Ilustración oscura, nuevo reto para la democracia
«La neorreacción no nace de cátedras ni academias, sino de blogueros y pensadores cuyas ideas son radicalmente antidemocráticas y antiigualitarias»

Ilustración generada mediante IA.
La democracia liberal o, si se quiere, liberal-social, supone la más avanzada de las formas políticas conocidas hasta la fecha y la que mayor prosperidad, paz, bienestar y seguridad ha proporcionado a sus ciudadanos. Además, ha mostrado una sorprendente capacidad de adaptación, mestizaje y evolución hasta llegar a nuestros días, después de haber afrontado con éxito grandes retos. Pero la historia no se detiene, como bien sabemos. ¿Logrará superar las nuevas y enormes dificultades que se otean por el horizonte?
Vayamos por partes y comencemos por el principio. El origen. El cómo fue posible que en Europa surgieran unas ideas que revolucionaron los conceptos tradicionales de poder. La democracia liberal es fruto de una larga evolución política, precedida por el pensamiento filosófico. Nació en Occidente a través de filósofos, pensadores, conflictos, revoluciones, avances y regresiones que no se dieron en ningún otro lugar del planeta, donde las fórmulas tradicionales de gobierno —teocracias, monarquías absolutistas, dictaduras varias de uno y otro signo— encontrarían prolongado asiento.
Hasta el siglo XII-XIII, nada diferenciaba el desarrollo tecnológico y político de Occidente frente a otras zonas, como el Islam o China, probablemente más avanzados a esas alturas de la historia. Pero algo cambió. Y fueron las ideas las que abrieron la puerta al progreso. Merece detenernos en el filósofo cordobés Averroes (1126-1198), cuyo noveno centenario de su nacimiento celebramos. Un auténtico coloso, sin duda alguna, el filósofo hispano más influyente de todos los tiempos. Además de comentar e introducir a Aristóteles en Europa y abonar la escolástica por su influencia en figuras como San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, fue un firme convencido de la razón y el empirismo que caracterizaría al pensamiento occidental desde entonces.
Tan notoria fue su figura, que Dante lo cita en el libro cuarto de su Divina Comedia y que el divino Rafael lo pintó en su célebre cuadro La escuela de Atenas, acompañando a los grandes filósofos de todos los tiempos. Mohamed Yabri, en su obra El legado filosófico árabe (Trotta), argumenta con brillantez que el pensamiento del Islam se quedó atrás porque, siguiendo la estela de Algacel, se basó en la teología, mientras que Occidente, por las ideas racionalistas introducidas por Avempace, Abentofail y sobre todo Averroes, se cimentó sobre la razón, la ciencia y las matemáticas.
Sobre esa base se produciría la gran revolución renacentista. Del teocentrismo se pasó al antropocentrismo, la persona en el centro. La ciencia, con los Kepler, Galileo y Copérnico, entre otros, dio un gran salto. Erasmo sentó las bases del humanismo, al tiempo que la Escuela de Salamanca, con Vitoria o Suárez, avanzó en derechos humanos y teorías económicas de valor, precio e inflación. Spinoza, de origen sefardí, recogería posteriormente el testigo averroísta de la razón, al tiempo que postulaba la libertad individual.
«La Revolución Francesa y la independencia de EEUU concretaron los valores liberales en nuevas formas políticas»
Sin esta evolución previa, hubiera resultado imposible los conceptos de soberanía popular, democracia, igualdad y valores liberales que emergieron con fuerza durante la Ilustración. Locke, Montesquieu, Voltaire o Rousseau teorizaron y postularon los derechos individuales, de propiedad privada, de separación de poderes, de libertad de expresión y de credo o de la soberanía popular, que cimentarían las democracias liberales por venir. La Revolución Francesa, la independencia de los EEUU o la temprana y excepcional Constitución de Cádiz de 1812 concretaron los valores liberales en nuevas formas políticas. El Antiguo Régimen comenzaba a morir; se abría la puerta a las democracias liberales.
Hume y, sobre todo, Adam Smith, a través de su famosa obra La riqueza de las naciones, postularon la libertad de comercio y empresa y, por vez primera, reclamaron la mínima intervención del Estado en cuestiones económicas, toda vez que la «mano invisible» tendía a equilibrar la relación oferta-demanda de manera eficiente.
Las democracias liberales europeas y americanas se basaron en estos principios, revolucionarios para su momento. A medida que avanzaba el siglo, las democracias representativas de la soberanía popular se fueron asentando. Pero el emergente proletariado también comenzó a movilizarse y a reclamar bienestar y participación de la riqueza generada. Marx y Engels facilitaron su estructura ideológica. El creciente poder de sindicatos y fuerzas obreras hizo avanzar al liberalismo hacia posturas más sociales. Así, Otto von Bismarck aprobó, todavía en el XIX, tempranas regulaciones sobre accidentes de trabajo, enfermedad y pensiones. En España, Eduardo Dato aprobaría en 1900 la primera ley de accidentes de trabajo.
Las democracias liberales avanzaron hacia modelos más sociales, espoleadas por las diversas crisis de finales del XIX y la conflictividad laboral. Pero la propia dinámica financiera y bursátil del liberalismo conlleva periódicas y graves crisis financieras, que generan amplio malestar y necesidad en gran parte de la población. Si a ello unimos el desencanto y desapego con las viejas oligarquías políticas y partidistas liberales –corruptelas, clientelismo, turnismo y demás–, estaba servida la expansión de ideologías totalitarias y profundamente antidemocráticas, como los fascismos, nazismos o comunismos. La Gran Depresión anticipada por el crack bursátil de 1929 hizo que muchos consideraran a los titubeantes modelos democráticos como incapaces de solucionar los graves problemas de aquel entonces.
«Tras la caída del Muro de Berlín y la implosión soviética, parecía que el modelo occidental sería seguido por el resto del planeta»
En los años treinta del siglo pasado, nadie apostaba por el futuro de las democracias liberales, débiles ante el aparente empuje de los diversos gobiernos totalitarios. Sin embargo, demostraron una resiliencia extraordinaria y, tras la Segunda Guerra Mundial, evolucionaron hacia las fórmulas conocidas como el Estado del bienestar, inspirado en el informe Beveridge de 1942.
Así, el Estado puramente liberal se moduló hasta el liberal-social de nuestros días, donde se equilibra la libertad de empresa y la iniciativa privada con un conjunto de políticas sociales públicas, en especial de sanidad, educación, pensiones y otras prestaciones sociales como desempleo, en el conocido como gran acuerdo entre el capital y el trabajo. El modelo tuvo gran éxito y es el que, con pequeñas variaciones, aún disfrutamos. Tan exitoso, que tras la caída del Muro de Berlín y la implosión soviética, parecía que el modelo occidental sería seguido por el resto del planeta. La historia se encargaría de desmentir ese ensueño.
Una nueva crisis económica, la de 2008, volvió a asolar las economías occidentales, generando una reacción política de desencanto con la aparición de populismos de diverso cuño, todavía bien vivos en nuestros días. Asimismo, las democracias occidentales, sin renovación en su modelo, se anquilosan, presentando fallas evidentes que crean desapego y desencanto en los ciudadanos. Corrupción, partitocracia, toma partidista de las instituciones, ataque sistemático a la separación de poderes y un largo etcétera de desatinos hacen que percibamos una democracia de baja calidad que desenamora e irrita.
Percibimos que los populismos, de derechas e izquierdas, que vociferan y pontifican, no son parte de la solución, sino evidencia del problema de fondo. El desencanto. La frustración. La incapacidad. Pero una economía que aún tira pone sordina al cabreo generalizado, que tan bien retrata Fernando Jáuregui en su libro Quemados (Almuzara). Existe, pues, bajo la calma irritada, un campo abonado para la protesta o la revuelta. La espoleta para inflamarla sería una crisis económica. ¿Llegará? Llegar llegará; es el sino de los ciclos económicos existentes desde que el hombre es hombre. Pero, ¿cuándo?, y, sobre todo, ¿de qué intensidad? Pues no tenemos buenas noticias al respecto, no. Y más que temores vaporosos, certezas inquietantes.
«El Estado de bienestar entrará en crisis, salvo que un fuerte incremento en nuestra productividad nos rescatara»
Aunque el fenómeno afecta tanto al conjunto de Europa como a EEUU, querríamos centrarnos en nuestro país. Asistimos a un progresivo deterioro de nuestros servicios públicos, a pesar de récords en recaudación tributaria. Ferrocarriles, carreteras, sanidad… ¿Qué pasaría si entráramos en una crisis que obligara a recortes presupuestarios? Estamos endeudados, muy endeudados, débiles ante posibles subidas de los tipos de interés. Y, sobre todo, sin capacidad de endeudarnos más cuando pinten bastos.
Porque eso es, en el fondo, lo que hemos venido haciendo desde 2008, con sucesivos planes de reactivación, COVID, Ucrania y ahora Irán. Patada a seguir con deuda sobre deuda. Ni con fuerte crecimiento hemos sido capaces de disminuirla; estamos enganchados a ella. No lo dudemos, vamos a pasarlo mal en cuanto los vientos de la economía cambien. Pensiones, sanidad, intereses y gasto militar presionarán fuertemente al alza. El Estado de bienestar entrará en crisis, salvo que un fuerte incremento en nuestra productividad nos rescatara.
¿Aguantarían las actuales democracias liberal-sociales el gran malestar de su población si los servicios básicos llegaran a fallar? Es la gran pregunta, ya que, atención, pueden llegar a fallar. La sociedad explotaría y los actuales populismos se mostrarían cortos e insuficientes, puro fuego de artificio. Lo más probable es que aparecieran nuevas formas totalitarias que canalizarían el malestar de la crisis bajo la promesa de soluciones mágicas. ¿Cuáles serían? Ya sabemos los clásicos totalitarismos fascistas o comunistas se dan por amortizados, visto su fracaso cósmico en la vida real. Pues atención.
Si observamos las líneas de pensamiento actuales, nos llama la atención la conocida como Ilustración Oscura, de la que tanto sabe el profesor Juan Jesús Mora, que lleva tiempo estudiándola y advirtiéndonos. La ilustración oscura o neorreacción no nace de cátedras ni academias, sino de la blogosfera y del ciberespacio. Blogueros y pensadores procedentes del ámbito tecnológico y digital, como Peter Thiel, Nick Land, Curtis Yarvin o Michael Anissimov, bebiendo fuentes antimodernistas como las de René Guénon o Julius Evola. Sus ideas son radicalmente antidemocráticas y antiigualitarias, tendiendo a un totalitarismo digital encabezado por las élites más capaces.
«Desprecian a las decadentes democracias liberales y a sus controles y apuestan por tecno-corporaciones-Estado»
Desprecian a las decadentes democracias liberales y a sus controles y apuestan por tecno-corporaciones-Estado. Aunque nos puedan parecer extravagantes sus ideas, debemos tenerlas en consideración, porque algo potente se está cociendo, algo que puede tomar forma de movimiento antidemocrático una vez que nos golpee la gran crisis de modelo político occidental por venir. Y muchos serían los que, espoleados por los estragos de la crisis y abducidos por los brillos y fulgores del futuro prometido, seguirían estas novedosas propuestas.
¿Lograrán las viejas democracias liberales-sociales superar este nuevo reto, como ya lo consiguieron en las anteriores grandes crisis? Esperemos que sí. Sus postulados básicos, derechos individuales, limitación del poder, separación de poderes, igualdad ante la ley, libertad de expresión, de credo, de pensamiento, de voto, siguen siendo hoy igual de válidos, hermosos y necesarios que cuando nacieron, hace siglos atrás. Las democracias liberales, al igual que lo hicieron en el pasado, tendrán que seguir adaptándose a los tiempos y a sus circunstancias.
Y ahora tienen ante sí la severa crisis del modelo occidental por venir y, sobre todo, el conseguir incorporar lo mucho de bueno que nos trae la sociedad digital, corrigiendo sus excesos y posibles totalitarismos con democracia efectiva. Este debate, incipiente todavía, será el que nos ocupe de manera progresiva a lo largo de estos próximos tiempos. Las ideas ya comienzan a propagarse; mucho nos tememos que tendremos que luchar por la libertad de nuevo.
Gracias a los que mantienen viva la antorcha de la libertad, como el Club Liberal de Cádiz, al que agradezco de corazón la distinción 1812 que me otorgó recientemente.