The Objective
Manuel Pimentel

Los ayatolás deben perder la guerra

«Ojalá que sean derrotados y su régimen, depuesto. Cualquier otra alternativa significaría mayor opresión interna y nuevas guerras y atentados en el futuro»

Opinión
Los ayatolás deben perder la guerra

Ilustración generada mediante IA.

Los bombardeos sacuden Oriente Medio, tierra antigua y hermosa, condenada, desde tiempos bíblicos, a la guerra y la sangre. Ningún otro solar ha soportado tantas luchas, tantos imperios, tantas matanzas. Tierra proverbial, albergaría el alegórico y bíblico paraíso terrenal, entre el Tigris y el Éufrates, del que resultaríamos expulsados bajo la sentencia divina del «polvo eres y en polvo te convertirás». Y esa fue nuestra mortal condición desde entonces, como bien sabemos. Geografía bendita que parió a las tres religiones del libro, judaísmo, cristianismo e islam, a la gresca desde entonces.

El Creciente Fértil conoció el origen de las ciudades más antiguas, del neolítico más remoto y de la escritura en forma de tablillas cuneiformes. Y a pesar de tanta grandeza y gloria, a pesar de sus imponentes culturas milenarias, no lograron encontrar la paz. Tanta cultura, tanta historia, tantos sabios, para, al final, no haber aprendido nada, siempre enmarañados en odios y matanzas. Pero, en esta ocasión, el lúgubre sonido de los tambores de guerra llega hasta nosotros.

Nuestro mundo se ha involucrado de lleno, militar, política, ideológica, sentimentalmente, en el conflicto que dirimirá nuestro inminente futuro económico y geopolítico. Estamos lejos geográficamente, pero, a buen seguro, su honda sísmica hará temblar nuestros cimientos. Muchas son las preguntas que nos atormentan. ¿Cuáles serán las consecuencias del conflicto? ¿Puede ir a más? ¿Nos veremos arrastrados a la guerra? ¿Podemos permanecer imparciales frente a su realidad? ¿Debemos apoyar a algunos de los bandos? ¿Es posible un No a la guerra genérico y bienintencionado, o ese grito será percibido, en verdad, como un Muerte a los EEUU y un Viva a los ayatolás? ¿Qué ocurriría si EEUU pierde y se retira sin haber conseguido sus objetivos? ¿Y si los consigue? ¿Cómo nos va a afectar en nuestro bolsillo? ¿Tendremos otra crisis económica severa a la vuelta de la esquina?

The answer, my friend, is blowing in the wind, que cantaría nuestro cantautor Bob Dylan antes de su Nobel de literatura. No sabemos, en verdad. La caja de los truenos se ha abierto y no resultará fácil volverla a cerrar. Intuimos que algo colosal puede estar ocurriendo, sin que todavía seamos conscientes de su dimensión y repercusiones. O no, quién sabe.

Europa se encuentra, como siempre, dividida. Algunos de sus principales miembros, como Alemania, apoyan tímidamente a EEUU e Israel en su guerra, con Von der Leyen como cabeza visible de esta complicidad. Otros, como Francia y Reino Unido, dan una de cal y otra de arena. Consideran ilegal la guerra, pero apoyan de facto al ejército americano. Esa no es nuestra guerra, han respondido los líderes europeos a la petición de involucración por parte de Trump. O no lo es hasta ahora, visto lo visto.

«Nos hemos enfrentado a EEUU. Mal hecho. Podríamos haber mantenido una tibia y crítica lejanía, como otros países europeos»

Y, en el extremo, España, enfrentada directamente con Trump, se ha convertido en cabeza visible del bando antiamericano. Todo acto tiene consecuencias y este posicionamiento las tendrá, vaya que sí las tendrá, política y económicamente. Pero no van de dineros estas líneas, por importante que nos parezca. Prepárese, en todo caso, a rascarse el bolsillo y a sufrir una merma de patrimonio y renta, descontada ya a estas alturas. Ojalá la cosa no vaya a más, pues algunos indicadores y sucesos apuntan a una crisis financiera de mayor entidad, con remembranzas a la de 2008. Pero, repito, no quisiera poner el foco en la economía, sino en tratar de comprender las dinámicas en las que nos vemos inmersos.

Nos hemos enfrentado a EEUU. Mal hecho. Podríamos haber mantenido una tibia y crítica lejanía, como la mantenida por otros países europeos. Porque la lógica de guerra es simple. O conmigo o con mis enemigos. Posicionarse adecuadamente resulta cuestión estratégica primordial, con importantes consecuencias en el medio plazo. Ni siquiera hemos querido ser imparciales.

Nuestro Gobierno ha optado por enfrentarse abiertamente a uno de los bandos, EEUU e Israel, lo que, a sus efectos, será considerado como un apoyo al enemigo. Se puede ser imparcial en caso de guerra externa. Lo fuimos durante la Primera Guerra Mundial y no nos fue nada mal. Durante la segunda no tomamos parte directa, aunque aquellos primeros gobiernos franquistas, abiertamente germanófilos, se sentían en deuda con el bando alemán, dado el apoyo nazi durante la guerra civil. Franco, astuto, no terminaba de ver claro el futuro de Hitler, por lo que no quiso provocar en demasía a las potencias aliadas. Al final, lo solucionó con aquella famosa División Azul contra el comunismo, en teoría de voluntarios, que tanta literatura encarnó, como bien sabe nuestro admirado Rioyo. Esa cierta tibieza salvó a Franco de mayores represalias de los triunfadores aliados. Continuó en la poltrona y los españoles sufrimos varios años de hambre por la autarquía y el bloqueo impuesto por las potencias vencedoras.

El posterior indulto americano a Franco, por aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, posibilitó el milagro del desarrollismo. El resto es historia bien conocida. Ya en democracia, pese a los titubeos de algunos, decidimos que nuestro lugar en el mundo estaba en la UE y en la OTAN, un gran acierto que nos hizo vivir el mejor periodo de nuestra historia reciente. Y así hasta nuestros días, en los que todo parece ponerse en cuestión de nuevo. Ni los EEUU, con Trump a la cabeza, son los que eran, ni nosotros, europeos y españoles, somos lo que fuimos. Un lío, vaya.

«Nuestro lugar está junto a las democracias occidentales, pese a sus limitaciones»

 A veces parece que Trump prefiere a Putin antes que a la vieja Europa, mientras que en otras ocasiones nos exige y promete amor eterno. Pero, en cuanto nos confiamos, reclama Groenlandia, territorio europeo. ¿Es nuestro amigo, entonces? No, no lo es. Pero el resto es aún peor. Si dejamos vía libre a Putin, se come media Europa del Este, y no es plan, claro está. Y de los ayatolás, ¿qué decir? Gente terrible, que impone leyes medievales a los suyos y que lleva décadas financiando terroristas y atentados. Con sus petrodólares han comprado voluntades por acá, por aquello de «cabalgar contradicciones», Iglesias dixit

Y de fondo, los todopoderosos chinos, aguardando con paciencia oriental el momento del zarpazo definitivo. Vaya tropa, que diría Rajoy. ¿Qué hacemos, entonces? Pues puestos a escoger, es evidente que nuestro lugar está junto a las democracias occidentales, pese a sus limitaciones. Cualquier otra alternativa a día de hoy es inviable, a poco que seamos coherentes con nuestros principios. Nuestra posición debe ser la europea, tras alcanzar una postura conjunta. No conseguirla sería una enorme irresponsabilidad.

Se ha reiterado estos días hasta la saciedad. El viejo orden mundial ha muerto. Sus reglas ya no valen en estos momentos, en los que la ley de la fuerza vuelve a campar por sus respetos. Nos guste o no —que no nos gusta—, esa es la realidad en la que vivimos. Los vientos de la historia se han desatado. Derribarán convenciones, muros, inocencias, cuarteles, economías y fronteras. Algunos quedarán sepultados bajo los escombros, otros prosperarán tras el nuevo equilibrio. Hasta que amaine, muchas cosas y graves son las cosas que van a cambiar. Estamos en guerra y aún nos queda batalla por delante. Probablemente, años, hasta asentar un nuevo orden mundial. No basta con quejarnos, tenemos que aprender a sobrevivir en ella haciendo valer nuestros valores, intereses y visiones. No hacerlo puede significar decadencia, ruina y mayor violencia, en casa, además. No pueden ser otros los que escriban nuestro futuro, tal y como hoy en día ocurre.

Pero a pesar de Trump, demasiado atrabiliario como para generar confianza, nuestro lugar en el mundo ha de estar junto a nuestros aliados europeos, en la OTAN. No debemos ir por solitario. Nuestros socios no pueden ser ni Hamás, ni hutíes ni ayatolás. Sus aplausos señalan nuestro error y fracaso. Nada bueno podemos esperar de ellos. Tampoco de los bolivarianos, en horas bajas tras arruinar a sus pueblos y cercenar sus libertades. Pero, inexplicablemente, nuestra política exterior nos ha situado como sus aliados fieles. Y, además, queriendo que se note. Esta sobreactuación, al parecer, viene motivada por la supuesta movilización electoral del «no a la guerra» y del antitrumpismo. No merece la pena, de verdad. Esas 30 monedas no pagarán el estropicio por venir.

«No nos gusta Trump. Una vez dicho, y por el bien de la paz, mejor que gane la guerra a que la pierda»

No nos gusta Trump. Una vez dicho, y por el bien de la paz, mejor que gane la guerra a que la pierda. Ojalá que los ayatolás sean derrotados y su régimen, depuesto. Cualquier otra alternativa significaría mayor opresión interna y nuevas guerras y atentados en el futuro. Si ese fin no se consiguiera, la cuestión de fondo sería el control del estrecho de Ormuz. Si, después de todo este espanto, permaneciera en manos de la teocracia iraní, la autoridad americana y por ende la occidental sufrirían un severo golpe y desprestigio, sobre todo ante los aliados del Golfo. ¿Se lo puede permitir EEUU? Probablemente no. Se encuentra en una ratonera y no puede hacer sino tratar de obtener algo que pueda vender de manera convincente como una victoria.

Ojalá esta guerra no hubiera comenzado nunca. Pero, una vez iniciada por EEUU e Israel, sin encomendarse a nadie ni bajo ley alguna, con misiles y cañones hablando, no deben ganarla los ayatolás. Eso abriría las puertas a la gran conflagración mundial por venir, todos contra un Occidente derrotado y débil. Malo, malo.

La historia es dura. No entenderla supone desaparecer, como en tantas ocasiones ocurriera a lo largo de los milenios. Sobre todo, es ese Creciente Fértil hoy en llamas.

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