los nacionalismos, que hoy como ayer han sido la peste de Europa, el germen siempre latente de su destrucción. Como se lamenta el experto en Dante, es absurdo que les neguemos a los estudiantes la posibilidad de estudiar en sus países a Cervantes y a Shakespeare, a Ramón Llull, a Leopardi, Flaubert, George Eliot, Baudelaire, Jane Austen, Galdós o Virginia Woolf, una tradición que, por otro lado, desborda las fronteras de la Unión y que ya forma parte de una constelación universal. Todos los grandes escritores que han renovado el canon occidental desde la periferia, de V. S. Naipaul a Coetzee, Nadine Gordimer o Derek Walcott, han bebido de esa fuente europea para poder representar los problemas postcoloniales de sus países. 

Ante las posibles suspicacias de los eurofóbicos, conviene recordar que la tradición europea es la que ha engendrado su propia deconstrucción, ofreciendo las herramientas necesarias, en la crítica literaria como en la filosofía, la antropología o la misma literatura, para formular una hermenéutica de los abusos etnocéntricos cometidos en su nombre. No hay que olvidar lo que ya advertía José Ortega y Gasset en los años treinta del siglo pasado cuando recordaba que adquirir conciencia histórica de sí mismo y aprender a verse como un error son una misma cosa. Y que, en ese sentido, el verdadero humanismo no es sino una constante reeducación de la óptica humana que enseña a ver bien de cerca el error que fueron los otros y, sobre todo, el error que supusieron los mejores. Como hijos del siglo XX, también tenemos derecho a poner en duda muchas de las asunciones que se hicieron en el pasado sobre la autonomía del texto y la capacidad pedagógica de la obra de arte, preludio, a su vez, de una banalización de la dignidad del ciudadano. 

Pinto cierra luego su libro con un ensayo performativo de lo que podrían ser los principios metodológicos de la asignatura, a la vez que nos regala unas cuantas lecciones brillantes de su especialidad, entre ellas una sobre «lengua materna y filoginia en Dante», asunto recurrente en sus magistrales conferencias y motivo también de su aparición en la película de José Luis Guerín La academia de las musas (2016). Nada fascina tanto a Raffaele Pinto como la transición del sermo patrius, la lengua latina y patriarcal, al sermo maternus, el vulgar de la Comedia dantesca, vehículo de los afectos y símbolo de una nueva relación con lo femenino encarnada por Beatrice, la mujer que sana y salva, una invención que desafía el paradigma misógino que desde la Antigüedad había dominado en Occidente. ¿Cuándo se pondrán a ello, cielo santo, las autoridades competentes?

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