Vivir del esfuerzo o del poder
«Lo que está en juego es la posibilidad de que España vuelva a ser un país donde la prosperidad dependa del esfuerzo y no de redistribuir recursos»

Imagen generada con inteligencia artificial.
Cuando llegó la democracia a España yo era demasiado joven para entender la política. Mi mundo era pequeño: el barrio, los amigos, el colegio. Sin embargo, incluso desde mi inocencia, percibía que algo estaba cambiando. No como una sacudida violenta, sino como ese instante en el que despiertas de la siesta sin tener conciencia del tiempo.
La gente siempre había estado atareada porque entonces —igual que ahora— había que ganarse el pan, pero tras aquel cambio lo estaba de una manera sutilmente diferente. Había cierta tensión en el gesto, más intención en la mirada. Era como si, de repente, millones de españoles hubieran levantado la cabeza para escrutar el horizonte.
Antes, los días se sucedían con parsimonia; después, aun sin cambios en lo cotidiano, parecía intuirse que esa rutina tenía fecha de caducidad. Se empezó a hablar de Europa no como una abstracción, sino como un destino. Europa significaba modernidad, apertura, prosperidad. La democracia, a pie de calle, no se vivía tanto como una disputa ideológica, sino como un medio hacia algo más concreto: empleo, mejores salarios, oportunidades. En suma, una vida mejor.
Esa ilusión no nació en un contexto de bonanza, sino en plena resaca de la crisis del petróleo de los años setenta. España descubría de golpe las debilidades de una industria en gran medida estatal y la amenaza creciente del desempleo. Precisamente por eso, la democracia y la reintegración en Europa se convirtieron en una promesa aún más poderosa. El acceso a aquella promisoria economía común, los fondos de cohesión, la apertura al exterior y, sobre todo, la voluntad de prosperar, generaron la sensación de que el llamado «milagro español» no solo era posible, sino un destino inevitable.
Durante un tiempo, pareció que así sería. Por supuesto, el camino no estuvo exento de angustia. Las tasas de paro alcanzaron cotas difíciles de imaginar incluso hoy y el terrorismo de ETA formaba parte de la vida cotidiana. Pero España avanzaba. Las autovías sustituyeron a las viejas carreteras nacionales, el AVE acortó distancias, los aeropuertos y puertos se multiplicaron, las ciudades se transformaron. España, al menos en apariencia, se modernizaba a gran velocidad. Con cada infraestructura, con cada gran obra civil, se reforzaba la convicción de que aquel impulso inicial se consolidaría en una prosperidad duradera.
«Mientras que Juan Español pedía oportunidades, se le proporcionó dependencia»
Pero algo empezó a torcerse.
El mundo se volvía cada vez más inestable y la globalización convertía las crisis más lejanas en ondas de choque capaces de recorrer el planeta en cuestión de días. Pero no fue solo eso lo que acabó con el sueño de prosperidad y progreso. Fue la política la que comenzó a socavarlo. Mientras que Juan Español pedía oportunidades, se le proporcionó dependencia. Mientras el emprendedor reclamaba seguridad jurídica, estabilidad y reglas claras, se le regaló un laberinto normativo con centenares de miles de regulaciones y un infierno fiscal.
El Estado se convirtió en un fin en sí mismo. Un oscuro objeto de deseo. Una red de madrigueras cada vez más inescrutable. Y no solo para uso y disfrute de los partidos, sino también para una parte creciente de la sociedad que empezó a comprender que fuera de ese entramado protegido, en el mundo de la competencia real, hacía demasiado frío.
Cuánta razón tiene Miriam González Durántez cuando denuncia que en España hemos interiorizado una dinámica en la que el crecimiento depende de transferencias externas, especialmente de fondos europeos, que generan crecimientos puntuales, pero no transformaciones. Parecemos revivir cuando nos inyectan dinero, pero cómo recaemos cuando desaparece el estímulo. No es desarrollo: es la dependencia de un país con regiones enteras sobreviviendo con la respiración asistida del gasto público, donde el empleo depende directa o indirectamente de la administración y donde el tejido productivo se esclerotiza hasta desaparecer.
«Una sociedad donde la valía, el esfuerzo y la creatividad pierden terreno frente a la proximidad al poder»
Ese es el cambio de las últimas décadas. No el de una dictadura a una democracia, que fue real y, se quiera o no, valioso. La mutación de una sociedad que aspiraba a prosperar por sí misma en otra que, poco a poco, ha ido aceptando vivir de subsidios y paguitas. Una sociedad donde la valía, el esfuerzo y la creatividad pierden terreno frente a la proximidad al poder. Donde la seguridad se busca en la dependencia y no en la autonomía.
Con esa segunda indeseable transición, a muchos españoles nos robaron mucho más que nuestros sueños: nos robaron el tiempo. Nuestras décadas más productivas, las que deberían haber servido para capitalizar esfuerzo, talento y sacrificio. Todo eso se perdió a manos de un entorno cada vez más hostil a la iniciativa y cada vez más complaciente con la mediocridad. No fue una catástrofe digna de una superproducción de Hollywood, porque no hubo en ella sucesos espectaculares, imágenes lo suficientemente impactantes y explícitas, solo la lenta y casi inapreciable transformación de una sociedad vital en otra moribunda.
Los jóvenes de hoy no están viviendo algo radicalmente distinto. Están viviendo la versión corregida y aumentada de ese mismo proceso. Donde antes había obstáculos, ahora se han levantado muros. Donde antes había incertidumbre, ahora hay desesperación. Y donde antes aún había expectativa de mejora, ahora hay un sistema sin salida diseñado para perpetuarse.
España no necesita un cambio tranquilo. Necesita un electroshock. Pero ese electroshock no será posible sin dos condiciones previas. La primera es la concienciación. Llamar a las cosas por su nombre; al pan, pan y al vino, vino. Entender que el problema no es coyuntural, ni atribuible a un Gobierno concreto, sino estructural. Que hemos construido un modelo que premia la dependencia y castiga la libertad de hacer. Y que, si no se revierte, seguirá avanzando en esa dirección.
«España está ante la consolidación de un modelo que ha aprendido a parasitar hasta la necrosis lo que lo hacía viable»
La segunda es, si cabe, todavía más difícil: la aparición de políticos radicalmente distintos a los de las últimas décadas. No mediocres gestores del mismo sistema, sino líderes dispuestos a cuestionar sus fundamentos. Lo que está en juego no es una política, ni una legislatura, ni siquiera un ciclo. Es algo mucho más crítico: la posibilidad de que España vuelva a ser un país donde la prosperidad dependa del esfuerzo y no de redistribuir recursos.
España no está ante un bache, ni siquiera ante una mala racha. Está ante la consolidación de un modelo que ha aprendido a parasitar hasta la necrosis lo que lo hacía viable. Un modelo que desde el punto de vista del egoísmo particular puede parecer racional, pero que en conjunto es mucho peor que irracional: es suicida.
Sin embargo, los sistemas no se perpetúan solo por la voluntad de quienes los parasitan, sino por la resignación de quienes son parasitados. Los españoles hemos pasado de exigir oportunidades a gestionar expectativas; de aspirar a prosperar a conformarnos con no caer; de desconfiar del poder a orbitarlo.
Ahí está la verdadera derrota: no en los indicadores económicos, ni en las estadísticas, ni siquiera en las décadas perdidas, sino en esa degradación silenciosa de la ambición. En la renuncia íntima que convierte vivir del esfuerzo propio en anomalía y la dependencia en lo normal.