The Objective
Félix de Azúa

El gran libro

«La Biblia de Ferrara (1553), editada hoy en la admirable Biblioteca Castro, estaba traducida del hebreo al judeo-español, en una lengua inventada por los traductores»

Opinión
El gran libro

Ilustración generada mediante IA.

Todas las religiones encierran un magno secreto. Cada una a su manera y desde la prehistoria, nos sitúan en el universo y veneran una existencia sobrehumana y libre de la muerte. Son muy distintas entre sí: las más antiguas veían ese orden sagrado en algunos animales, en los meteoros, en las imponentes manifestaciones naturales. Luego vinieron religiones más próximas al humano, como el politeísmo, en el cual cada uno de los dioses representaba y protegía una faceta de la humanidad, buena o mala: en cada dios había una parte de virtud y otra de vicio. Y finalmente llegaron las religiones llamadas «del libro».

Tres son las religiones que se guían por un libro, el judaísmo, el cristianismo y el islam, cada una hija de la anterior, pero la más peculiar es el cristianismo porque es una religión narrativa, es decir, un increíble depósito de novelas. Si ya el Antiguo Testamento de los judíos proyectaba la fabulosa imaginación y el talento narrativo del mundo hebreo, el cristianismo, al añadir un Nuevo Testamento, es decir, la vida, pasión y muerte de Jesús de Nazaret, enriqueció la historia bíblica con una última aventura heroica de colosal grandeza. De modo que el cristianismo se enuncia en narraciones, fábulas y sucesos con personajes inolvidables.

Que un libro (al que llamamos «la Biblia», porque quiere decir «el Libro») sea el fundamento de las tres últimas religiones conocidas es algo difícil de entender y explicar. Es el magno secreto. Y aún más para los católicos, ya que tuvieron prohibida su lectura hasta anteayer, lo que explica algunas peculiaridades de la literatura española frente a la inglesa, según el docto entender de Andreu Jaume.

Pocas fueron las traducciones de la Biblia al español. Incluso cuando las sectas luteranas abrieron la lectura del texto a los ciudadanos y lo tradujeron a todas las lenguas romances, en España solo circuló (en secreto y con peligro de muerte) la fabulosa traducción de Casiodoro Reina, la famosísima Biblia del Oso (1569), por suerte reeditada en la actualidad por Alfaguara.

Sin embargo, no era la primera; la había precedido unos años antes la Biblia de Ferrara (1553), editada hoy en la admirable Biblioteca Castro. Su divulgación no fue muy extensa debido a una peculiaridad: que estaba traducida del hebreo al judeoespañol, pero en una lengua que no coincidía ni con el sefardita ni con el ladino. Era (¡es!) una lengua inventada por los traductores, judíos huidos de la persecución española y portuguesa, que casi puede compararse con las invenciones literarias de Joyce.

«El de la Biblia de Ferrara es un español hebraico o judaizante absolutamente original»

En sus prólogos, tanto la muy competente Paloma Díaz-Más como el experto Moshe Lazar explican la singularidad de la traducción palabra por palabra, construida según el modelo tradicional de la enseñanza rabínica para facilitar los comentarios a cada versículo. Evidentemente, una traducción palabra por palabra mantiene los elementos de la lengua de origen, de modo que el de la ferraresa es un español hebraico o judaizante absolutamente original.

No acaba ahí el interés de la edición. Que apareciera en Ferrara (y no en Ámsterdam o en Basilea) es una rareza y exige la rigurosa explicación de Díaz-Más sobre otro personaje de novela, Gracia Nasí (o Naci), que vivió en España con el nombre de Beatriz de Luna hasta la expulsión del siglo XV. Es una de las grandes mujeres, tanto de la historia de España como del pueblo hebreo, a la que nunca dedicará la tele española una serie.

El lenguaje de la Biblia de Ferrara suena así: «En principio crió el Dio a los cielos y a la tierra. Y la tierra era vana y vacía, y escuridad sobre faces de abysmo, y espíritu del Dio se movía sobre faces de las aguas». Así, tal cual, el Dio, traducen los judeoespañoles, porque un sonido de plural (que no lo es), Dios, les parecía inadecuado: querían subrayar su unicidad. El suyo era un monoteísmo férreo y militante, como todo lo de este país. Maravilloso libro, el Libro, incluso en una lengua inventada.

Publicidad