The Objective
Andreu Jaume

De héroes y víctimas

«La actual configuración de lo que fue el mundo capitaneado por EEUU se mueve entre dos polos con un campo magnético de nihilismo generalizado y absoluto»

Opinión
De héroes y víctimas

Imagen creada con inteligencia artificial.

Recordarán ustedes aquella escena de El padrino II en la que Michael Corleone llega a La Habana y se reúne con Hyman Roth y sus compinches para cerrar sus negocios sucios con la dictadura de Batista. Antes, de camino en el coche, Corleone ha sido testigo de la detención de un grupo de revolucionarios, uno de los cuales hace estallar una granada, inmolándose y llevándose con él a una capitán de la policía. Mientras se comen un pastel con el mapa de Cuba –metáfora facilona–, para celebrar el cumpleaños del capo, Corleone, que para eso es el más listo, se atreve a decir lo que ha visto aquella mañana. Y cuando Roth, suspicaz, le pregunta qué le ha sugerido el altercado, Corleone contesta: Soldiers get paid, rebels don’t. They can win. («A los soldados se les paga, a los rebeldes no. Pueden ganar»). 

La guerra de Irán ha devuelto la actualidad a esas palabras que, hoy como ayer, ilustran la diferencia que media entre un ejército profesional que actúa a las órdenes de un gobierno democrático y la vocación sacrificial de todos los que defienden la teocracia iraní. Una parte del mundo occidental celebra la caída de los principales dirigentes de aquel país como el derrocamiento de unos dictadores sanguinarios, pero en el imaginario del otro bando, el asesinato del ayatolá Jamenei se considera un martirio al servicio de Allah y la nación, un final mucho más honorable para ellos que morir en la cama consumido por la vejez. Donde Occidente ve la derrota de un enemigo, Irán, de acuerdo con la doctrina chiita, jalea la concesión de un honor que le permite seguir librando su guerra sin cuartel. Como se lee en el Corán: «Y no deis por muertos a los que han sido matados en el camino de Allah; están vivos y reciben provisión junto a su Señor». (3: 169).

Para justificar sus guerras, el mundo secular se inventó el mito del «soldado desconocido», cuya llama arde en el altar de la patria en nombre de todos esos muertos anónimos que se ha llevado la defensa de la bandera. Como decía Antonio Machado, si de pronto el desconocido se levantara de la tumba y dijera: «Yo me llamaba Pérez», todos le dirían: «Anda, Pérez, vuélvete a la huesa, que esto no va contigo». Es la mejor impugnación que se ha hecho de esa terrible lógica sacrificial que el mundo moderno instauró para imponer el mecanismo del progreso. Ocurre, sin embargo, que desde hace un tiempo, al menos desde la caída del muro de Berlín, el ideario liberal se ha ido vaciando de convicción política y moral hasta convertirse en la actual parodia de sí mismo que representa la figura de Trump. Es evidente que al presidente de Estados Unidos le importa un comino la democracia –incluso la de su país– y que su decisión de atacar Irán, arrastrado por Israel, se basa en motivos espurios que sobre todo tienen que ver con la guerra comercial contra China y con el control del petróleo, lo mismo que en Venezuela. 

Por mucho que nos esforcemos en decorarlo con bellas palabras y más allá de que nos satisfaga ver cómo caen ayatolás y dictadores, esa es la cruda verdad. Y es que en buena parte, esta verdad es también el resultado del desahucio moral de Occidente, incapaz ya de creerse el teatro de su propio heroísmo. En el mundo MAGA, el soldado desconocido ya no sirve como metáfora de nada más que de la traición a su palabra de su carismático líder, que prometió no volver a embarcar al país en guerras absurdas. Los sucesivos reveses que ha sufrido Trump en su estrategia de intimidación –con China, Canadá o Groelandia– le han obligado al fin a tomar una arriesgada decisión militar que ha dejado al descubierto la vaciedad de su máscara democrática. 

En su último libro, Sufro, luego existo (Siruela), Pascal Bruckner denuncia que el victimismo es el nuevo heroísmo de Occidente. Incapaz de tomarse en serio sus propios fundamentos, el orbe liberal ha terminado creyendo tan solo en sus víctimas, a las que ha convertido en los sujetos revolucionarios de una utopía en la que, en el fondo, tampoco cree. La actual configuración existencial de lo que fue el mundo capitaneado por Estados Unidos se mueve entre dos polos –el caduco heroísmo y el nuevo victimismo– que han creado un campo magnético de nihilismo generalizado y absoluto. El héroe que no cree en nada se enfrenta a la víctima que descree de todo en un juego perverso que esconde una concepción cada vez más atroz de la existencia. Bruckner también ha advertido con lucidez cómo Trump es en realidad un hiperwoke, alguien que ha asumido la victimización como un sentimiento aún más auténtico para lo suyos, los verdaderos damnificados de un mundo robado por sus enemigos ubicuos.

Para Bruckner, el victimismo es una identidad narrativa que nosotros nos atribuimos y que constituye, por tanto, una «patología del reconocimiento». Así, la intensa ensoñación heroica del XIX y el XX ha sido sustituida por la intensa ensoñación victimista del XXI. Y han sido justamente las sociedades más acomodadas y mimadas las que han generado este discurso obsesivo del resentimiento. El fracaso en la búsqueda desesperada de la felicidadthe pursuit of happinessha terminado por fomentar un culto a la desgracia como única señal de distinción política. Y del otro lado se ha henchido un heroísmo nostálgico de otras épocas –el revival imperialista– tan ridículo como destructivo.

Bruckner sostiene que el origen de la actual glorificación de la víctima está en el cristianismo, entendido como la revolución que inventó a un «hombre dios» que tiene las debilidades del primero y la trascendencia del segundo. El Hijo del Hombre se dedicó a predicar entre los desposeídos para sabotear todas las instituciones y rebelarse contra los poderosos. Ese modelo sería el que luego habría inspirado primero al marxismo y luego al wokismo para fomentar su religión secular de la desgracia. El análisis no es nuevo y sin duda tiene un fondo defendible, pero quizá al mismo tiempo la ecuación entre cristianismo y victimismo pierde de vista algo fundamental.

El mundo ideológico en el que vivimos desde hace más de dos siglos impide hablar de algunas cuestiones sin que el debate se anule. Como ha apuntado Marilynne Robinson, la izquierda no acierta a dar cuenta de las virtudes cívicas en términos teóricos o ideológicos y se siente incómoda hablando de ellas en términos espirituales, en parte porque la derecha ha convertido en tóxico el lenguaje religioso, dándole a menudo usos que ofenden la generosidad y la dignidad. (La reciente foto de Trump rodeado de pastores evangélicos imponiéndole las manos es un buen ejemplo de ello). El pensamiento ideológico crea una estructura inalterable tras los acontecimientos, una especie de fatalidad cíclica que en parte viene causada por la sumisión ideológica a la historia. Una historia que, en justa correspondencia, se comporta como se espera que lo haga.

«El mundo ideológico en el que vivimos desde hace más de dos siglos impide hablar de algunas cuestiones sin que el debate se anule»

Ya que hoy es el día de Pascua, conviene recordar, un poco a contrapelo de lo que sostiene Bruckner, que el cristianismo fue algo más que una rebelión y un triunfo de la víctima, al modo del revolucionario castrista de El Padrino II. Como cuenta Geza Vermes, la crucifixión fue un suplicio muy extendido en el territorio judío, sobre todo entre el año 4 a.C. hasta el 74 d.C., más o menos desde la muerte de Herodes el Grande hasta la caída de Jerusalén y Masada. Los casos más atroces se produjeron durante el sitio de Jerusalén, en el que los romanos crucificaron hasta quinientos judíos al día. En 1968 se hallaron en la capital de Israel los huesos de un judío crucificado en el siglo I d. C. Se llamaba Yehohanan y aún conservaba el clavo en los huesos del talón y las espinillas rotas.

La crucifixión era una especialidad romana, una práctica a la que estaban muy acostumbrados y que para ellos resultaba insignificante, a pesar de que Cicerón la calificó como «la tortura más cruel y abominable». La transformación de ese suplicio rutinario en un fenómeno único –que además suponía la encarnación y humanización de lo divino– salvó a la víctima de la abstracción y le confirió para siempre una realidad personal, biográfica e intransferible, algo bastante más relevante que la cruz. Desde entonces, ninguna víctima puede disolverse en el magma de la abstracción redentora. Como escribió Nietzsche, nada menos, «el Evangelio murió en la cruz», que en el fondo constituye un «dysangelium», «una mala nueva», pues solo una vida tal y como la vivió el que murió en la cruz es cristiana. Para el filósofo, «todavía hoy, para ciertos hombres, esa vida es posible e incluso necesaria: el cristianismo auténtico, el originario, será posible en todos los tiempos… No un creer, sino un hacer, sobre todo un no-hacer-muchas cosas, un ser distinto». Y ahí radica, añadimos ahora, el verdadero y olvidado heroísmo.

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