Trump: el merecido espejo de Europa
«Trump apareció para señalar que el orden internacional llevaba años desmoronándose mientras los europeos actuaban como si nada hubiera cambiado»

Ilustración generada mediante IA.
A pesar de que el mundo ha cambiado —o precisamente por eso—, muchos ciudadanos occidentales llevaban años esperando a un gran líder norteamericano. En realidad, los primeros en esperarlo han sido siempre los propios estadounidenses. Es lógico: una nación que durante más de un siglo se ha concebido a sí misma como pilar del mundo libre tiende a buscar periódicamente figuras de gran estatura política y moral, líderes capaces de recordar a sus ciudadanos, y al resto del mundo, que la libertad occidental no es una inercia histórica sino una conquista que exige vigilancia, voluntad y poder. La historia de Estados Unidos ha producido varias de esas figuras, y es natural que esa expectativa forme parte de su imaginario político.
Pero ese anhelo, como digo, no pertenece solo a los estadounidenses. También muchos europeos lo han compartido. No por delegación imperial ni una inclinación servil, sino por una constatación bastante simple: cuando Estados Unidos ejerce un liderazgo claro y sólido, el orden occidental tiende a estabilizarse. Y Europa forma parte de ese orden. Durante gran parte del siglo XX esa realidad fue evidente. El liderazgo de Washington contribuyó a reconstruir Europa tras la Segunda Guerra Mundial, a contener la expansión soviética y a mantener un marco internacional en el que las democracias pudieron progresar con una seguridad desconocida durante siglos.
De modo que no resulta sorprendente que muchos europeos hayan imaginado también, incluso hayan deseado, la aparición de un presidente norteamericano de gran dimensión histórica: un líder firme, capaz de plantar cara a China, contener a Rusia, disuadir a regímenes peligrosos como Irán y recordar al mundo que la libertad occidental sigue siendo una aspiración digna de ser defendida.
En esta expectativa, ese líder no solo restauraría la autoridad de Estados Unidos, sino que además despertaría a una Europa que lleva décadas delegando su seguridad, su industria y, en buena medida, su propio destino. Reuniría a las democracias occidentales, hablaría con claridad de principios y devolvería al mundo libre una sensación de dirección y propósito. Era una imagen elegante, casi cinematográfica: el regreso del gran estadista en una época carente de referentes.
El problema es que ese deseo tiene algo profundamente injusto.
«Europa ha vivido demasiado tiempo en una combinación peculiar de superioridad moral y dependencia estratégica»
Si se observa la trayectoria de Europa durante las últimas décadas, resulta difícil sostener que merezcamos un desenlace tan benévolo. El continente ha vivido demasiado tiempo en una combinación peculiar de superioridad moral y dependencia estratégica. Hemos pronunciado discursos solemnes sobre derechos humanos mientras trasladábamos capacidad industrial a China; hemos denunciado la crudeza de la política autoritaria mientras dejábamos en manos de Rusia nuestra seguridad energética; y hemos celebrado la centralidad de los valores occidentales mientras delegábamos la defensa práctica de esos valores en manos de otro país.
Europa ha desarrollado un virtuosismo singular: explicar al mundo la importancia de un orden internacional basado en reglas mientras otros se ocupaban de hacerlo valer.
Mientras China ganaba músculo industrial, tecnología y capacidad de presión económica, buena parte del continente repetía con convicción casi teológica que el comercio acabaría transformando al régimen de Pekín. Mientras Rusia reconstruía su esfera de influencia y utilizaba la energía como arma geopolítica, Alemania levantaba infraestructuras como Nord Stream con la tranquilidad de quien cree haber superado definitivamente la historia. Y mientras todo eso ocurría, muchos países europeos reducían de forma sistemática su capacidad militar bajo una premisa tácita que debilitaba silenciosamente la capacidad estratégica del continente: llegado el caso, Estados Unidos estaría allí.
Así, durante tres décadas, el continente que inventó el equilibrio de poder y entendió que la disuasión solo es creíble si demuestras tu fuerza decidió comportarse como si la disuasión y el equilibrio de poder hubiesen dejado de importar.
«Europa creyó que la historia había entrado en una fase puramente administrativa»
Puede que tal temeridad fuera producto de una infiltración silenciosa o quizá de una concatenación de pequeñas traiciones. Pero, sobre todo, fue el resultado de una larga etapa de prosperidad y de la sensación, muy humana, de que la estabilidad sería una condición permanente del mundo.
Europa creyó que la historia había entrado en una fase puramente administrativa, en la que los conflictos estratégicos podrían ser contenidos indefinidamente por regulaciones, comercio y acuerdos multilaterales. Y el continente que durante siglos produjo estadistas, estrategas y diplomáticos capaces de pensar en términos de poder comenzó a producir tecnócratas amantes de las directivas, las agencias y los comisariados.
Rendidos al sueño tecnocrático, esperar que apareciera en Washington un gran líder dispuesto a restaurar el liderazgo occidental habría sido, en realidad, un premio inmerecido. Habría sido como si la historia decidiera compensar décadas de negligencia con una intervención providencial. Como si bastara con que surgiera un nuevo estadista estadounidense para evitar que los inmensos errores cometidos al otro lado del Atlántico nos pasaran factura. Pero la historia no concede ese tipo de indulgencias.
Europa esperaba un guía: alguien que reuniera al mundo libre, que hablara con autoridad moral y que devolviera a Occidente la conciencia de sí mismo. Un líder que recordara a las democracias que no son la tendencia global, sino que constituyen una minoría cada vez más minoritaria asediada por una constelación de dictaduras y teocracias, y que, en consecuencia, para preservar su libertad, necesitan voluntad política, poder real y una mínima disposición al sacrificio.
«Donald Trump no llegó para cumplir nuestros deseos. Llegó, más bien, para reflejar nuestro deterioro»
En lugar de ese líder apareció algo diferente. Apareció un espejo en el que mirarse. Un espejo distorsionado, a ratos grosero, que a menudo no inspira serenidad sino perplejidad y que sin ninguna sutileza obliga a contemplar realidades que durante años muchos habíamos preferido ignorar.
Donald Trump no llegó para cumplir nuestros deseos. Llegó, más bien, para reflejar nuestro deterioro. No apareció para devolver al orden internacional la persuasión firme, el puño de hierro en guante de seda que había caracterizado en otro tiempo a la política exterior estadounidense, sino para señalar a su manera, a menudo torpe y excesiva, que ese orden llevaba años desmoronándose mientras los Gobiernos europeos actuaban como si nada hubiera cambiado y el viejo equilibrio permaneciera intacto.
Por eso el fenómeno Trump resulta tan perturbador para muchos europeos. No solo por sus modales, sus excesos o su estilo político. También —y sobre todo— porque actúa como un irritante recordatorio de una realidad imposible de eludir: el liderazgo occidental no puede sostenerse indefinidamente sobre una sola potencia mientras el resto del mundo libre se limita a hacer alarde de su superioridad moral.
Europa soñaba, quizá, con un nuevo Dwight D. Eisenhower o un nuevo Ronald Reagan al otro lado del Atlántico. Pues ambos afrontaron con éxito momentos decisivos. Eisenhower tuvo que lidiar con el difícil establecimiento del orden de posguerra, con un mundo que se había dividido en dos bloques irreconciliables, y comprender que la Guerra Fría no era una fórmula retórica, sino una amenaza existencial que exigía contención, estrategia y poder. Reagan, por su parte, apareció cuando aún no estaba claro si el siglo terminaría inclinándose a favor del mundo libre o del totalitarismo soviético, y tuvo la audacia de asumir que ese desenlace no podía dejarse en manos del destino: podía y debía ser decidido.
Ocurre que ni Eisenhower ni Reagan surgieron de sociedades desnortadas, divididas e incapaces de distinguir las verdaderas amenazas. Surgieron de otras muy distintas. Sociedades muy conscientes del peligro y que sabían perfectamente qué había al otro lado del muro y lo que estaba en juego. Por entonces, también en Europa existía una conciencia clara de la fragilidad de la libertad y de que su defensa no era una mera declaración, sino una ardua tarea que exigía determinación y una disposición real al sacrificio. Quizá por eso la historia no nos envió ni un Eisenhower ni un Reagan: nos regaló un Trump. Un espejo que revela mucho más sobre Europa de lo que muchos están dispuestos a admitir.