The Objective
Fernando Savater

Protesta de un torero alemán

«En cuanto uno se gana el interés más o menos sincero de los extranjeros, aparecen mil compatriotas dedicados a labores de zapa desde su envidioso resentimiento»

Despierta y lee
Protesta de un torero alemán

Ilustración de Alejandra Svriz

Es cierto que cada país tiene una idea más o menos asentada de las habilidades y aficiones de los ciudadanos de otros lugares. Depende de las vicisitudes de cada época: en mi adolescencia, creía que para ganar la Copa Davis de tenis era imprescindible ser australiano. Hoy, los chicos criados en la vecindad gloriosa de Rafa Nadal y Carlos Alcaraz ya no tienen aquel prejuicio.

Hace años estuve invitado a dar una charla en la Sorbona y me alojé con la debida emoción en las habitaciones presididas por el estupendo retrato de cuerpo entero del cardenal Richelieu (que para mí, Dios me perdone, es ante todo el malo de Los tres mosqueteros). Esa noche, cenando con un colega y amigo francés, le protesté muy educadamente sobre el poco interés que prestaban los profesores franceses a las obras de los autores españoles del gremio. En modo alguno suponía yo que fuesen superiores a las de otros países, pero no siempre inferiores ni mucho menos: estábamos en la media europea y con muy digna puntuación.

Incluso le recordé que ese menosprecio no siempre se había dado: mi amigo Cioran me había comentado muchas veces el increíble prestigio que don Miguel de Unamuno tuvo en Europa, allá por la época en que estuvo propuesto al Premio Nobel. Cioran me decía que, tanto por sus reflexiones como por su propio aspecto físico, severo y quijotesco, don Miguel llegó a ser el más alto representante intelectual y espiritual de su época. En cambio, ahora… Mi amigo francés se echó a reír (estábamos en el momento del Calvados) y me dijo: «Allons, vamos a ver: si a ti te dijeran que mañana torea en Sevilla un torero alemán, ¿correrías a verlo?». Me quedé un poco sorprendido: «Hombre, no sé si…». Y él remató la faena: «Pues para nosotros un filósofo español es como un torero alemán». Nada que añadir, me di por enterado.

He vuelto a recordar esta conversación al leer en El Mundo un amplio reportaje de José María Robles espeluznantemente titulado Rosalía puede triunfar en el mundo entero, pero un filósofo español no. El argumento de la (buena) pieza es precisamente que, mientras la calidad de cantantes, tenistas o actores españoles es reconocida en el mundo, nuestros pensadores son pasados por alto. Nosotros estimamos aquí a Pascal Bruckner o a Markus Gabriel, pero no vendemos al extranjero a los filósofos locales de similar talla.

A los españoles, por lo visto, se nos aprecia por el clima soleado y la paella, pero no por nuestras ideas. Ni se traducen nuestros libros de filosofía a otros idiomas ni se invita a sus autores a dar conferencias ante los públicos internacionales. En apoyo a esta tesis, Robles repasa una lista muy personal de autores fallecidos, entre los que, a mi juicio, faltan evidentemente Gustavo Bueno, Agustín García Calvo y Antonio Escohotado, así como otra mucho más personal y numerosa de filósofos vivos, que van desde el venerable Emilio Lledó hasta el gracioso Ignatius Farray, pasando por Salvador Illa, que también es filósofo en los ratos libres que le deja imitar a los nacionalistas en Cataluña.

«Hay un filósofo español que en los últimos 40 años ha sido acogido y celebrado en gran parte del mundo… soy yo»

Por lo visto, muchos de los miembros de ese copioso escuadrón —en el cual faltan los primeros que se me habrían ocurrido a mí, como Víctor Gómez Pin, José Luis Pardo o Gabriel Albiac— echan de menos mayor reconocimiento foráneo, aunque me temo que algunos son tan desconocidos en España como fuera de ella. Yo aprendí de Cioran que todo éxito público se basa en un malentendido.

Y sin embargo, si de lo que se trata es de ser acogido y celebrado en gran parte del mundo, como Rosalía, hay un filósofo español que en los últimos cuarenta años lo ha conseguido ampliamente, aunque sea a favor de un malentendido. Pero da la maldita casualidad de que su nombre no aparece en el enjambre convocado por Robles para probar su tesis, probablemente inducida por un celoso miembro del gremio.

Hay un filósofo, o mejor, un simple profesor de filosofía español, que ha sido traducido a todas las lenguas europeas (incluido el griego, lo que más ilusión le hace), así como al chino, japonés y coreano. Y no solo traducido, sino que ha encabezado reiteradamente la lista de libros más vendidos en Italia, Francia o Dinamarca. También le han invitado a dar charlas envidiablemente remuneradas por toda Europa y sobre todo por Hispanoamérica, donde es aún más conocido que en España. Su asistencia año tras año al Festival de Filosofía de la preciosa villa de Módena es uno de los más gratos recuerdos de su vida. Ese conocidísimo, pero para el señor Robles o su mentor ignoto, torero alemán o filósofo español, debo humildemente asumirlo… soy yo.

No siempre ese exagerado renombre fue cómodo de sobrellevar. Hubo años en que a mi editor italiano, mi querido Giuseppe Laterza, le dio por poner en las principales librerías una figura mía de tamaño natural como reclamo para mis libros, lo que me prohibió el placer de pasearme por Feltrinelli y otros comercios no menos gratos. Fue la misma época en que el Corriere della Sera publicó en su sección de Tutti Libri una doble página dedicada a una supuesta «moda Savater» en la que se recensionaban los numerosos libros de personajes famosos de todo tipo de artes —incluido el gran Vittorio Gasman— que escribían a sus hijos, hijas, primos, novias, etc.… contándoles los secretos y reglas de su especialidad. Sin duda, malentendidos, como dijo Cioran, pero simpáticos… y también envidiados, como compruebo ahora.

Porque, vamos a ver, ¿por qué creen ustedes, si no, que se me cancela descaradamente en un artículo como este? Resulta evidente que José María Robles no es un nuevo Walter Benjamin, aunque tampoco me creo que sea tan bobo como para conocer las obras filosóficas de Ignatius Farray o Elisabeth Duval, pero no las mías. Ahí tienen ustedes una de las razones por las que nuestros intelectuales no llegan al estrellato universal. En cuanto uno se gana el interés más o menos sincero de los extranjeros, aparecen mil compatriotas dedicados a labores de zapa desde su envidioso resentimiento. No creo que contra los toreros alemanes que triunfan en la Maestranza, si hubiera alguno, haya conspiraciones semejantes… ¡Olé!

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