The Objective
Miguel Ángel Quintana Paz

Por qué ya no puedo hablarme con gentes de izquierda

«No solo es que se haya construido toda una maquinaria de mentiras en la Moncloa, es que son recibidas por una izquierda social y mediática que las difunde o las acata»

Opinión
Por qué ya no puedo hablarme con gentes de izquierda

Ilustración generada mediante IA.

La respuesta a esta pregunta podría resultar bien sencilla: por igual motivo que no puedo hablarme con camboyanos. Porque no entiendo su lengua ni ellos la mía. Y porque, por lo general, carecemos de un tercer idioma (¿inglés, latín, esperanto?) que nos dote de un vocabulario común.

Ahora bien, uno siempre se topa por ahí con gente demasiado literal. Y alguno de ellos podría replicarte: «¿Cómo que no compartes idioma con los izquierdosos? ¿Acaso no hablan español casi todos los que te rodean? Cierto es que a Yolanda Díaz o María Jesús Montero puede costar a veces entenderlas, pero ¿no estás exagerando al compararlas con los oriundos de Camboya?».

Y, puestos a ser literales, hemos de conceder cierta razón a tales objeciones: sí, es cierto, los izquierdistas que me rodean no suelen ser súbditos del rey camboyano. Ni hablar en lengua jemer.

Convendrá pues explicarse un tanto. Convendrá señalar que, al referirme a un lenguaje común entre la izquierda y un servidor, no me aludo tanto a un idioma, con su gramática, fonética y lexemas. Sí, es verdad, unos y otros podemos compartir, en ese sentido, la lengua española. Pero el truco está en que aquí hablamos de «compartir lenguaje» en un sentido distinto al de «compartir lengua». Creo que esto se entenderá mejor con un ejemplo tomado de mi filósofo favorito, Ludwig Wittgenstein.

Imaginemos, postuló una vez este, que nos encontrásemos delante de un león. Podría ser en un zoológico, en un circo, en medio de un safari: eso ahora da igual. Lo importante es que nos supongamos que, de repente, ese león soltara alguna frase en nuestro idioma. No un rugido, no, ni un ronroneo; pongamos que el león me mira y me dice: «Pues parece que se ha quedado una buena tarde, ¿no le parece, señor Quintana Paz?».

Tras mi pasmo inicial —y, quizá, mi cortés respuesta «Sí, sí, la tarde está de lo más agradable», que nunca vienen mal los buenos modales—, yo podría ponerme a meditar un rato. Al menos, eso es lo que hizo Wittgenstein.

Para él, la pregunta clave aquí —más allá de cómo diantre es posible que un león se exprese en la lengua de Cervantes— es si acaso él y yo estamos manteniendo una conversación real. Yo sé lo que significa disfrutar de una buena tarde cuando eres humano; lo aprendí con otros humanos de pequeño. Ahora bien, las cosas que asocio a una tarde buena (leer un rato, tomarme un té matcha, olvidarme de que Pedro Sánchez sigue en el Gobierno) son todas cosas que solo los humanos podemos hacer.

Pero ¿qué es para un león «pasar una buena tarde»? ¿Entiende él lo que es un martes antes de la anochecida? ¿Cómo puedo siquiera comprender qué significa una tarde, o un día, o un minuto, cuando tu vida es la de un depredador de la sabana, seleccionado para comportarte, ante las cebras, como un hábil cazador? Es más, entre los humanos, cuando charlamos de lo hermosa que está la tarde, lo hacemos con la finalidad de entretener el rato, o romper el hielo, o celebrar la vida; pero ¿para qué diablos querría charlarme sobre las tardes buenas un león?

Si recapacito, he de concluir que en realidad no tengo ni idea de por qué el león me ha dicho lo que me ha dicho. Aunque he comprendido el español que hablaba (con un ligero acento sevillano, me ha parecido captar), en realidad no he entendido ni qué quiere, ni a cuento de qué viene lo que me dice, ni qué siente de veras mientras lo pronuncia. Vamos, que en puridad habré de reconocer que no, no he pillado lo que me ha dicho. Eso es lo que concluía Wittgenstein y, therians aparte, lo que hemos de concluir todos los que ignoramos qué se siente siendo un león, siendo un avestruz o, por citar a Thomas Nagel, siendo un murciélago.

Retomemos nuestro hilo. ¿Qué tienen que ver estas meditaciones zoológicas con la izquierda? (Más allá de que el PSOE lleve lustros actuando como termita de nuestra democracia; más allá de que las cogitaciones de Podemos se asemejen o no a las de un chorlito). Respuesta: al igual que usted, o Wittgenstein o yo mismo podríamos compartir lengua con un león (si se dirigiera a nosotros en español de Sevilla), pero eso no implicaría que compartiésemos lenguaje (pues no lo entenderíamos), lo mismo me ocurre con la izquierda. Cabe que compartamos la misma lengua, puede que nos una el mismo idioma; pero hace tiempo que su lenguaje me resulta incomprensible.

Y ese lenguaje me resulta incomprensible por tres motivos: porque no se dirige hacia nosotros, porque no se dirige hacia la verdad y porque no se dirige hacia lo real. Explicaré uno por uno estos tres puntos.

1. La izquierda no nos dirige la palabra

Este punto es sencillo de constatar. Llevamos ya lustros con una izquierda que ha decidido que no quiere dialogar con los que no pensamos como ellos —es decir, que no quiere dialogar, a secas; pues cuando hablas solo con los que ya piensan como tú, lo tuyo no es diálogo, sino masajes camboyanos—.

Los ejemplos pululan por doquier. Desde la cultura de la cancelación, que «cancela» (es decir, borra, anula) al discrepante del wokismo, ¡y lo considera un mérito!, a esos grititos de «¡facha, machista, racista!» con que tanto izquierdista te avasalla al poco de empezar una conversación. No en vano han aupado a Sarah Santaolalla como su estrella mediática del momento: la chica está entrenada, casi de modo perfecto, para usar solo esos recursos en que, aunque ella parece que habla, en realidad todos sabemos que no está dialogando con su interlocutor.

«¿Cuántos alumnos con ideas no izquierdistas deben ocultar su pensamiento para evitar ser castigados?»

Pero no es solo en televisión donde no se nos habla. Tampoco en la Universidad. ¿Cuántos debates entre intelectuales de izquierda e intelectuales fachas han contemplado nuestras eximias instituciones universitarias en la última década? ¿Cuántos alumnos con ideas no izquierdistas deben ocultar su pensamiento para evitar ser castigados? ¿Cuántos profesores aprovechan su docencia para imponer sus opinioncitas progres desde la tarima? Y no parece que estos vicios resulten perdonables en tanto sigan cumpliendo su función docente o investigadora las universidades: el pasado año 2025, de nuevo, no trajo ninguna española entre las 150 mejores del mundo.

Lo que sí nos trajo de nuevo 2025, y parece que 2026 también, es la violencia contra el discrepante en las universidades. Cierto es que ya no ocurre como en los tiempos de ETA, cuando aquella izquierda amenazaba y asesinaba a profesores universitarios o se reventaba con bombas un campus tal que el de Navarra. Pero, cual versión atenuada de aquella barbarie, hoy también asistimos a una ola de agresiones contra la libertad de expresión en la academia. Ola protagonizada por la ultraizquierda y sin condena alguna por parte del resto de la izquierda, por cierto.

Ocurrió el marzo pasado en la Complutense (y un servidor pudo comprobarlo de primera mano, ya que fue uno de los silenciados por la fuerza allí); se repitió el octubre pasado en la Autónoma de Barcelona o Navarra; ha sucedido esta misma semana en Vitoria. Encapuchados, manadas, agresiones, intimidaciones: es imposible hablar con quienes se comportan así.

En suma, volvamos al caso del león de Wittgenstein. (O, quizá, para no abusar de los ejemplos leoninos, pongamos que hablamos de cualquier otra especie: tigre, pantera, hiena). ¿Cómo podríamos compartir lenguaje con un tigre si este nos «cancelara»? ¿Cómo debatir con una pantera si esta nos excluyera de los foros que controla, como el universitario, por mucho que tal pantera blasone de que ese es el mejor foro para debatir? ¿O cómo hablar con una hiena si esta nos prodigara el trato que otorga a sus discrepantes Sarah Santaolalla, las amenazas que nos dispensan a los no izquierdistas los ultras que patrullan por la Universidad.

2. La izquierda no se dirige a la verdad

Este punto resulta aún más sencillo de explicar. No se trata solo de que Pedro Sánchez sea un mentiroso empedernido. Tampoco de que su jefe de gabinete, Diego Rubio, cuente entre sus méritos con una tesis doctoral reveladora: un estudio sobre cómo usar el engaño para mantenerse en el poder. Al fin y al cabo, mentirosos ha habido siempre, y eso no ha impedido a la gente ponerse a hablar.

Lo que tenemos ahora, sin embargo, es distinto. No solo es que se haya construido toda una maquinaria de mentiras en la Moncloa, nutrida por centenares de asesores: es que estas son recibidas, raudas, por una izquierda social y mediática que las difunde o, como mínimo, las acata. No toda la izquierda está creando mentiras todo el día —para eso ya tienen a los expertos, Pedro Sánchez y Diego Rubio, a los mandos—. Pero sí han desarrollado una absoluta indolencia ante ellas. No les avergüenzan. No les inmutan.

Se trata de la llamada posverdad. Esto es, la absoluta indiferencia, la absoluta despreocupación ante algo que, no obstante, resulta imprescindible si te quieres poner a hablar con alguien: que distinga entre verdad y mentira. Que no vea las palabras como meras cadenas de sonidos. Que sepa que hay algo detrás de ellas. Y que queremos que eso que las respalda sea… verdad.

La situación, de nuevo, nos recuerda a la del león wittgensteiniano: como yo no sé si le importa decir verdades o, como los loros, solo repite frases aleatorias, en realidad no puedo mantener conversación real alguna con él. Puedo parlotear, sí, claro, como los loros, periquitos y cotorras parlotean.

Pero nadie espera que tu periquito te entienda cuando le explicas que está recitando datos económicos tramposos. Y yo, por eso, ya no pierdo el tiempo en explicar a los fans de Pedro Sánchez la diferencia entre el aumento del PIB y el (no) aumento del PIB per cápita. Incluso añoro, a veces, el sonido de algunas cotorras cuando oigo a la típica Charo obnubilada por los encantos de Pedro Sánchez. Al fin y al cabo, las cotorras no van y votan luego. (Aún).

3. La izquierda no se dirige a lo real

Este es el más trágico de los tres puntos que aquí hemos traído. Porque los otros dos se refieren al trato que la izquierda nos dispensa: o bien no nos deja hablar (punto 1), o cuando nos habla prescinde de lo que podría conectarles con nosotros, las verdades (punto 2). Tanto una como otra cosa podrían cambiar, por tanto: bastaría con que la izquierda se arrepintiera de sus pecados. Y recuperara el aprecio por el debate sincero (punto 1) o por la verdad (punto 2). Ahora bien, este tercer punto no tiene que ver con los problemas que tiene la izquierda al tratarnos, sino con los problemas que la abaten a ella misma. Es un problema, de nuevo, lingüístico. Pero esta vez no va del lenguaje que emplea con nosotros, sino del que usa ella solita para nombrar lo real.

Fijémonos en los nombres de típico diccionario izquierdista: clase obrera, emancipación, progreso, pueblo… Y fijémonos en cómo se usan hoy día. ¿Puede decirse que sigan teniendo un significado real?

¿A qué se refiere la izquierda cuando habla de la defensa de los obreros, por ejemplo? ¿A esos barrios a los que ha abandonado a la criminalidad desbocada, invadidos por la inmigración masiva? ¿A esos trabajadores que ahora compiten con mano de obra mucho más barata, importada desde fuera? ¿A esos servicios sociales cada vez más saturados, a esas infraestructuras cada vez más colapsadas, a esas vías —de tren o asfalto— cada vez peor mantenidas?

Hemos de concluir, por tanto, que cuando la izquierda sigue hablando de «defender a la clase obrera», no tenemos ni idea de a qué se refiere. Y lo malo es que ni ella misma lo sabe tampoco.

¿De qué habla la izquierda cuando habla de emancipación? ¿A todas esas imposiciones y reproches que lanza contra jóvenes, adultos y ancianos varones, acusándoles de ser sospechosos de maltratar a las mujeres solo por tener cromosomas XY? ¿A todas esas imposiciones y reproches, y también impuestos, con que nos somete en aras de evitar un cambio climático que, la verdad, no parece muy atento a lo que podamos hacer los europeos —menos del 9 % de la población mundial—? ¿A todas esas imposiciones y reproches del lenguaje políticamente correcto, de las cuotas políticamente correctas, de las leyes políticamente correctas?

No parecen muy liberadoras todas esas cosas, la verdad. Y lo malo es que tampoco la izquierda puede seguir viéndolas como emancipadoras: por eso no las ofrecen (que es lo que se hace con lo que nos libera), sino que las impone (que es lo que se hace con la opresión).

¿De qué habla la izquierda cuando habla de progreso? Desde luego, no del estancamiento económico en que llevamos los españoles todo este primer cuarto del siglo XXI, tres quintos del cual nos ha gobernado ella. Tampoco parece que el bienestar subjetivo haya progresado: antidepresivos, tratamientos psicológicos y suicidios —sobre todo entre jóvenes y adolescentes— alcanzan cotas cada vez más elevadas. ¿El nivel de los sueldos, el precio de los alquileres, el de la cesta de la compra, han progresado?

«¿Saben los izquierdistas si hay un pueblo español en España?»

Nadie puede usar la palabra «progreso» en ese sentido. Tampoco la izquierda. Así que aquí, de nuevo, aunque nos martillee con esa palabra, está claro que ni ella sabe lo que quiere decir.

Y en cuanto a «pueblo», ¿sabe ahí al menos la izquierda qué sentido tiene tal palabra? ¿Saben los izquierdistas si hay un pueblo español en España? ¿O somos varios pueblos más bien: castellanos, catalanes, vascos, andaluces…? De ser así, ¿cuántos? ¿Cuatro, 17, 32? Cada grupo de inmigrantes que, según el izquierdista, nos aporta su riqueza cultural y, por lo tanto, no debemos «asimilar» a lo español, ¿cuenta también como pueblo? ¿Hay que sumar a los pueblos de la península, entonces, el pueblo marroquí, boliviano, chino…? Un mínimo rigor nos conduce, en suma, a lo evidente: la izquierda no tiene ni idea de qué es ese pueblo que blasona de defender.

Alguno nos dirá que estas dificultades verbales de la izquierda las ha tratado de suplir con nuevas palabras clave: «interseccionalidad», «privilegio estructural», «violencia simbólica», «sujetos subalternos». Pero incluso los más optimistas habrán de reconocer que, de nuevo, estas palabras están lejos de tener claro su significado auténtico. Parecen funcionar, pues, más como marcadores de quién es buen izquierdista (el que las pronuncia, aunque no tenga claro su significado) que como nombres de lo real.

Volvamos, pues, al león de Wittgenstein. Aunque no le entendiéramos mientras hablaba de las tardes agradables, al menos podríamos sospechar que él sí sabía de qué hablaba. Por comparación, la izquierda actual se halla en una situación mucho más dramática: sus hablantes no saben muy bien de qué hablan cuando usan su vocabulario oficial. Lo cual recuerda a lo que le ocurría al lord Chandos de Hofmannstal: es como si las palabras se les deshicieran en la boca, cual setas podridas, antes de poderlas siquiera pronunciar.

Y por eso, porque no tiene sentido compartir setas podridas, es por lo que ya no puedo hablarme —ni quizá usted, amigo lector, sepa hablarse— con gentes así.

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