¿Vale la pena apoyar al museo Reina Sofía?
«Es un ejemplo de cómo las instituciones culturales pueden ser cooptadas por narrativas políticas que demonizan a quien se defiende y victimizan al agresor»

Entrada al Museo Reina Sofía. | EP
En los últimos dos años, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid ha sido escenario de varios incidentes que revelan un patrón preocupante de sesgo antiisraelí y tolerancia hacia el antisemitismo. Como institución cultural pública, financiada por el Gobierno español, debería ser un espacio neutral dedicado al arte y la reflexión. Los hechos demuestran que no lo es para aquellos que defienden a Israel en su guerra defensiva contra Irán y sus proxies terroristas: Hamás, Hezbolá y los hutíes. Esta confrontación no es solo un conflicto regional, sino una lucha contra el extremismo islámico patrocinado por Teherán, que incluye ataques con misiles, drones y terrorismo que amenazan la existencia de Israel y la estabilidad mundial. Sin embargo, el Reina Sofía ha permitido o facilitado narrativas que demonizan a Israel, ignorando el contexto de agresión iraní y contribuyendo a un clima hostil para sus partidarios.
En mayo de 2024, el museo organizó un programa de conferencias titulado From the River to the Sea: Solidaridad internacional con Palestina. Esta frase es ampliamente criticada por organizaciones judías y proisraelíes como un llamado implícito a la eliminación del Estado de Israel, ya que se refiere al territorio desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo sin reconocer la soberanía israelí. El programa incluía descripciones que calificaban las acciones de Israel en Gaza como «genocidas», lo que generó una fuerte controversia y protestas de la comunidad judía española y la Embajada de Israel. Ante la presión, el museo cambió el nombre a Encuentros de Pensamiento Crítico: Solidaridad Internacional con Palestina, eliminó el término «genocida» y emitió una disculpa por herir sensibilidades. Además, se proyectó una bandera palestina en la fachada del museo, un gesto simbólico interpretado como respaldo institucional a narrativas antiisraelíes. El Congreso Judío Mundial condenó el evento por promover «discursos tóxicos» contra el pueblo judío. Para los defensores de Israel, esto representó una politización del arte que ignoraba el rol de Irán en el financiamiento de Hamás, responsable de la masacre del 7 de octubre de 2023, y que en su lugar culpaba a Israel por defenderse.
El patrón continuó en 2025. El 12 de octubre, activistas de Marea Palestina irrumpieron en la sala del Guernica de Picasso, obra emblemática sobre los horrores de la guerra, desplegando banderas palestinas y pancartas con el lema «Stop Genocide». El acto obligó a una evacuación temporal de los visitantes, pero los manifestantes permanecieron en el museo incluso después de su reapertura, sin ser expulsados inmediatamente por el personal. El Guernica fue instrumentalizado para acusar a Israel de «genocidio» en el contexto de su respuesta a los ataques de Hamás y Hezbolá, ambos respaldados por Irán. La tolerancia del museo hacia esta protesta politizada contrasta marcadamente con su respuesta en otros casos, lo que sugiere una doble moral: las manifestaciones antiisraelíes son aceptadas, mientras que los símbolos proisraelíes generan incomodidad y, como veremos, expulsiones.
El clímax de esta hostilidad llegó el 14 de febrero de 2026, cuando tres mujeres israelíes ancianas, incluyendo una superviviente del Holocausto, fueron expulsadas del museo tras ser acosadas por otros visitantes. Las mujeres portaban un pequeño banderín israelí y collares con la estrella de David, símbolos de su identidad judía e israelí. Fueron insultadas como «maníacas genocidas» y «locas asesinas de niños», en clara alusión antisemita al conflicto en Gaza. En lugar de proteger a las víctimas y expulsar a los agresores, el personal de seguridad del museo las obligó a ellas a abandonar el recinto, argumentando que «algunos visitantes se sentían molestos» por sus símbolos. El incidente fue captado en video y se viralizó, generando indignación global. Organizaciones como el Congreso Judío Mundial, StandWithUs y ACOM condenaron al museo por «expulsar a las víctimas en lugar de a los acosadores». ACOM ha anunciado acciones legales contra el museo y su director, Manuel Segade, por discriminación y posible promoción de odio desde una institución pública.
El museo ha respondido prometiendo una investigación interna, reiterando su «tolerancia cero» al antisemitismo, destacando la importancia de artistas y benefactores judíos en su historia. Esta respuesta resulta insuficiente y tardía. Los incidentes de 2024 y 2025 ya habían señalado el problema claramente, y el contexto nacional lo agrava: los crímenes de odio antisemita en España aumentaron un 60% en 2024. Hay una contradicción evidente entre las palabras y los hechos cuando una institución tolera protestas antiisraelíes, pero expulsa a ancianas judías, incluyendo una superviviente del Holocausto, por llevar símbolos de su identidad.
El museo Reina Sofía, institución pública que debería representar los valores de tolerancia y pluralismo, ha demostrado un patrón consistente de hostilidad hacia los defensores de Israel. Desde la programación de eventos con lemas eliminacionistas hasta la expulsión de supervivientes del Holocausto por llevar una Estrella de David, la institución ha fallado en su responsabilidad de ser un espacio seguro para todos. Para quienes defienden el derecho de Israel a existir y a defenderse contra la agresión iraní y sus proxies terroristas, el Reina Sofía no es actualmente un espacio amigable. Es, en cambio, un ejemplo de cómo las instituciones culturales pueden ser captadas por narrativas políticas que demonizan a quien se defiende y victimizan al agresor.