The Objective
Esperanza Aguirre

El discurso de Francina

«Parece increíble que se atreviera a alabar la Constitución, cuando su partido, con Zapatero y Sánchez a la cabeza, se ha cargado de raíz el espíritu que la inspiró»

Opinión
El discurso de Francina

Ilustración generada mediante IA.

La semana pasada una de las más fieles servidoras del sanchismo, Francina Armengol, presidenta del Congreso de los Diputados, es de suponer que siguiendo órdenes de arriba, organizó un acto en la Cámara Baja con la aparente idea de festejar el tiempo que la Constitución de 1978 lleva vigente. Para eso, algunos habían calculado que nuestra actual Constitución lleva ya más días que la Constitución de 1876, la que impulsó Cánovas del Castillo con la aquiescencia de Sagasta y la colaboración del rey Alfonso XII.

Dejemos a un lado la polémica que entre historiadores ha suscitado la calificación de «más longeva» que el Congreso ha otorgado a la Constitución vigente y que no todos aceptan. Y vayamos a analizar el contenido de ese acto, al que se incorporaron los Reyes de España, y, sobre todo, el significado que Sánchez, como líder máximo, quiso darle.

Para ello fue fundamental el discurso de Armengol, que, en apariencia, pretendía ser un canto a la Constitución del 78, pero que, si lo analizamos con un poco de atención, comprobamos que estaba lleno de desprecio hacia los elementos fundamentales que, en el fondo y en la forma, hicieron posible nuestra Carta Magna y la caracterizan.

Si empezamos por la forma, resulta absolutamente escandaloso que Armengol hablara de las fuerzas políticas que participaron en la elaboración del texto constitucional y no dijera ni una palabra del gran impulsor de la instauración de la democracia en España y de la Constitución: el rey D. Juan Carlos. Negar el protagonismo esencial del Rey en aquel proceso es faltar a la verdad y se explica por la voluntad del autócrata Sánchez de despreciar a la Monarquía. Desprecio que exige una respuesta radical de todos los españoles porque, para todos los españoles que creemos en nuestra Constitución y en lo que el Rey representa, el monarca es el símbolo de nuestra nación y nuestra libertad y despreciarle es despreciar a España y a la libertad.

Y si hablamos del fondo de nuestra Constitución, también hay mucho que criticar en las palabras de la presidenta del Congreso. No olvidemos que el espíritu que inspiró a los políticos que participaron en la Legislatura Constituyente, elegidos por los españoles en las primeras elecciones democráticas en junio de 1977, fue el de la reconciliación, el de acabar con el enfrentamiento entre españoles.

«Descalificando a todo el que no haga la ola a su jefe. Y alabando a los que se la hacen, aunque sean enemigos de la Constitución»

Pues bien, parece increíble que Armengol se atreviera a alabar la Constitución, cuando su partido, con Zapatero y Sánchez a la cabeza, se ha cargado de raíz ese espíritu que la inspiró. Desde el Pacto del Tinell con Zapatero (aquel que prohibió ante notario que el PSOE pactara cualquier cosa con el PP) hasta la solemne proclama de Sánchez de que su objetivo es levantar un muro que divida a los españoles, los socialistas no han parado de buscar ese enfrentamiento.

Descalificando, como facha o ultra, a todo el que no haga la ola a su jefe. Y alabando a todos los que se la hacen, aunque sean expresamente enemigos declarados de la Constitución y, aún más importante, de España. Golpistas, independentistas y filoterroristas, que, ausentándose del acto, dejaron bien claro que no quieren saber nada de España ni de la Constitución, de la que se aprovechan para gozar de libertad para intentar acabar con ella.

En sus palabras hizo un rápido recorrido por la Historia de las Constituciones españolas, desde la de Cádiz de 1812, para prestar especial atención a la de la II República, a la que alabó sin reservas. Alabanzas que son constantes dentro del sanchismo, sin querer reconocer que fue un texto de media España contra la otra media, que se proclamó sin someterla a referéndum y que incluía en su texto la impresentable Ley de Defensa de la República de octubre de 1931, por la que se instituyó una censura en la prensa que no paró de prohibir artículos e informaciones y cerrar periódicos todo el tiempo que estuvo vigente.

Sin el menor complejo, Armengol aprovechó la oportunidad de hablar ante los Reyes, lo que daba una especial solemnidad al acto, para dejar caer algunas insinuaciones que no pueden pasar desapercibidas. Como recordar que la Constitución admite reformas. ¡Claro que admite reformas! Y, a lo mejor, algunas son necesarias, pero esas reformas tienen que hacerse respetando el espíritu de concordia y consenso que la inspiró en 1978, y no a través de un Tribunal Constitucional, que ya sabemos hasta dónde es capaz de llegar. Hay que estar atentos ante esas insinuaciones de reformar nuestra Carta Magna, que pueden estar en la línea de la cada vez menos disimulada voluntad de Sánchez de hacer de España una unión de repúblicas.

«En vez de constituir un homenaje al espíritu de concordia, fue, como todo lo que toca el sanchismo, otra exhibición de sectarismo»

Para terminar, siempre sin complejos, haciendo un canto muy poco disimulado al sanchismo, diciendo que nunca como ahora han estado mejor todas esas materias que, también sin complejos, Sánchez pregona cada vez que abre la boca, empezando por la economía, materia de la que presume, pero que la realidad de las familias españolas demuestra que cada día está peor.

En definitiva, el acto de ese día, en vez de constituir un homenaje al espíritu de concordia y consenso que inspiró la Constitución de 1978, fue, como todo lo que toca el sanchismo, otra exhibición de sectarismo y de voluntad de dividir a los españoles. Y ahí quedó, como símbolo, el frío saludo de Felipe González, que sí estuvo en el gran pacto constitucional, con Pedro Sánchez, que está decidido a acabar con el consenso y la concordia que unieron, como nunca, a todos los españoles.

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