Discretamente humanos
«Es a través de la renuncia como se recupera una libertad mayor. Esta lógica es desconcertante para el hombre actual, educado en la satisfacción inmediata»

Ilustración generada mediante IA.
Este año han coincidido el Ramadán y la Cuaresma. Un historiador de las religiones nos diría que ambas prácticas ascéticas son signos espirituales de la oración del cuerpo y de su orientación hacia un más allá. Creo que no hay ninguna cultura en el mundo que no aconseje el ayuno. Incluso en nuestra civilización, regida por la ciencia, se recomiendan hábitos como el ayuno intermitente o la autofagia celular inducida por una privación de alimentos más o menos prolongada. No hay tiempo que no retorne —decían nuestros mayores— aunque nada vuelve exactamente como fue. Entre los ortodoxos griegos la costumbre era ayunar 180 días al año.
Hasta 1917 —leo en Christian Fasting, un ensayo de la benedictina Mary D. Totah—, la práctica habitual entre los católicos era privarse de alimentos durante toda la Cuaresma (exceptuando los miércoles y los domingos) y en las vigilias de Navidad, de Pentecostés, de la Asunción y de Todos los Santos. En muchos países también lo hacían los miércoles y viernes de Adviento. Por ayuno se entendía comer un solo plato al día, siempre que no incluyera carne, huevos o productos lácteos. Si retrocedemos en el tiempo, las observancias eran todavía más estrictas. De hecho, no fue hasta el siglo XVI que se introdujo una pequeña colación por la mañana y hasta el siglo XIII no se recomendaba beber agua fuera de la comida principal.
Como cualquier disciplina ascética, el objetivo era liberarse de las ataduras del egoísmo. «La palabra griega askein —nos explica Totah— designaba el trabajo de un artista. El fin de nuestro ascetismo no es otro que realizar en nosotros la belleza de la santidad». Por eso mismo, en la tradición cristiana, el ayuno, la oración y la limosna iban de la mano. Aquello que no se comía se entregaba a los pobres, a la vez que la plegaria iba destinada a convertir el corazón. «Conviértete y cree en la buena nueva», se nos dice en el rito de imposición de las cenizas, al inicio de la Cuaresma. El ayuno implicaría así al hombre en su totalidad, como ciudadanos de un Reino distinto que —por decirlo con Rémi Brague— «tiene las anclas puestas en el cielo». Lo cual nos permite liberarnos de muchas estrecheces: yo no sólo soy yo.
En el cristianismo, la práctica del ayuno remite a un doble origen. El primer pecado de Adán y Eva fue por comer lo que no debían comer. No abstenerse de lo prohibido introdujo el desorden, abriendo así el paso a la historia y a la tragedia que acarrea. También Jesús empezó su vida pública retirándose al desierto a ayunar. Allí superó las tentaciones del diablo y rehízo lo destruido por nuestros primeros padres. Las correspondencias entre el Génesis y el Evangelio resultan innegables. Si Adán y Eva hubieran renunciado mediante el ayuno al fruto prohibido, no habría habido caída. Jesús en el desierto repite la escena con un desenlace distinto: ayuna, resiste, y rehace lo que nuestros primeros padres destruyeron.
De este modo, es a través de la renuncia como se recupera una libertad mayor. Hay algo en esta lógica que resulta desconcertante para el hombre contemporáneo, educado en la gramática del deseo y de la satisfacción inmediata. Y sin embargo, nos habla del amor, porque amar incluye también la renuncia al propio deseo para querer la vida y la plenitud del otro. Quizá en eso consista la vida espiritual. Y también, discretamente, cualquier vida humana.