The Objective
Daniel Capó

La mala costumbre

«Para Sánchez, los argumentos morales se subordinan a la motivación política. Lo crucial es la clave electoral, que a su vez depende de activar resortes emocionales»

Opinión
La mala costumbre

Ilustración de Alejandra Svriz

Hay que reconocerle a Pedro Sánchez una cierta coherencia intelectual. Suicida, a veces; arriesgada, casi siempre. Toma posición antes que los demás y pivota sobre ella, mientras mide el efecto electoral de su jugada. En su escala de valores, el interés general se mide en décimas de voto, generalmente a favor. Conoce el pulso social, los instintos que movilizan a los votantes de izquierdas o que dividen a los de derechas. En un mundo extremadamente polarizado, el ciudadano vota más por un arrebato de último minuto que por una resolución sopesada en el tiempo. Hay algo de esa repulsa que se activa cuando llega el momento y que precisa, sin embargo, de un cultivo previo, de una tensión latente —más o menos continuada— capaz de crear un marco moral de decisión. No es muy distinto a lo que llevan décadas practicando los distintos nacionalismos.

Pensemos ahora en la guerra de Irán. España no ha enviado fragatas al estrecho de Ormuz, ha cerrado el espacio aéreo a los aviones estadounidenses y no ha participado en la coalición de 40 países que se reunieron la semana pasada para garantizar el libre tránsito marítimo. El PP habla ya de aislamiento y Washington amenaza con represalias comerciales, pero Sánchez no se mueve. Y, en este caso, tal vez tenga razón. El problema es el precio a pagar, que aún desconocemos exactamente su magnitud.

«Es probable que, en los próximos meses, cuando se diseñe la arquitectura de la seguridad europea, España no esté en la mesa»

El choque energético, desde luego, quizás escale en las próximas semanas hasta niveles no conocidos en las últimas décadas. O las dificultades en el transporte o incluso en el suministro de materias primas y productos manufacturados. Sin embargo, eso habría sucedido igual con el apoyo activo de España a Estados Unidos. Mucho más grave es el impacto político. Quiero decir que la apuesta española por la neutralidad estratégica tendrá un impacto sobre un mundo en conflicto, donde el orden y el peso de las partes se van a negociar de nuevo.

Es probable que, en los próximos meses, cuando se diseñe la arquitectura de la seguridad europea —ya sea dentro o fuera de la OTAN— o cuando se repartan los asientos en las coaliciones que van a sustituir a los mecanismos multilaterales ya en crisis desde hace unas décadas, España no esté en la mesa (como tampoco estuvo en la reunión de los cuarenta). O quizás sí y entonces el prestigio del país se disparará precisamente por haber pilotado el desmarque desde el primer momento. Esta es la posición que mantiene el exministro portugués de Asuntos Europeos Bruno Maçães, uno de los politólogos europeos más brillantes de nuestra generación. Su lectura parte del enorme fracaso intelectual de la administración Trump, puesto de manifiesto a medida que el soft power estadounidense va erosionándose de forma acelerada y que el resto de países toma nota de ello. ¿Sucede igual en las monarquías del golfo? ¿O en Europa? ¿O en las naciones asiáticas?

Sea de un modo u otro, lo interesante del caso español reside en la frivolidad. Para Sánchez, los argumentos morales se subordinan a la motivación política. Lo crucial es la clave electoral, que a su vez depende de la activación de unos resortes emocionales cultivados con esmero. Lo que no sabemos todavía es si el mundo exterior estará dispuesto a respetar el calendario electoral español. Pero podemos ser escépticos al respecto, porque la historia tiene la mala costumbre de no esperar.

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