The Objective
Santi González

¡Orgullosamente solos!

«Hacer de la necesidad virtud, haciendo blasón de la soledad en la que habían dejado a España las naciones del mundo por su alineamiento con las potencias del Eje»

Opinión
¡Orgullosamente solos!

Ilustración de Alejandra Svriz

Los discursos de Pedro Sánchez hay que seguirlos con lápiz y papel para contrastar cada palabra, cada afirmación, cada frase con los hechos y verificar su extraordinaria falsedad. Compareció en su mejor estilo: solo en el palacio de la Moncloa, sin más testigos que las cámaras de televisión y sus operadores. Sin preguntas, sin contraste, sin nada que se le opusiera. Y allí soltó lo que le plugo, con absoluta impunidad. Expresó su «confianza absoluta en la fortaleza económica, institucional y también moral» de España, que ya es declaración de principios. «Algunos dirán que estamos solos, pero tampoco es verdad. El Gobierno de España está con quienes tiene que estar: con los valores que nuestros padres y abuelos fijaron en nuestra Constitución —lo que explica que sus socios de Gobierno sean todos enemigos jurados de la Carta Magna—, está con los principios fundacionales de la Unión Europea, la carta de la ONU, el derecho internacional, con muchos otros Gobiernos que piensan como nosotros», aunque no citó a ninguno. Probablemente debió citar al Gobierno de los ayatolás, el único que lo ha felicitado por lo de las bases. Luego va el pobre Albares, que confía en las palabras de su jefe y envía un recado a Alemania para expresar su «sorpresa» por el silencio del canciller Merz, que no defendió al Gobierno de España ante Donald Trump.

Toda su farfolla sobre las virtudes de la paz, el horror a lo que puede venir, así como su equidistancia entre el odioso régimen iraní y la agresión de la que ha sido víctima, queda invalidada por el hecho de que no ha dicho una palabra durante las semanas en las que la teocracia canalla de Irán ha asesinado a 43.000 iraníes en apenas 20 días, por el hecho de manifestarse pacíficamente, según cuantificación del Centro Internacional de Derechos Humanos en Irán. Él está contra el régimen iraní, pero al mismo tiempo condena que se le ataque, invocando, cómo no, la legalidad internacional, una excelente coartada que garantiza la indemnidad de todas las dictaduras, por crueles que sean. Tal vez le conviniera ver esos videos que circulan con profusión mostrando el alborozo de hombres y mujeres iraníes en muchos lugares del mundo, abrazándose y celebrando la muerte del dictador Alí Jameneí. 

El yernísimo debía de tener muy presente su triunfo y el apoteósico recibimiento que los cómicos dispensaron a su penta en la gala de los Goya el sábado pasado y le vino a la memoria el eslogan triunfador en la gala del 2003: «No a la guerra». Con cuatro siglos de retraso, la democracia española ha parido un arbitrista, un tipo que pretende resolver problemas complejos con soluciones simples. De tipos como él ya hacía burla Quevedo en La vida del Buscón cuando don Pablos conoce a uno camino de Segovia que le expresa su malestar porque el Rey no adopte su solución para conquistar Ostende: como la dificultad para tomar aquella plaza estaba en el mar, proponía secarlo con esponjas y ya estaría. «No a la guerra», dice el doctor y marido de la catedrática y se queda tan ancho. Su antecesor, el increíble Zapatero, ya lo había hecho suyo en el 60.º aniversario de la liberación de Mauthausen, ante el monumento a los 5.000 españoles muertos en aquel campo donde se puso campanudo y cursi: «Nunca más. Nunca más a la opción totalitaria; nunca más al horror; nunca más al crimen por el crimen; nunca más a la locura de la guerra; nunca más al fascismo y al nazismo». Fue corregido por Barack Obama, el amo, un poco más tarde: «Todos sabemos que esa guerra fue esencial, porque sirvió para liberar a Europa de una ideología que sojuzgaba, humillaba y exterminaba. La ideología nazi era el mal».

La verdad es que estamos solos en el mundo civilizado, pese a lo que proclamaba el gañán. Orgullosamente solos, proclamaba el franquismo en la misma actitud que ha mostrado en alguna que otra ocasión el yerno de Sabiniano: hacer de la necesidad virtud, haciendo blasón de la soledad en la que habían dejado a España las naciones del mundo por su alineamiento con las potencias del Eje.

La soledad es para él (y para Susan Sarandon) el lado correcto de la historia, y ya había advertido Edward Gibbon que, aunque la conversación enriquezca el conocimiento, «la soledad es la escuela del genio». ¡Cómo no va a estar orgulloso!

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