The Objective
Juan Lobato

¿Es facha reunirse con Trump?

«Aunque resulte increíble en una democracia liberal como la nuestra, sigue poniéndose en duda si se debe dialogar con quien piensa diferente»

Opinión
¿Es facha reunirse con Trump?

Ilustración de Alejandra Svriz

En pocos meses, el nuevo alcalde de Nueva York (que no puede ser más socialista) ya ha visitado dos veces a Donald Trump en la Casa Blanca para hablar con él de vivienda. Esta misma semana el Gobierno de España ha ofrecido a Vox —y al resto de partidos— reunirse y trabajar conjuntamente en medidas frente a la crisis derivada de la guerra de Irán. También hemos visto cómo el candidato del PSOE en Castilla y León, acertadamente, ofrecía al PP apoyo mutuo, dando estabilidad a la lista más votada en este territorio frente a la inestabilidad que generan Gobiernos con extremistas.

Para algunos populistas dogmáticos, Mamdani, el Gobierno de España y Carlos Martínez son unos traidores por querer escuchar, dialogar y blanquear a representantes democráticos elegidos por los ciudadanos, aunque tengan una ideología diferente.

¿Es posible en política —incluso deseable— relacionarse con el otro lado?

Existe todo un debate actualmente en los partidos políticos sobre si se deben celebrar reuniones y tener relación institucional con representantes de otros partidos con ideologías diferentes. Aunque resulte increíble en una democracia liberal como la nuestra, sigue poniéndose en duda si se debe dialogar con quien piensa diferente.

¿Este tipo de actitudes blanquean a la opción política rival o son síntoma de una buena salud democrática?

«El populismo basa su estrategia política en juzgar desde una supuesta superioridad moral»

El crecimiento de la polarización y el populismo son el mayor riesgo que tienen las democracias liberales para su consolidación y fortalecimiento.

El populismo basa su estrategia política en juzgar desde una supuesta superioridad moral. Y lo hace tratando de buscar e identificar enemigos de forma constante, con el objetivo de agrupar a las tropas propias en contra de un enemigo común. Utilizo términos bélicos precisamente por el tipo de conflicto que plantea el populismo. No es una rivalidad, ni una alternativa a lo diferente. Es una guerra.

Con este tipo de actitudes se va dibujando una línea cada vez más gruesa que separa a unos de otros y que está totalmente prohibido cruzar. Si hay una guerra, no puede haber medias tintas. No está permitido ni siquiera escuchar lo que se dice más allá de esa línea separadora. No vaya a ser que te guste algo de lo que veas o escuches y te haga pensar… Y, por supuesto, no opines nada ni parecido a lo que opinan al otro lado, ni siquiera sobre algún detalle menor. Si haces cualquier cosa así, serás considerado automáticamente un traidor. Todo lo que dicen y hacen los otros está mal y todo lo que decimos y hacemos nosotros está bien.

Así funcionan el populismo y la polarización. Es un esquema muy sencillo, consecuencia directa de la falta de consistencia de sus posiciones y valores. Cuanto mayor es la seguridad y confianza en las ideas y valores que uno tiene, mayor será su capacidad para escuchar, debatir y analizar lo que opinan quienes piensan diferente. Quien no se atreve a escuchar y debatir con los demás demuestra muy poca confianza en sus propias posiciones y en su coherencia y ejemplaridad.

«Hoy, si un político del PSOE, por ejemplo, visita una iglesia, es juzgado como poco socialista o de derechas»

Este patrón va incluso más allá en el día a día de la política actual en la mayoría de los países occidentales, también en España.

Sucede con los espacios en los que se tiene presencia política. Hoy se juzga todo. Si un político del PSOE, por ejemplo, visita una iglesia o comunidad cristiana, es juzgado como poco socialista o de derechas. Y si alguien del PP visita una ONG ecologista, se le tacha de socialcomunista…

Lo mismo ocurre con la decisión de acudir o no a medios de comunicación con líneas editoriales diferentes.

Sucede muchas veces que, respondiendo un político del PSOE a la petición de medios con línea editorial conservadora o de derechas, se producen críticas y ataques casi de traición. Y viceversa con medios progresistas para políticos de derechas.

No sé muy bien cuál es el plan de algunos. Quizá que nadie de derechas participe, ni escuche o vea medios de izquierdas, ni se relacione con personas progresistas. Y al revés. Cada uno que vea y escuche lo suyo con los suyos, y punto.

«Como si un progresista solo pudiera entrevistar a progresistas y un progresista solo pudiera dejarse entrevistar por progresistas»

Nos está quedando una democracia muy bonita.

Lo explicaban Jordi Évole y Ricardo Moya en el podcast El sentido de la birra. Ambos contaban cómo eran atacados por invitar a conversar y entrevistar a gente de ideología de derechas. Como si por eso se blanqueara esa ideología. Como si un progresista solo pudiera entrevistar a progresistas y un progresista solo pudiera dejarse entrevistar por progresistas. Un disparate democrático.

La situación llega a tal extremo que se juzga negativamente a quien es valorado positivamente por quien piensa diferente. Si un periodista o político con ideología conservadora te trata con respeto, es que no eres un buen socialista. Y al revés.

En la etapa en la que fui alcalde de Soto del Real, probamos algo diferente. Pensamos que escuchar y trabajar con los representantes de ideologías distintas a la nuestra, votados por los vecinos, no era blanquear a nadie, sino respetar a los ciudadanos, generar convivencia y ser más eficaces para resolver los problemas de la gente. Una vez al mes, sin excepción, nos reuníamos los portavoces de TODOS los partidos —incluido Vox— para trabajar en los temas urgentes que iban al siguiente Pleno y en los temas importantes de modelo de municipio. Trabajar así en política es posible, funciona y demuestra una auténtica convicción ideológica. Pero exige valentía y esfuerzo.

Que le pregunten a Mamdani.

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