The Objective
Manuel Fernández Ordóñez

Sumisión energética europea

«Nuestra industria es incapaz de competir en los mercados internacionales por su estructura de costes»

Opinión
Sumisión energética europea

Ilustración de Alejandra Svriz.

En Europa tenemos una extraña habilidad para cambiar de jaula sin dejar de sentirnos libres. Vivíamos muy tranquilos en un falaz estado de abundancia antes de la invasión de Ucrania. Y nos tocó despertar de repente. Nos dimos cuenta de que habíamos apostado todo al rojo en la ruleta energética tras décadas aumentando nuestra dependencia del régimen de Moscú. Repentinamente nos entraron las prisas, empezaron las sanciones, los boicots y los barcos de gas natural licuado que venían de Estados Unidos. Mal asunto. 

Al otro lado del Atlántico, sin embargo, tocan con un violín más afinado. En Washington la energía ya no se trata como un asunto medioambiental o de moralina climática, sino como una palanca de poder internacional. Hace apenas unos meses, la Casa Blanca publicó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional y en ella hablan abiertamente de «restaurar la dominancia energética de los Estados Unidos». Es difícil hablar más claro. Por si fuera poco, lanzan además una acusación que irrita mucho al buenismo de Bruselas: la diarrea regulatoria del Net Zero ha debilitado a Europa.

No hace falta estar de acuerdo con esa afirmación para captar el fondo del asunto. La Unión Europea ha levantado en pocos años un edificio normativo de estilo rococó. Una profusa exuberancia de objetivos, calendarios, taxonomías, informes, obligaciones y etiquetas. Como brújula moral, puede tener sentido. Como sistema operativo para una economía que necesita invertir, construir y producir, hace ya tiempo que parece un tiro en el pie. Pero seguimos queriendo domesticar la realidad con documentos cuidadosamente maquetados en pantones color pastel.

En el relato europeo, la regulación ocupa el lugar de la estrategia. Si el problema es la energía cara, se redacta un paquete. Si el problema es la falta de redes eléctricas, publicamos una guía. Si el problema es la lentitud de permisos, se anuncia una simplificación que luego tarda lo mismo que lo que pretendía simplificar. Y, mientras tanto, la realidad sigue a lo suyo. ¡Cuándo aprenderemos que al mundo le da igual lo que un burócrata escriba en un papel!

Nos convencimos a nosotros mismos de que hacíamos lo correcto. Lo que hiciera falta para castigar a Putin. Pero lo irónico es que, al desengancharse de Rusia, Europa no se liberó. Simplemente se trasladó la dependencia. Pasamos del gas barato y cercano al GNL caro y lejano. Cambiamos un proveedor incómodo por un mercado global que asfixia con volatilidad. Y, sobre todo, intensificamos la senda de hacernos más dependientes de cadenas industriales externas para casi todo lo que la transición necesita. Paneles, baterías, minerales críticos, electrónica de potencia, equipos de red, vehículos eléctricos. La dependencia puede que no tenga ya acento ruso, pero ahora viene en contenedores marítimos de 40 pies.

Pretenden convencernos de que esa dependencia es temporal, que ya tendremos fábricas aquí, que ya habrá soberanía tecnológica. Pero todos sabemos que eso es difícil que suceda. Nuestra industria es incapaz de competir en los mercados internacionales por su estructura de costes (empezando por los energéticos). Si a esto añadimos el laberinto regulatorio y las enormes incertidumbres, no hace falta que expulses a nadie. Ya se marchan solos. Si además ponemos sobre la mesa la falta de innovación y el estancamiento en productividad, estaremos cara a cara con la cruda realidad: no hay ninguna empresa europea entre las 20 primeras del mundo en capitalización (Estados Unidos tiene 17 de ellas).

Allí lo han entendido a la perfección. Pero aquí deberíamos comenzar a mirar nuestras propias contradicciones. Nos gastamos miles y miles de millones en energías renovables que ahora no podemos meter en los sistemas eléctricos porque no hemos invertido lo suficiente en ellos. Ponemos impuestos al gas, del que no podemos prescindir, encareciendo artificialmente una electricidad que es la base de nuestro sistema productivo. Por ser, somos incluso capaces (créanme, lo hacemos) de subvencionar el gas y, a la vez, ponerle impuestos.

«La dependencia puede que no tenga ya acento ruso, pero ahora viene en contenedores marítimos de 40 pies»

Lo inquietante de esta historia es que únicamente nos hemos centrado en la lucha moral, obviando de manera testaruda la realidad que nos rodea. Esto no va únicamente de quién emite menos CO2. También va de quién es el que fabrica, quién es el que invierte y quién es el que manda. Si el modelo europeo consiste en prohibir primero para fabricar fuera después, la transición acabará siendo un precioso concepto para describir una deslocalización masiva. Paro y miseria.

No se trata de renunciar a descarbonizar. Se trata de hacerlo sin empobrecerse y sin relegar nuestra industria a un mero objeto ornamental del pasado. Se trata de recordar que en los mercados internacionales no se compite con objetivos loables, se compite con energía barata, fiable y estable, se compite con bajos costes y se compite con productividad. Lo demás son folletos. Europa puede seguir escribiendo reglamentos como quien escribe conjuros, o puede aceptar de una vez que la realidad es menos romántica y mucho más adulta. Igual va siendo hora de dejar de jugar con las cosas de comer.

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