El trilerismo de Sánchez
«Sánchez no ha anunciado un sacrificio del Estado. Ha anunciado, como mucho, una rectificación mínima después de una recaudación máxima»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Lo ha vuelto a hacer. Como un hábil prestidigitador, Pedro Sánchez ha aprovechado una compleja coyuntura internacional para volver a demostrarnos que es un genio de la política. Ha cogido una rebaja parcial de impuestos, la ha envuelto en papel de regalo institucional y la ha presentado como si el Estado estuviera haciendo un sacrificio de magnitudes inéditas. Esta vez la cifra fetiche son 5.000 millones de euros, la cantidad que el Gobierno dice «movilizar» para amortiguar el golpe energético tras la guerra de Irán. La palabra elegida no es casual, «movilizar». Ya en el verbo va escondido el truco.
Primero, no es lo mismo que el Estado tenga que buscar 5.000 millones de financiación para repartir entre colectivos damnificados que dejar de recaudar una parte de los ingresos fiscales. No es lo mismo abrir la billetera que aflojar un poco la mano con la que llevas años vaciando el bolsillo ajeno. Es el centro del asunto. Cuando el Gobierno rebaja el IVA de la gasolina, del gasóleo, de la luz o del gas, no está repartiendo riqueza propia. Está renunciando, en parte, a seguir exprimiendo una necesidad básica.
Luego está la segunda trampa. Incluso esa supuesta pérdida de recaudación es mucho menor de lo que el aparato de propaganda sugiere. ¿Por qué? Porque cuando suben los precios de la energía, el Estado sigue cobrando sobre una base más alta. Baja el tipo, sí, pero sobre una cantidad mayor. Y así resulta bastante más fácil hacerse el generoso. Sánchez anuncia alivio fiscal mientras la propia subida de las materias primas amortigua buena parte de su generosidad recaudatoria. De hecho, aproximadamente un tercio de la cacareada bajada de IVA de los carburantes se la va a ahorrar.
Conviene arrojar algo de luz sobre las magnitudes. En España la energía es una de las formas más fiables de alimentar la voracidad del Estado. El Impuesto Especial de Hidrocarburos recauda más de 22.000 millones de euros anuales a los que hay que sumar otros 9.500 millones de euros en IVA. El Impuesto Especial de la Electricidad recauda casi 5.000 millones de euros anuales y sumamos otros 1.200 millones en IVA. Uno cree que en la gasolinera está comprando combustible, pero lo que realmente está haciendo es una transferencia al poder político. Después llega el presidente, recorta un poco esa mordida con gestos grandilocuentes y pareciera que acaba de inventar la filantropía.
Le voy a dar los últimos datos oficiales de la Agencia Tributaria. De cada litro de carburante a 1,58 €/litro que le pone usted a su coche, paga 47,2 céntimos de Impuesto Especial de Hidrocarburos y 27,4 céntimos de IVA. Cada litro tiene una carga fiscal de 74,8 céntimos (casi la mitad del precio final). Cada kWh de electricidad que consumen en sus casas tiene un IVA del 21% y un Impuesto Especial Eléctrico superior al 5%. Esto es, simple y llanamente, una inmoralidad. Usted va al quiosco a comprar una revista del corazón, IVA al 4%. Usted va a un restaurante de lujo a comer un menú de 300 €, IVA al 10%. Usted va a alojarse a un hotel de 5 estrellas con SPA y campo de golf, IVA al 10%. Usted necesita la electricidad para cocinar, para ducharse, para ver, para trabajar, para vivir… IVA al 21%. Lo llaman progresismo.
Pero lo verdaderamente impagable de esta semana no ha sido el ejercicio de contabilidad creativa. Ha sido la desvergüenza del relato. Llevamos días oyendo al Gobierno sacar pecho de lo robustísimo que es el sistema eléctrico español, de lo bien protegidos que estamos frente a la volatilidad internacional, de lo maravillosamente desacoplados que vivimos del temblor geopolítico. La ministra Sara Aagesen, en uno de esos momentos de lirismo administrativo que tanto abundan en la política contemporánea, dejó una frase memorable: que el sol y el viento no pueden ser bloqueados en el estrecho de Ormuz. Una frase de taza con mensaje, de calendario de oficina, de insondable ñoñez.
Ni dos días tardó el yerno de Sabiniano en salir a anunciar ayudas para los consumidores vulnerables de electricidad (de esta falacia hablaré otro día) y descuentos en los peajes eléctricos de hasta el 80% para la industria electrointensiva. ¿En qué quedamos? Si el maravilloso sistema eléctrico que tenemos nos blinda frente a la volatilidad, si estamos tan a salvo, si la tormenta geopolítica apenas nos despeina gracias al virtuosismo energético nacional, entonces, ¿para qué las ayudas? ¿Somos inmunes o necesitamos rescate? ¿Nos van a salvar el sol y el viento o hay que correr a activar un escudo social?
Pero aún faltaba el broche habitual de inmoralidad suprema. El presidente deslizó que esos 5.000 millones podrían haberse dedicado a escuelas, hospitales o personas dependientes. Roza lo obsceno cuando el año pasado murieron en España más de 32.000 personas apuntadas en la lista de espera de la dependencia. Es nauseabundo cuando tenemos más de 250.000 personas en esa lista de espera y las solicitudes tardan un año en procesarse. Y es vergonzoso, porque este gobierno dejó morir sin ayudas a 600 enfermos con ELA porque tardó casi dos años en encontrar 100 millones de euros para destinarles. Les recuerdo de nuevo los más de 28.000 millones de euros recaudados en impuestos a la electricidad y las gasolinas (no fueron capaces de sacar una partida de 100 millones).La guerra de Irán ha encarecido la energía. Eso es verdad. Lo que ya no es verdad es presentar esta rebaja parcial de impuestos como si fuera una inmolación presupuestaria del Gobierno. No lo es. La subida de la energía no ha hecho aparecer de pronto un Gobierno compasivo. Lo que ha hecho es dejar al descubierto un mecanismo, de hecho, bastante viejo: exprimir al ciudadano cuando el precio se dispara y vestirse de benefactor cuando el enfado social empieza a crecer. Sánchez no ha anunciado un sacrificio del Estado. Ha anunciado, como mucho, una rectificación mínima después de una recaudación máxima. Yo le ruego, encarecidamente, que solucione el tema de las personas con dependencia. A ver si consigue reducir el tiempo de espera a la misma duración con la que Ábalos enchufaba a sus sobrinas o Koldo colocaba al marido de Miquel Iceta como piloto en Iberojet. Todo supuestamente, claro, que con esta mafia no se juega.