The Objective
Carlos Granés

50 años del golpe argentino

«La dictadura del 76 se caracterizó por crear un esquema centralizado de represión sustentado en un ejército clandestino»

Opinión
50 años del golpe argentino

Imagen generada por la IA.

Lo cuenta Carlos Malamud en su reciente libro, Golpe militar y dictadura en Argentina, publicado por la editorial Catarata: para nadie fue una sorpresa que hace 50 años el ejército derrocara el improvisado Gobierno de Isabelita Perón. Pasaba la Argentina por un momento crítico, y no solo porque el general Perón hubiera muerto repentinamente en 1973, dejando las riendas del país en manos de su esposa Isabelita, su estrambótica fórmula vicepresidencial —más nepotismo imposible—, sino porque la violencia había estallado en las calles. Los jóvenes revolucionarios a los que Perón había animado a morir por sus ideales, ponían bombas, secuestraban y mataban, y la Triple A, también peronista pero de derecha, replicaba esas acciones entre las filas izquierdistas. Además de eso, la economía iba en picado, con una inflación desbordada y un déficit incontrolable, y lo más grave de todo, nadie tenía fe en la democracia. 

Ante la crisis, la solución era la revolución antiburguesa de los Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo o el golpe nacionalista y anticomunista de los militares. En 1976, los segundos se impusieron a los primeros y tomaron el poder por la fuerza. No era una novedad en Argentina: los militares ya habían dado golpes en 1930, 1943, 1962 y 1966. La diferencia era que esta junta militar, cuenta Malamud, tenía un proyecto regeneracionista, refundador y mesiánico. El Proceso de Reorganización Nacional, como llamaron a su Gobierno, pretendía una remodelación total de la nación, lo cual incluía un nuevo sistema económico neoliberal ejecutado por el ministro Martínez de Hoz, el único civil con influencia real en el Gobierno, y acabar con el populismo y con el ciclo político que condenaba a la Argentina a pasar de una democracia débil a una dictadura fuerte.

Como salvadores de la patria —así se veían— tenían la misión de homogeneizar la nación, una labor que suponía controlar todos los poderes, restablecer los valores tradicionales, reformar la Constitución Nacional, dominar la prensa, purgar las instituciones educativas y asegurarse, mediante manuales y el manejo de la información, de que los jóvenes se convirtieran en buenos argentinos. Habían previsto, para quienes se desviaran de este objetivo, un sistema de represión y desaparición forzada. Videla lo sintetizó en una frase lapidaria que cita Malamud: «Deberán morir todas las personas necesarias para lograr la paz».

Y eso fue lo que ocurrió. La dictadura del 76 se caracterizó por crear un esquema centralizado de represión sustentado en un ejército clandestino, con margen de acción para escoger y hacer desaparecer a sus víctimas. Era, según los militares, el precio a pagar para ganar la guerra, y el cálculo que hacía Videla era de siete u ocho mil personas.

Pero ni siquiera esas miles de víctimas (la cifra oficial es de 30.000, aunque se fijó con criterios políticos, no científicos) fueron suficientes para ganar esa guerra ni para crear una nueva nación homogénea. Los movimientos de derechos humanos, entre ellos las Madres de Plaza de Mayo lideradas por Azucena Villaflor, consiguieron que el Banco Mundial, el Gobierno estadounidense, la CIDH y la ONU pusieran su lente sobre los militares argentinos. La cúpula gubernamental también empezó a fracturarse y a degenerar, hasta el punto de que Massera acabó secuestrando y pidiendo rescate como un vulgar criminal. A Martínez de Hoz tampoco le salió bien su plan económico. La inflación nunca bajó del 100% y la deuda pasó de 8.000 a 45.000 millones. La industria nacional quebró, y sus planes, que siempre tuvieron que amoldarse a las necesidades políticas y coyunturales de los militares, nunca pudieron ejecutarse. 

La guerra cultural la perdió la junta cuando los creadores dejaron de autocensurarse y hubo una explosión del rock nacional, de obras teatrales y de revistas contraculturales; y la guerra militar, cuando Leopoldo Galtieri, en plena decadencia, cambió el enemigo interno por el externo e invadió las Malvinas.  Ya no iba a pelear contra el comunismo criollo, sino contra el imperialismo británico, y esperaba que el llamado nacionalista y la causa anticolonial suscitarían el apoyo de los argentinos y de los países antiimperialistas. El resultado fue una guerra monstruosa y el fin de la dictadura. 

El balance que hace este magnífico libro es triste. Fue tal la desmesura de la sevicia militar que la subversión quedó exenta de revisar críticamente sus propios crímenes. El líder montonero Mario Firmenich, lejos de reconocer su responsabilidad en la matanza de jóvenes y en la degradación de la vida pública argentina, enseñó en universidades catalanas y hasta el día de hoy reivindica la lucha armada. Entre los militares tampoco hubo ningún signo de arrepentimiento, y las reivindicaciones de su criminal gesta empiezan a oírse en la vida pública contemporánea. Si la democracia logró consolidarse a partir de 1983, en gran medida fue porque esos demonios de izquierda y derecha lograron ser aplacados. La rigurosa crónica que hace Carlos Malamud, una lectura deliciosa a pesar del horror que brota de sus páginas, advierte sobre los peligros de volver a despertarlos.

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