Lenin ha muerto. ¡La URSS vive!
«Ucrania está defendiendo a Europa. Muchos prefieren ignorarlo, entre otros nuestro presidente, sin darse cuenta de que en Putin revive el imperialismo soviético»

Ilustración de Alejandra Svriz
En el IV aniversario de la agresión de Putin a Ucrania, con la ayuda ahora de la Unión Europea, antes de América, desangrándose, Ucrania está defendiendo a Europa. Muchos prefieren ignorarlo, entre otros nuestro presidente, sin darse cuenta de que en Putin revive el imperialismo soviético, tan amenazador como antes. Explicar cómo el fracaso de una revolución ha tenido ese desenlace puede ayudarnos a entender la magnitud de ese riesgo. Fue Marx quien sugirió que Rusia solo había conocido la libertad en el día de su entierro. Conviene evitar, por consiguiente, que ese entierro, dado el potencial militar ruso, provoque otro similar en nuestro continente.
La historia empezó con un hombre tan capaz a la hora de hacer una revolución como incapaz de organizar luego una vida social y económica que sobreviviera sin una represión a ultranza (de la checa a la KGB). El régimen revolucionario se hundió, pero su vocación expansiva se mantuvo, con el único superviviente político del naufragio: el Estado-KGB. Un expansionismo que no nace de unas ideas, sino de otro superviviente, el complejo industrial-militar, hoy la fuerza que mantiene la guerra en Ucrania.
En ¡Lenin vive!, Nina Tumarkin analizó la transferencia de sacralidad llevada a cabo en la URSS para consolidar la idea revolucionaria. En el Antiguo Régimen ruso, existía la fe en la condición incorruptible de los santos ortodoxos. Los revolucionarios procedieron de inmediato a probar la falsedad de tal creencia desenterrándolos y, como contrapartida, intentaron desde un primer momento, a la muerte de Lenin, ciencia posfaraónica mediante, convertir en incorrupto al cadáver del fundador. Mal que bien, hicieron así posible el culto a lo que Josep Fontana llamó la mojama sagrada, la cual a su vez inspiró réplicas, transitorias o duraderas, para Stalin al lado de Lenin, Dimitrov en Bulgaria, Mao en China y Kim Il-sung en Corea del Norte.
Se trataba de resaltar la inmortalidad de la obra de Lenin, por encima de la vida física, de acuerdo con la rotunda afirmación de Maiakovski: «Lenin vivió, Lenin vive, Lenin vivirá». Existía el antecedente de los reyes franceses, enterrados en la abadía de Saint-Denis, de acuerdo con la teoría de los dos cuerpos del rey, el físico sometido a la vejez y a la muerte, y el institucional, mayestático, colocado por encima del tiempo. Solo que en el caso soviético, la vocación de eternidad resulta personalizada, y el protagonismo del fundador se impone sobre el contenido del verdadero personaje central que hubiera debido ser la propia Revolución.
A partir de 1991, el mausoleo de Lenin sigue en su lugar de siempre, presidiendo la Plaza Roja, mientras fueron derribadas buen número de las estatuas que le fueran dedicadas. En el vestíbulo del que fuera Instituto del Marxismo-leninismo, en Moscú, se conservaba de modo original el residuo de una de ellas: los pies. En cualquier caso, con o sin estatua de Lenin, la experiencia histórica de la revolución soviética fue a parar a un fracaso rotundo. Nada mejor para expresarlo que la escena final, protagonizada esta vez por Gorbachov, cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas deja oficialmente de existir y la bandera roja es arriada por última vez de su mástil en el Kremlin, el 25 de diciembre de 1991.
«Putin calificó el hundimiento de la URSS de catástrofe histórica»
La segunda muerte de Lenin, la de su proyecto comunista, es ya entonces definitiva. Una vez transcurrido algo más de un cuarto de siglo, no puede decirse lo mismo de la URSS. Por sus propias palabras, sabemos que Vladímir Putin vivió ese hundimiento desde su condición de oficial de la KGB en Berlín y lo calificó de una catástrofe histórica. Vista desde hoy, su ejecutoria responde con precisión al propósito de remediarla, no simplemente reponiendo el estatus de Rusia como gran potencia, sino a partir de ahí, conjugando la guerra y la diplomacia para reconstruir la hegemonía antes ejercida por la URSS. Sobre la Europa oriental y frente a la Europa democrática, hoy representada por la UE.
Ilustran con claridad este propósito, no solo la invasión de Ucrania, sino sus maniobras políticas en Moldavia y en Rumanía, y el juego del gato contra el ratón sobre la paz con Kiev, hoy puesto en práctica con la ayuda de Trump.
El empeño puede parecer novedoso, pero en realidad supone una continuidad con los componentes más sólidos del sistema soviético: imperialismo y terror. Son complementarios. De un lado, el imperialismo ruso en la política exterior. De otro, el núcleo duro para la supervivencia de un sistema de poder, incapaz de generar consenso: una policía secreta dispuesta a todo para aplastar a los opositores, sin condicionamiento alguno del derecho, cuyas múltiples siglas reduciremos a la más conocida: la KGB, heredera de la Cheka. Fue una «comisión extraordinaria», según su primer nombre, que se convirtió en permanente, operando como la válvula de seguridad que, sobre todo a partir de Stalin, permitió sobrevivir al régimen, por encima de sus contradicciones e insuficiencias. Formada, claro, bajo la dirección personal de Stalin, de Yezhov a Beria.
No en vano es en el tiempo de Yuri Andrópov como secretario general del PCUS, en los primeros años 80, cuando se forma el joven Vladímir Putin. Andrópov diseñó un proyecto coherente de mantener en pie a la URSS, a base de flexibilidad exterior, expansión (Afganistán: su gran error) y depuración interna a fondo. Andrópov ascendió al poder desde la jefatura de la KGB bajo Brézhnev y solo una enfermedad renal acabó con su intento.
«A partir de su vocación de autócrata, Stalin encontró la fórmula con el Estado-KGB de depuración y represión permanentes»
A partir de 1917, podemos imaginar el funcionamiento del sistema soviético como un juego triangular de tres piezas: a) el proceso revolucionario, con Lenin al frente, de toma del poder y diseño de un Estado totalitario; b) la transformación del partido bolchevique, de agente revolucionario en capa burocrática para una gestión opresiva, y necesariamente corrupta, de la sociedad, y c) la válvula de seguridad, la policía KGB, que hace posible el mantenimiento de un sistema sin cauces de participación política ni consenso social. El fracaso de Lenin, visible en sus últimos escritos, no le lleva a rectificación alguna, salvo a la adecuación económica de la NEP. Pura supervivencia.
A partir de su vocación de autócrata, Stalin encontró la fórmula con el Estado-KGB de depuración y represión permanentes, que tuvieron que ser luego recuperadas cada vez que un sucesor suyo, como Jrushchov, intentó dinamizar el sistema, atenuando la represión. La burocracia del Partido generó entonces una capa dominante, la nomenklatura, dispuesta a anteponer sus privilegios a toda reforma. En 1956, con el XX Congreso, lo que hizo Jrushchov fue dar a los dirigentes tranquilidad, frente al imperio del miedo al modo de Iván el Terrible que Stalin impuso.
Pudo comprobarse tras el largo período de Brézhnev, orientado sin éxito a la estabilización, que, salvo mediante un neostalinismo, a lo Andrópov, aquello no funcionaba, empezando por la economía —de Rusia y «países satélites»— y el sistema entró en caída libre. La receta de Gorbachov incluso la agudizó al emprender una transición al capitalismo con los elementos más activos de la nomenklatura al frente: origen del capitalismo ruso actual, mafioso, sostén de Putin.
¿Qué quedó? La KGB. Pero eso no bastaba. Putin necesitaba un factor de consenso y aquí de nuevo Stalin entró en escena. La sustitución del internacionalismo revolucionario de Lenin por la prioridad dada a «la patria del socialismo» fue mucho más que un cambio táctico. Implicaba que todo el mundo comunista, entonces los partidos de la Internacional, desde 1945-48 las democracias populares, se subordinaba a los intereses privativos de la URSS, esto es, de Rusia.
«La URSS no renegaba, sino que debía sentirse continuadora del gran imperio establecido por los zares»
En noviembre de 1937, cerca ya de la guerra mundial, Stalin destapó sus cartas ante su coro de fieles, según cuenta Dimitrov: la URSS no renegaba, sino que debía sentirse continuadora del gran imperio establecido por los zares. Un imperialismo que, desde la guerra de Finlandia a la invasión de Praga en 1968, Stalin desarrollará sin descanso. A partir de ahí, la causa del proletariado sonará a música celestial para quienes forman el núcleo duro del sistema, la KGB. La causa del imperio ruso, antes URSS, un patriotismo de Estado, era algo mucho más concreto.
Será necesario buscar un sustitutivo de la parafernalia comunista y el nacionalismo ruso, ligado a los zares; no carecía de elementos para ello. Pensemos en las grandes óperas de Mussorgsky, Boris Godunov y sobre todo la Khovanshchina, en los eslavófilos, en Dostoyevski. Siempre un pueblo ruso singularizado por su ortodoxia, excepcional en su grandeza por encima de sus miserias. Léase poder militar.
Al servicio de Putin se han puesto activos ideólogos como Alexander Dugin, comentarista inmediato del pacto con Xi Jinping en febrero de 2022 que dio luz verde a la invasión de Ucrania. Un hombre muy bien relacionado con nuestra extrema derecha. A su lado, Sergei Karagánov, el teórico de la grandeza universal que alberga «el sueño ruso». Ambos viajeros de ideas en busca de mitos eurasiáticos y seguros de que solo la maldad subyace al deseo de independencia de Ucrania.
No hace falta ya emancipación alguna de clase. En palabras de Karagánov, el pueblo ruso tiene una capacidad única para soñar. Un idealismo al servicio estricto de los intereses del complejo industrial-militar, para el cual la guerra de Ucrania es la razón de ser y el fundamento de su protagonismo hoy indiscutible en la vida económica rusa. Con las armas del conquistador y la prudencia cínica heredada de Stalin, Vladímir Putin es el encargado, a costa primero de Ucrania, luego si es posible sobre Europa, de hacer realidad ese sueño.