Lo que España se juega en esta guerra
«Una cosa es criticar el ataque a Irán y otra muy distinta abandonar a tu aliado estratégico y a tus socios europeos en medio del conflicto»

Ilustración generada mediante IA.
En el estado actual del debate político, es muy difícil analizar con un mínimo de rigor la política exterior de un país, un apartado que debería ser por principio ajeno a los avatares políticos y, en la medida de lo posible, fruto del consenso o, al menos, de una intensa discusión entre los principales partidos y con la sociedad civil. En la política exterior de un país están en juego sus intereses de forma determinante, a largo plazo y, con frecuencia, de forma irreversible, lo que hace más necesario tratar de acertar con las decisiones y procurar que estas representen el sentir más amplio de una sociedad. Por el contrario, estos días se oye a algunos acusar a los otros de estar al lado de Hitler o de los ayatolás, recíprocamente, sin que nadie sea capaz de explicar dónde y con quién le interesa estar a España en este momento extremadamente peligroso por el que atraviesa el mundo y por qué razones.
España es una potencia media desde el punto de vista económico, pero muy débil tanto en el plano militar como diplomático. España no ha sido capaz —y quizá no sea posible— de desarrollar una política exterior autónoma y actualmente carece de influencia y prestigio como para ser una voz relevante en el mundo. Podría serlo en América Latina, pero hace ya bastantes años que ha renunciado a ello. Su política exterior, por tanto, está plenamente condicionada a su pertenencia a la Unión Europea. Solo como miembro de la UE, España cuenta algo en el mundo y esa es una realidad que nuestro país no puede ignorar si no quiere verse sometido a un grave aislamiento internacional.
Desde el punto de vista militar, somos aún más débiles. Hace décadas que España es uno de los países que menos presupuesto destina a Defensa en comparación con el resto de Europa y del mundo. Nuestra seguridad está desde hace años sujeta a nuestra condición de miembro de la OTAN y de aliado estratégico de Estados Unidos, que dispone de dos importantes bases militares en nuestro territorio. Esta situación puede ser criticable desde el punto de vista ideológico por aquellos que no vean a Estados Unidos como un país amigo, pero incluso estos deberían proponer un aliado alternativo —¿China? ¿Rusia?— puesto que España tampoco es Suiza ni tiene opciones hoy de permanecer neutral ante un posible conflicto mundial.
Es cierto que, durante esta última presidencia de Donald Trump, se han producido señales más que evidentes de su deseo de desentenderse de sus compromisos de seguridad en Europa. Todos los países europeos han captado el mensaje y han puesto en marcha un plan de rearme que les permita a Europa gozar de una mayor autonomía estratégica. Plan, por cierto, en el que España va arrastrando los pies, ante el malestar de los demás socios europeos, con el peregrino argumento de que nosotros preferimos priorizar la política social. ¡Como si los demás europeos no tuvieran interés en su propio Estado del bienestar!
La estrategia europea parece ser la de ir ganando autonomía paulatinamente, pero tratando de conservar o extender el mayor tiempo posible la alianza con Estados Unidos. Y eso no sólo se explica por razones culturales e históricas —la larga lista de intereses y valores compartidos entre europeos y norteamericanos—, sino por puro pragmatismo: simplemente no estamos aún en condiciones de defendernos a nosotros mismos y el paraguas de Washington es todavía vital para proteger las vidas de los europeos.
«Impedir el apoyo logístico desde las bases de Rota y Morón no está en coordinación con los socios europeos y es hostil a EEUU»
Así pues, cualquier política exterior razonable en un país como España debe ejecutarse entre esos dos parámetros: el inseparable vínculo con Europa y la necesaria alianza con Estados Unidos. La conducta del Gobierno con ocasión de la última guerra en Oriente Medio, especialmente la decisión de impedir el apoyo logístico desde las bases de Rota y Morón, incumple ambos: no está en coordinación con los socios europeos y es manifiestamente hostil a Estados Unidos.
El Gobierno de Pedro Sánchez ha tratado de ampararse en un criterio aparentemente moral: puesto que España considera que el ataque a Irán no se ajusta al derecho internacional, no cede sus bases para que EEUU actúe en ese conflicto. Este punto de vista, que, por cierto, es más deducido que conocido, puesto que el Gobierno no se ha dignado a discutir el tema en el Parlamento ni Sánchez ha encontrado tiempo para explicárselo a la opinión pública, este criterio, digo, resulta pobre para justificar una decisión de semejante envergadura. España está poniendo obstáculos a un aliado estratégico —el mismo que se ocupa de nuestra defensa— en un momento en que ese aliado se encuentra en la mitad de una guerra, y esto es algo que es necesario explicar con muchos mejores argumentos.
Una cosa es criticar la guerra por cómo se ha producido y su insuficiente justificación y otra muy distinta abandonar a tu aliado por esa discrepancia. El actual Gobierno español puede estar en contra del actual Gobierno norteamericano y de esta última guerra, pero la alianza con Estados Unidos trasciende a esa coyuntura, es más profunda que todo esto y no puede ser puesta en cuestión con esta ligereza. No lo ha hecho ningún otro Gobierno europeo de los que también critican la guerra.
En un enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán, España tiene que estar con Estados Unidos, entre otras cosas porque esa es la mejor manera de dejar claro a todo el mundo que, en un conflicto entre Estados Unidos y China, España estaría con EEUU y que, en la batalla entre el sistema democrático y el dictatorial, España estará siempre del lado de la democracia.
Desgraciadamente, ninguna de estas consideraciones ha pasado por la cabeza de Pedro Sánchez a la hora de posicionarse en la guerra en Oriente Medio. Como siempre, lo único que ha tenido en cuenta es lo que más le conviene a su reputación y su futuro y, desde ese punto de vista, va a tratar de capitalizar la gloria que su desafío a Trump le pueda reportar entre los comentaristas y los votantes más a la izquierda. Lo mismo que ha ocurrido antes con Argentina, Venezuela o Israel. Todo ello, además, al igual que el relevante cambio de posición sobre el Sáhara, de espaldas al Parlamento y a la opinión pública.