La derecha bloqueada
«Lo que de verdad beneficia a PP y Vox no es el fuego cruzado, sino la demostración de que son capaces de ponerse de acuerdo y resolver los problemas reales de España»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Extremadura, Aragón, Castilla y León y, en suma, toda España esperan. Tras las últimas elecciones autonómicas, convocadas por la incapacidad de PP y Vox para pactar presupuestos, ambos partidos siguen sin lograr ponerse de acuerdo para formar gobiernos, y el bloqueo se ha instalado de forma en apariencia permanente mientras una y otra fuerza se señalan mutuamente como únicos responsables de la parálisis. Pero detrás de este atoramiento político hay algo más que una negociación fallida. Crece la sombra de la duda sobre la capacidad de la oposición española para gobernar en conjunción y construir un proyecto común para España. ¿Hay un bloque de la derecha o una derecha bloqueada? Es la pregunta para la que los votantes que apostamos por el cambio llevamos demasiado tiempo esperando una respuesta.
Resulta difícil no ver esta vez que es Vox quien ha optado de forma más deliberada por obstruir las negociaciones. Vox, antes envalentonado y ahora rayano en lo paranoide, busca cualquier excusa para torpedear las negociaciones. Su ascenso parecía a todos imparable elección tras elección, pero la mala gestión de expectativas en Castilla y León, las purgas internas de algunos de sus líderes sólidos y el bloqueo sistemático de los acuerdos de gobierno parecen haberles empezado a pasar factura.
Aun así, conviene no dejarse llevar por el relato del «frenazo» que algunos medios —los mismos que desde el verano alimentaban la imagen de un auge inédito e incontestable, pese a no ser ni lo uno ni lo otro— han adoptado con idéntico entusiasmo acrítico. El ajuste demoscópico parece claro, pero no es ni mucho menos irreversible, y la tentación de darlo por hecho puede resultar tan imprudente como lo fue sobrestimar su crecimiento.
El PP, por su parte, parece haber aprendido la lección de las negociaciones estivales de 2023, cuando cada barón regional negoció por su cuenta y a su ritmo, con resultados contradictorios y en ocasiones bochornosos: Mazón corrió a firmar un acuerdo de coalición mientras María Guardiola demonizaba al que acabaría siendo, forzosamente, su socio de gobierno. Aquella imagen de desconcierto generalizado, en la que cada barón popular pactaba cosas dispares sin ningún marco común, fue un error fatal que en Génova parecen haber decidido no repetir. Esta vez, el partido ha establecido unas prioridades más o menos claras y unas líneas rojas razonables e implica directamente a la dirección nacional para evitar el habitual espectáculo de improvisación. Es un punto a favor de Feijóo, y es justo reconocerlo en esta ocasión.
Pero sería un enorme desacierto que el PP interpretase el supuesto frenazo de Vox como un regalo caído del cielo. La amenaza de desmovilización del votante de derechas se cierne sobre las posibilidades de gobierno de la actual oposición. Habrá quien en las filas populares celebre el retroceso de su socio incómodo, pero eso no significa que ese electorado vaya a regresar automáticamente al redil. Muchos votantes de Vox no vienen del PP, sino de una masa harta y desconfiada que busca un cambio radical, una ruptura con un sistema que perciben desgastado y hasta decrépito. Y el PP nunca va a poder apelar a ese votante sin impugnar su propio pasado, sin cuestionar décadas de gestión de las que también es corresponsable. Es perfectamente legítimo que aspiren a mejorar sus resultados en ese escenario, pero no a costa de hundir a la flota aliada. La tentación está ahí, y haría bien en resistirla.
«El PP y, ahora especialmente, Vox se encuentran ante su gran encrucijada: actuar como bloque o permanecer en el bloqueo»
Porque lo que de verdad beneficia a PP y Vox no es el fuego cruzado, sino la demostración de que son capaces de ponerse de acuerdo y resolver los problemas reales de España. Esa es hoy la gran incógnita política. Muchos votantes que apostaron por Vox empiezan a preguntarse si lo que se avecina no es una legislatura del desastre en la que nada cambiará, y esa percepción es corrosiva para la suma de ambos partidos. Incluso si se logra constituir un gobierno de coalición o un Ejecutivo de Feijóo en solitario con apoyo parlamentario de Vox, si este clima de crispación y bloqueo se mantiene, la legislatura no durará más de uno o dos años. Si las negociaciones encallan en la baja política autonómica, ¿cómo lo harán cuando tengan que debatir sobre pensiones, vivienda, educación o inmigración con competencias reales para acometer las grandes reformas que necesita nuestro país?
La situación no deja de ser irónica, pues la derecha española lleva años acusando a Sánchez de bloquear España, y ahora es ella quien protagoniza la parálisis. La diferencia, podría decirse, es que aquí no hay voluntad de perpetuarse en el poder, sino incapacidad para repartirlo. Pero esa distinción se vuelve irrelevante para el ciudadano que lleva años esperando soluciones y cambios que no llegan, o que apenas se hacen perceptibles. Por eso, el PP y, ahora especialmente, Vox se encuentran ante su gran encrucijada: actuar como bloque o permanecer en el bloqueo. Las cuitas internas de cada formación, siendo indeseables, son responsabilidad propia de cada una. La configuración de gobiernos estables y con verdadero afán regeneracionista es, en cambio, una obligación moral.
Como ya señalé en un artículo anterior (PP, Vox y el futuro inevitable), PP y Vox se necesitan. Vox debe ser la palanca de cambio, la fuerza que obligue a los populares a cumplir con una agenda de cambio real y a no amedrentarse ante la presión mediática ni acomodarse en la mera gestión. El PP, a su vez, tendría que aportar capital humano solvente, experiencia de gobierno y un realismo que calibre bien los tiempos y las formas. Lo que muchos votantes reclamamos, en definitiva, no es otra cosa que tener la certeza de que existe un plan para el día después de Sánchez, un proyecto articulado y creíble y, sobre todo, la voluntad y la capacidad para construir esa alternativa conjunta en la que cada parte aporte lo que debe. En que PP y Vox demuestren que pueden hacerlo reside el futuro electoral de la derecha y, por tanto, el de España.