The Objective
Andreu Jaume

Persona y democracia

«En una época en que la inmoralidad de los dirigentes políticos es ya indistinguible en todo el espectro ideológico, es importante pensar el problema de la persona»

Opinión
Persona y democracia

Ilustración generada mediante IA.

Recordarán ustedes aquel momento estelar de la televisión estadounidense, justamente mitificado, en el que el abogado del ejército Joseph Welch dejó para siempre en evidencia al senador Joseph McCarthy al preguntarle, indignado por la falta de escrúpulos del republicano: «¿No tiene usted ningún sentido de la decencia? ¿No le queda decencia?». McCarthy había sido, desde finales de la década de 1940, el instigador de la caza de brujas contra los comunistas, la paranoia ideológica que intoxicó la vida pública de los Estados Unidos durante la Guerra Fría. Después de organizar una cacería política en Hollywood —que acabó con el exilio de Chaplin, nada menos—, McCarthy intentó hacer lo mismo con el Ejército, aunque terminó dándose de bruces contra su propia miseria. McCarthy trató de dar un golpe bajo a Welch, acusando a uno de sus jóvenes abogados de haber sido simpatizante comunista en la universidad. 

Al parecer, Welch había llegado a un acuerdo con Roy Cohn, un joven letrado que era entonces la mano derecha del senador, para que ese asunto no se aireara torticeramente a cambio de que él mismo no dijera nada acerca de los chanchullos del propio Cohn para evitar ser movilizado durante la guerra de Corea, a pesar de su edad militar. Cuando vio que McCarthy le atacaba de la peor manera, Welch cumplió su palabra y no reveló los trapos sucios de Cohn, pero a cambio hizo su célebre apelación a la decencia que arruinó la reputación del inquisidor republicano. McCarthy murió al cabo de pocos años, en 1957, alcoholizado y desprestigiado. Por su parte, Roy Cohn, que ya había tenido un papel preponderante en la ejecución del matrimonio Rosenberg, acusado de espionaje soviético, se convirtió en un personaje aún más siniestro, abogado de mafiosos, habitual del hampa y mentor de un principiante Donald Trump, a quien entrenó en el arte de la mentira compulsiva y exterminadora, su particular Manual de resistencia. Cuando Cohn, que era un homosexual más o menos encubierto, contrajo el sida, Trump lo abandonó sin contemplaciones. Murió en 1986, pero su espíritu sigue vivo en la actual presidencia de los Estados Unidos.

La pregunta de Welch sobre la decencia resuena hoy con especial vibración y dramatismo, sobre todo en el mundo democrático, que es donde mayor trascendencia debería guardar la palabra. Más que de moral, los antiguos hablaban de «decencia» en el sentido de quod decet, lo que corresponde y se debe hacer, un imperativo que apelaba a principios compartidos e inobjetables. Cuando interrumpió a McCarthy y se negó a seguir discutiendo con él, Welch estaba en realidad denunciando la despersonalización de su adversario, su nulidad en tanto que sujeto moral, una quiebra que lo incapacitaba para ejercer como representante del pueblo estadounidense en causa alguna. La pregunta del abogado no se refería a ninguna cuestión ideológica o jurídica, sino que retrotraía el debate al ámbito estrictamente humano, ahí donde ya no importa quién gana o quién pierde, sino solo si hay de verdad un diálogo entre personas.

En una época en que las relaciones, tanto públicas como privadas, están sufriendo un evidente proceso de degradación y envilecimiento y en la que la inmoralidad de los dirigentes políticos es ya indistinguible en todo el espectro ideológico —ahí está el perverso y pueril juego de espejos entre la moralidad inmoral de Sánchez y la inmoralidad moral de Trump—, es importante volver a pensar el problema de la persona. En España, además, tenemos la suerte de contar con una rica tradición filosófica que se ha preocupado del asunto con especial cuidado y hondura. Desde Unamuno y Ortega a María Zambrano, Julián Marías o Fernando Savater, se podría trazar un itinerario ético que resultaría especialmente ilustrativo al respecto. Ortega defendió siempre que la realidad radical es la propia vida, ahí donde se radican todas las demás realidades con las que nos encontramos y con las que nos tenemos que enfrentar. A su juicio, la vida es un permanente quehacer, puesto que estamos fatídicamente condenados a ser libres, gracias sobre todo a la soledad del alma que el cristianismo descubrió y que nos convierte en náufragos de las circunstancias. 

Al ser todos hijos de Dios sin distinción de origen —nazca uno esclavo o emperador, lo importante es el hecho de haber nacido y no la cuna—, el cristianismo también revela la naturaleza irreductible de la persona, su condición de misterio y haz de posibilidades en constante proceso de construcción. Fue Marías quien recogió el testigo en ese punto e indagó en el enigma de la persona, que obliga a pensar al ser humano no como un qué, en la tradición kantiana, sino como un quién, un alguien y no un algo que por su propia esencia siempre remite a una especificidad biográfica e intransferible. «Neque ego ipse capio totum quod sum», decía San Agustín y citaba Marías, «ni siquiera yo mismo entiendo todo lo que soy», una asunción que está en el fundamento de esa libertad que a la vez es exploración y obligación de elegir a cada paso. Quizá por eso, aventuraba Marías, el pensamiento siempre se ha resistido a la hora de sondear a la persona, que por lo mismo ha resultado más inteligible en la literatura, especialmente en la novela, el género en el que se puede estudiar la variedad moral de los individuos con mayor detalle. De hecho, la indagación filosófica sobre la persona es deudora de la novela y no al revés.

«Más que de moral, los antiguos hablaban de «decencia» en el sentido de quod decet, lo que corresponde y se debe hacer, un imperativo que apelaba a principios compartidos e inobjetables»

Por su parte, María Zambrano, discutiendo con Ortega, llevó a cabo en su obra una honda y emocionante crítica de la modernidad política entendida como un proceso que, desde el liberalismo al totalitarismo, había sacrificado a la persona en aras de un absoluto ideológico, ya fuera el individualismo de raíz protestante y capitalista, ya el colectivismo revolucionario del comunismo y el fascismo. La reducción de la condición humana a cuestiones estrictamente económicas y materiales había terminado por enajenar la vida, inhibiendo la esperanza y la posible trascendencia de cada uno. En su afán totalizador, el Estado, ese nuevo Dios que Hegel vio venir antes que nadie, había instituido, a juicio de la filósofa, un constante «sacrificio invertido» en el que el poder se dedica a reprimir la interioridad en la que nos constituimos como personas. El resultado es un hombre totalmente volcado hacia una exterioridad vacía que encarna un nuevo estado de «orfandad» existencial, un estado que llamamos «crisis», pero que no tiene salida porque se ha aniquilado la ilusión. Zambrano, además, recuperó, como Marías, la pregunta de Unamuno frente a la muerte —y que Ortega había obviado por estar harto de la cuestión, por culpa justamente de su antecesor— para preguntarse acerca del problema del mal y su origen en la concepción absolutista del tiempo propio, de lo que nos cura la ética. La ética nos enseña a querer algo a la vez de forma absoluta y relativa, atenta a lo que sucede en el tiempo y a través de todas las relatividades que el vivir comporta.

La convivencia, recordaba Zambrano, se basa en la confianza en los demás, en esa fe en el otro que también es condición de la amistad y que amplía la noción de individuo en el alumbramiento de la persona. «Si se hubiera de definir la democracia, podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no solo es permitido, sino exigido, el ser persona», escribió la pensadora. Considerada a esa luz, la democracia no es solo un sistema de leyes y garantías determinado por una cita electoral que todo lo reduce a una interminable campaña publicitaria, sino sobre todo la forma política ideal y precisa que adquiere una sociedad cuando se compone de personas que se esfuerzan en serlo. Se trata de una visión que ha adquirido aún mayor pertinencia y verdad en nuestro siglo, cuando las viejas democracias liberales están mutando a una especie de combate sin fin entre masas despersonalizadas y sometidas por las grandes corporaciones digitales. Por eso la pregunta de Welch a McCarthy sobre su sentido de la decencia, que suspendía el debate del odio y la difamación, sigue resonando hoy en nuestra plaza pública y se dirige a todos los ciudadanos en tanto que personas.

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