The Objective
Fernando R. Lafuente

El gran juego

«El libro del historiador Nigel Townson ‘Spain is not different’ es relevante porque deshace tópicos muy arraigados no sólo entre los extranjeros, sino en los españoles»

Opinión
El gran juego

El historiador Nigel Townson. | Wikimedia Commons

El reciente y muy documentado libro del historiador Nigel Townson (1959), Spain is not different (Espasa, 2026), recupera una larga cuestión, tan debatida que ya parece exhausta, sobre la imagen de las naciones en la Historia. Los vaivenes y el tobogán que dicha imagen, ninguna nación relevante se salva de ello, presenta, o presentan otros en diversos períodos y épocas. El libro es relevante porque deshace tópicos muy arraigados no sólo en esos otros, sino en los mismos españoles.

La mejor y más brillante muestra de esto último la filmó Luis García Berlanga con Bienvenido, Mr. Marshall (1953), cuando la población de un noble pueblo castellano asume, en un marketing local, la idea de que para que los americanos se sientan cómodos hay que ofrecerles lo que ellos consideran España, es decir, convertirse en un noble pueblo andaluz, con sus ropas, sus canciones y todo el folklore asignado para la ocasión. Sublime, en su doble acepción, y brillante en cuanto a narrar lo que era un tópico como una catedral. Un tópico, hay que insistir en ello, llegado de fuera que se asume dentro. Lo de Berlanga, más allá de la ficción, formidable, contaba un hecho palpable.

Fue Emilio Lamo de Espinosa quien, a poco de comenzar el siglo, tituló un artículo espléndido, La normalización de España. España, Europa y la modernidad, en la revista Claves de Razón Práctica, n.º 111, abril 2001, dirigida por Javier Pradera y Fernando Savater. Allí se explicaba cómo esto de diferente era ya un término tan agotado, extenuado, mejor, algo semejante a lo que George Steiner había definido como estereotipo: «Verdades cansadas». Era, sería, «el fin de la anomalía». Con una diferencia en lo de diferente. Porque, como recuerda Townson, la idea o el reclamo publicitario había surgido en los años cuarenta. Después todo fue una sucesión de añadidos a esa especie de anomalía histórica que los españoles habían comprado con conmovedora ingenuidad por un lado, y con manifiesto sentido político (franquista) por otro.

En todo caso, parece obvio hoy recordar que, frente al estereotipo de la anomalía de España —jaleado hasta la náusea por propios y extraños—, se eleva una realidad española plenamente integrada en las andanzas, industrias y avatares habituales de la vida contemporánea. Y aquí entra, tomando la expresión de lo que los ingleses denominaron «El Gran Juego», es decir, controlar un territorio tan complicado —hoy 11 de marzo lo estamos comprobando— como la geografía que describe Afganistán y los países limítrofes o cercanos, con la suma de la entonces recién descubierta —segunda mitad del siglo XIX— la antigua y milenaria Ruta de la Seda.

Pues bien, cabría interpretar este vaivén de imágenes entre naciones como «El Gran Juego». Ese ir y venir, fenómeno, profunda y soberanamente cambiante, de lanzarse imágenes enfrentadas unas naciones a otras. No es nuevo. Ese «España es diferente» recogía el topicazo de Carmen la cigarrera y el toreador que encumbró todo lo que vino después. La Guerra Civil incluida, en la que «los hunos y los hotros» (Unamuno) se colocaron la boina de Hemingway y el exotismo corrió a raudales, casi como la misma sangre de las víctimas de ese pavoroso espectáculo internacional, los propios españoles.

«España forma parte de un privilegiado grupo de naciones que ha generado una fuerte y marcada imagen de dilatada historia»

Para los seguidores de la boina de Hemingway, los españoles mantenían las dosis de violencia, primitivismo, atavismo y anomalía sugerida por los viajeros románticos. Lo curioso es que no todas las naciones poseen una imagen exterior. Todo se aclaró con lo que Lamo denominó, insisto en ello, «el fin de la anomalía»: el éxito internacional de la Transición, la victoria en octubre de 1982 del PSOE dirigido por Felipe González y, sobre todo, las Olimpiadas de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla en 1992. Lo cierto es que España forma parte de un privilegiado grupo de naciones que ha generado una fuerte y marcada imagen de dilatada historia.

Para quien esté interesado en ello, el libro fundamental, extraordinario en su documentación, narrativa y sentido historiográfico, es España. Un relato de grandeza y odio. Entre la realidad de la imagen y la de los hechos (Espasa, 2019), del historiador y fundador de la Fundación José Ortega y Gasset José Varela Ortega (Madrid, 1944). Una obra que marca un antes y un después con manifiesta relación del asunto que nos ocupa. Solo repasar las partes que abren sus capítulos advierte de la complejidad de esto de las imágenes entre países y su derivación a lo largo del tiempo: Admiración y confrontación. El español militante (1479-1680), Imagen crítica y contraejemplo: la construcción del español indolente (1680-1780) y decadente (1880-1920), La imagen romántica y emocional: la construcción del español apasionado (1780-1860) y Coincidencias y variaciones en el estereotipo.

Léanlo, no solo despejarán ese océano de tópicos, sino que sumarán un ingente número de momentos de la Historia que permiten olvidarse de ese virus de nuestro tiempo que es la anacronía: juzgar los hechos del pasado con la mentalidad del presente. Y en esto, todo lo relacionado con la imagen de España da para mucho.

Para ilustrar nuestro particular Gran Juego, valga un ejemplo contado por Isaiah Berlin: «En 1840, los franceses son considerados aventureros, galanes, inmorales, hombres militarizados de bigotes rizados, un peligro para las mujeres, prestos a invadir Inglaterra para vengarse de Waterloo; y los alemanes son bebedores de cerveza, provincianos más bien ridículos, melómanos, cargados de una nebulosa metafísica, inofensivos pero un tanto absurdos. En 1871, los alemanes invaden Francia, alentados por el terrible Bismarck, espantosos militaristas, prusianos henchidos de orgullo nacional; por entonces, Francia es un país civilizado, pobre, oprimido que necesita la protección de todos los hombres de buena voluntad para impedir que su arte y su literatura se vean sometidos al yugo de los terribles invasores».

«Esa ‘España es diferente’, que tan acertadamente nos desinfla Townson, tiene en la alegría y la sangre la ecuación»

Claro que es el Gran Juego. Porque así podríamos continuar con los sucesivos vaivenes hasta hoy. En el fondo, pero muy en el fondo, está eso, que ya denunció Julio Caro Baroja, el mito del carácter nacional. Esa «España es diferente», que tan acertadamente nos desinfla Townson, tiene en la alegría y la sangre la ecuación. La nómina, si no infinita, sí es considerable.

Por ejemplo, la alegría, la buena disposición, unas ciertas actitudes equívocas, fiesta y más fiesta fue la nota habitual en los viajeros que visitaban España desde la condesa D’Aulnoy en 1679 con su fabulación novelada al notable escritor holandés Cees Nooteboom en 1992: «Felicidad, eso es lo que hay aquí y lo que se comunica», antes Wilhelm von Humboldt definía a la Castilla burgalesa como una tierra donde se vierte «jovialidad y alegría» (1800), o el Archiduque Maximiliano de Austria, emperador de México: «¡Lástima que Goethe no estuviera en España! (…) España merece ser vista y admirada ya sólo por su pueblo!» (1852), o don Jorgito Borrow: «Adorable España» (1835), algo que compartía Lord Byron. Y qué decir del creador de Carmen, Théophile Gautier: «Parece que el único negocio serio de los españoles es la diversión y ningún pueblo tiene un aspecto más feliz» o Edmundo de Amicis, ante la alegría que contempla en el Mercado de Valencia.

Pero al lado, casi contemporáneos unos de otros, baste recordar algunos comentarios que uno ha recuperado en otras ocasiones y que vienen que ni pintados a esa mirada exterior, no, precisamente, complaciente en el apogeo del exotismo romántico: «Un español es un hombre de Oriente, es un turco católico», Alfred de Vigny, 1828; «España es todavía el Oriente, España es medio africana y África medio asiática», Víctor Hugo, 1830; «Sangre, costumbres, lenguaje, modo de vivir y combatir, en España todo es africano. Si el español fuera mahometano, sería un africano completo», Stendhal, 1831; o «El español es un árabe-cristiano», Chateaubriand, 1838.

Como se pueden leer, las variantes se mezclan y se prolongan o se extinguen en el nebuloso y complejo paso del tiempo. Si toda historia, Croce, es historia contemporánea, toda imagen que se proyecta es imagen contemporánea y tiene una doble contemplación, desde fuera y desde dentro. Y la rueda de la fortuna sigue girando. Aunque alguien pueda sospechar que siempre queda un reducto, desde dentro y en circunstancias muy alejadas del viejo tópico inventado, que se empeña en que España sea diferente, ¿a quién? Esa hoy es la cuestión, bien palpitante.

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