¿Es Peter Thiel el hombre más odiado del mundo?
«El parón actual en lo tecnológico viene a corroborar la idea central de Thiel. Si estamos atascados se debe al creciente triunfo del Anticristo uniformizante»

Peter Thiel. | Mikel Aingeru (Flickr)
Reconozco que son justo los motivos por los que la gente suele detestar a Peter Thiel aquellos que me lo tornan más simpático.
Muchos le desprecian, por ejemplo, por ser un multimillonario de Silicon Valley. Haber fundado PayPal, haber invertido bien pronto en Facebook, Spotify o LinkedIn, unirse ahora a SpaceX, le han acarreado, cómo no, jugosas recompensas. Parece que el tipo sabe detectar cuáles son las necesidades de la gente y ponerse a satisfacerlas: lo que siempre se ha llamado ser un buen empresario, vaya.
Esto para muchos es feo. Pero a mí, qué le voy a hacer, me gusta que la gente cree riqueza. Lo cual sonará mal en un país como España, lo sé, donde hace 20 años que apenas aumentamos nuestra riqueza per cápita; donde hace 25 que no crece nuestro poder adquisitivo; donde todos los empresarios, incluida la frutera de mi barrio, se quejan de las trabas del Gobierno. Ahora bien, sospecho que el problema lo tenemos ahí los españoles. No Peter Thiel.
Hay otros que le repudian por sus apuestas políticas. Thiel respaldó en 2016 a Donald Trump, pero luego se desengañó de él; financió en buena parte la campaña para el Senado del ahora vicepresidente J.D. Vance, con quien sigue colaborando; ha visitado en varias ocasiones, en la Casa Rosada, al presidente Javier Milei. Estas idas y venidas han disgustado a los sectarios de todas las ramas de la derecha —que a los progres les haya repateado que una figura pública no los apoye a ellos va de suyo, así que no me detendré ahí—. Están molestos con Thiel los libertarios porque, a partir de 2015, dejó de optar por ellos; están molestos los trumpianos de observancia más estricta, pues tras el primer mandato de su líder, Thiel expresó cierta decepción; están molestos los fundamentalistas religiosos, pues Thiel es gay; están molestos los moderaditos liberal-conservadores, pues Thiel siempre ha dejado claro que el Partido Republicano debe alejarse de tales tibiezas.
A mí, sin embargo, este camino ajetreado de Thiel por el campo de la política me cae simpático, la verdad. ¿No son ajetreados todos los caminos interesantes? Él mismo ha reconocido, humilde, que su actitud tiene algo de «esquizofrénica». No obstante, un compatriota suyo, el pensador R.W. Emerson, habría sido algo más benévolo al juzgarlo: «La coherencia a toda costa es el fantasma de las mentes pequeñas» escribió, «y por eso la adoran solo estadistas, filósofos y teólogos de poca monta». (Entre paréntesis, añadamos que un servidor ya ha reconocido en este mismo periódico, aquí y aquí, sus propios cambios de ideas a lo largo de esta vida; parafraseando a Keynes, digamos que tiendo a modificar mis ideas cuando me doy cuenta de que me he equivocado. Y me preocupa la gente que encuentra rara tal cosa. Por eso me cae bien Thiel).
«Otros enemigos de Peter son aquellos a los que escandaliza que maneje, al explicarnos su visión del mundo, términos como ‘Anticristo’»
Por último, otros enemigos de Peter son aquellos a los que escandaliza que maneje, al explicarnos su visión del mundo, términos como «Anticristo» o como «Katejon»; que ose hablar de escatología y de la civilización cristiana; que cite con soltura a san Pablo o el libro de Job. De nuevo, era esperable que esto erizase los pelos de nuestros progresistas-ilustrados-cientificistas: «¡Un millonario hablando del Anticristo, he ahí la América profunda en todo su esplendor!». Pero lo cierto es que no menos ha alborotado a los «teólogos de poca monta» que, con Emerson, mencionábamos en el párrafo anterior.
De hecho, hace menos de un mes que el osado Thiel llegó incluso a viajar hasta Roma con el propósito de divulgar allí sus ideas. (Hay que aclarar que su seminario no lo acogió instalación alguna de la Santa Sede, sino el Palazzo Taverna; lugar, por cierto, donde se educaron hace cinco siglos los hijos del papa Alejandro VI: César y Lucrecia Borgia). La reacción del clero romano a esta visita no se hizo esperar. Y no fue muy hospitalaria que digamos.
Se han apresurado a criticar a Thiel desde el jesuita Antonio Spadaro —uno de los defensores más entusiastas del papa Francisco, al menos durante la vida de este— hasta el periódico de la Conferencia Episcopal Italiana, el Avvenire. Las universidades católicas también corrieron a aclarar que Thiel no disertaría en ninguna de sus aulas; el asesor papal en materia de IA, Paolo Benanti, expresó rápido también su reticencia. En suma, todo este bochinche vaticano recuerda lo que uno de los filósofos predilectos de Thiel, Carl Schmitt, escribió en su día acerca del laico que se atreviera a hablar de teología ante los clérigos: «Dentro del espacio de la burocracia célibe no tiene nada que decir […] salvo si dice sí y amén […]; y fuera de él lo tienen por un monaguillo […] que, si osa refutarles en algo, solo recibirá miradas de desprecio».
Pero, ¿cuáles son esas ideas de Thiel que generan esta panoplia de reacciones, desde curas romanos a libertarios del Medio Oeste; desde profesoras no binarias en universidades woke de Nueva Inglaterra a burócratas reguladores en Bruselas?
«Thiel se educó dentro del cristianismo y lleva décadas confesando que de ahí mana su visión del mundo»
Empecemos por donde siempre es bueno comenzar: por el cristianismo. Thiel se educó dentro de él; y lleva décadas confesando que de ahí mana su visión del mundo. Ahora bien, Thiel se ha dado cuenta de que bajo el sustantivo «cristiano» se pueden distinguir, en verdad, dos actitudes muy diferentes.
La primera es la del cristiano que se toma en serio la civilización en la que vive. Y quiere hacerla, dentro de sus fuerzas, lo más humana posible. (Lo cual, para un cristiano, significa lo más parecida posible a la imagen de Dios). Este cristiano acepta que la historia continúa, que el fin del mundo no es inminente, y que por tanto hay que construir un cobijo donde la vida sea tan digna como quepa: leyes que prohíban la crueldad —así como Constantino prohibió las crucifixiones o las muertes en el circo—, instituciones que nos protejan —hospitales, hospicios, pero también guardias y ejércitos—, catedrales que nos inspiren, políticos que gobiernen con rectitud.
En pocas palabras, para este cristiano no se trata de huir del mundo, sino de santificarlo. (Yesurún Moreno ha escrito un buen texto a este respecto aquí, donde cita en su apoyo a autores tan diferentes como Julien Freund o Josemaría Escrivá de Balaguer). Este cristiano no mirará las artes, la arquitectura, la filosofía, la ciencia, incluso el comercio o la política, con desprecio ninguno, al contrario: los contemplará con deseos de hacerlos, como él, cristianos. Pues la alternativa es que el caos se apodere de todo.
A este tipo de cristianismo Thiel lo llama —recurriendo a un término de san Pablo— el cristianismo del Katejon. Katejon es en griego «aquello que retiene», «el que detiene»: una fuerza que, según la segunda carta a los Tesalonicenses, impide que la historia se precipite hacia su consumación violenta. La palabra se ha puesto de moda de reciente (Schmitt hizo abundante uso de ella). Su significado es nítido: no habrá guerra de todos contra todos, ni fin del mundo mientras algún Katejon los frene: ya sea un Katejon menos bueno (el cruel Imperio romano del s. I), ya sea un Katejon más justo (como la obra de Constantino o de los gobernantes cristianos que desde él han puesto límites, siempre precarios e imperfectos, al caos).
«Para él, el Anticristo no es tanto una figura personal y malévola, sino más bien una dinámica»
Ahora bien, el cristianismo no es solo un proyecto civilizacional —y en eso tienen razón las insistencias de un Fabrice Hadjadj—. Pues, frente al cristianismo del Katejon, también existe el del Ésjaton (palabra de la que se deriva el español «escatológico»). Su ícono bien podría ser santa Teresa de Calcuta. Porque un cristiano «escatológico» no construye una civilización: se conforma con recoger a moribundos. No se lanza a reformar el orden político que produce la miseria de Calcuta: se pone a cuidar a sus víctimas. El cristiano del Ésjaton aplica su amor aquí y ahora, sin pensar en el mañana; pues algún día no habrá mañana. Su mensaje es que hay que amar sin cálculo; pues quien calcula a menudo acaba por dejar de amar.
Peter Thiel no elige entre estos dos polos del cristianismo. Su posición, incómoda para los que prefieren las ideas ordenaditas en un Excel, es que el cristianismo auténtico necesita la tensión entre Ésjaton y Katejon. Si, por mor de la coherencia, perdiésemos uno alguno de esos impulsos, en realidad obtendríamos un cristianismo deformado. Sin el Ésjaton teresiano, el Katejon pierde su dimensión crítica: no queda nadie que le recuerde al gobernante que su orden es provisional, que hay algo más allá de él; no hay nadie que le avise a una cultura de que nos cultiva para algo más allá de ella. Pero, a su vez, sin el Katejon constantiniano, la caridad no tiene dónde sostenerse: Teresa de Calcuta solo puede trabajar porque hay un orden político que prohíbe que la maten, o la secuestren como esclava, el primer día en que se ponga con ello. Una vieja máxima jesuita condensa bien este juego entre ambas facetas: «Ora como si todo dependiera de Dios (al modo de la madre Teresa); actúa como si todo dependiera de ti (al modo de Constantino; que, por cierto, es considerado santo entre los ortodoxos y coptos)».
Ahora bien, tras estas distinciones (bien útiles para muchos de nuestros debates sobre el «cristianismo cultural»), Thiel nos propone la parte más original de sus ideas. Para él, el Anticristo no es tanto una figura personal y malévola, sino más bien una dinámica —lamentamos con ello decepcionar a quien esperara ver en Thiel solo otro predicador americano, de mirada enloquecida, que anunciara por los campos de Alabama la tenebrosa llegada de Satán—. ¿A qué dinámica se refiere?
Para comprenderlo, hemos de referirnos antes, de modo sucinto, al gran maestro de Thiel en la Universidad de Stanford, uno de los grandes intelectuales de nuestra época: René Girard. El cual, por cierto, también es una figura de referencia para el vicepresidente J.D. Vance.
«Los humanos aprendemos a desear viendo lo que desean nuestros semejantes»
Lo que Girard nos explicó es que las sociedades humanas contienen siempre cantidades desorbitadas de agresividad interna. No puede ser de otro modo: los humanos aprendemos a desear viendo lo que desean nuestros semejantes. Y eso hace que casi todos acabemos deseando las mismas cosas: poder, prestigio, bienes, parejas sexuales… Como todos queremos lo mismo, pero no hay para todos, resulta inevitable la discordia entre unos y otros, discordia que con el tiempo solo puede crecer y crecer. Para Girard, eso explicaba los sacrificios humanos abundantes en tantas culturas: buscando un chivo expiatorio, y destruyéndolo entre todos, recuperamos la concordia: hemos matado al culpable de nuestras cuitas y, además, somos cómplices en tal crimen; resulta fácil, en tal caso, volver a llevarnos bien.
Ahora bien, de acuerdo con Girard, el cristianismo destrozó ese procedimiento «pacificador» del chivo expiatorio del modo más contundente posible. Cristo mismo fue la víctima de la masa en la que esta vertió toda su violencia; pero Cristo fue el más inocente de los hombres, con lo cual mostró la mentira que hay detrás de esa búsqueda de chivos expiatorios: no es la víctima la que justifica que la destrocemos, sino que somos nosotros, necesitados de volcar en alguien nuestras frustraciones, los que nos autojustificamos para algo así. O al menos podemos autojustificarnos… hasta que llega Cristo y demuestra que poco justo hay en un procedimiento similar.
Hoy, entonces, ya no podemos practicar sacrificios humanos; de hecho, tras dos mil años del mensaje cristiano, la violencia está cada vez peor vista en nuestras sociedades, por lo que debe camuflarse como nunca. ¿Significa eso que nos estamos volviendo más cristianos que nunca? Ni Girard ni Thiel son tan ingenuos para afirmar algo así. De hecho, es aquí donde Thiel nos avisa de que vivimos en una sociedad muy similar a lo que sería la cristiana… pero en realidad es anticristiana. Porque el Anticristo es siempre eso: una imitación que se parece a Cristo, pero con fines opuestos a él.
Dicho de otro modo: los occidentales vivimos en sociedades que parecen ser armoniosas, pero donde en realidad nuestros gobernantes últimos no buscan la armonía entre todas las diferentes almas que vivimos en ellas… sino homogeneizarnos a todos y así, al destruir las diferencias, lograr la artificiosa paz que da esa uniformidad. Es el proyecto del globalismo. Un mundo con un solo gobierno, una sola moneda, una sola cultura digital, una sola ideología común… es un mundo donde parece que ya se ha logrado el fin último de la humanidad, el Ésjaton feliz y melodioso. Es un mundo que parece el querido por Cristo. Pero, en realidad, es un mundo que solo ha logrado cierta paz a costa de destruir todo lo que nos hace humanos: pluralidad de naciones, de lenguas, de tradiciones, de ideas, de libertad para vivirlas… que el Katejon contenía para que no se convirtieran en mero enfrentamiento caótico. De hecho, ese Katejon ya no hace falta en el mundo globalizado del Anticristo: pues no hay nada exterior a él que genere ninguna fricción.
«Frente a un Anticristo tan falsamente armonizador, Thiel defiende pues el soberanismo»
Frente a un Anticristo tan falsamente armonizador, Thiel defiende pues el soberanismo. Las diferencias entre naciones que permitirán que en un lugar se prueben ideas, o tecnologías, sin tener que pasar todas antes por el (uniformizador) control de una sola burocracia —sea esta la de Bruselas, la de Washington o la de la ONU en Nueva York—. No en vano fue en la Europa divida en naciones (frente al mucho más poderoso, pero homologante, Imperio chino) donde se produjo la revolución científica, allá por los siglos XVI y XVII. Una Europa donde las ideas o el científico perseguidos u olvidados en un país podían hallar más fortuna en otro; mientras que en ningún rincón de China podía desarrollarse el intelecto que hubiese osado desafiar a los todopoderosos mandarines de allí.
Además —y aquí es donde se percibe al Thiel más tecnoptimista— justo esa tecnología que solo surge de la libertad y la diversidad puede servir de nuevo Katejon para nuestros días: de nuevo elemento civilizador. Frente a la agresividad de unos contra otros, frente a la lucha por unos escasos recursos, es justo la tecnociencia la que producirá abundancia; la que podrá extender las posibilidades humanas (medicina, energía, exploración espacial); y la que, así, postergará la violencia, nos dará más tiempo para vivir en una civilización humana, preservará el orden.
Cierto es que, en las últimas décadas, Occidente vive en un cierto estancamiento tecnológico —aparte de ciertos avances digitales, no mucho ha cambiado en nuestras vidas recientes; como asevera el viejo chiste de Silicon Valley, esperábamos coches que volaran para el siglo XXI, pero este solo nos trajo vídeos de gatitos por YouTube—. Ahora bien, justo ese parón actual en lo tecnológico-científico viene a corroborar la idea central de Thiel. Pues si estamos atascados se debe, precisamente, al inquietante y creciente triunfo del Anticristo uniformizante: burocracia, reglamentos, poder global, interferencia gubernamental asfixiante, redes sociales que nos invitan a compararnos e imitarnos los unos a los otros (en vez de ser originales o innovar)…
Con todo, es justo aquí donde hay que reconocer la mejor crítica que cabe hacerle a Peter Thiel: ¿no es su actual empresa Palantir, dedicada a la vigilancia mediante el uso de IA, un ejemplo de ese Anticristo que tanto denuesta? ¿No podría ser un control global que reprodujera de modo exacto esa dinámica que parece darnos armonía, pero en realidad solo parece dárnosla?
Thiel reconoce lo legítimo de tales preguntas. Ahora bien, si nos fijamos, solo reflejan una contradicción que ya hemos insinuado: el Katejon, al frenar al Anticristo, a menudo ha de usar herramientas similares a las suyas. Cuando Constantino prohibió los juegos circenses, hubo de usar para implantar tal norma cierta violencia (la de sus tropas), violencia que se puede asemejar a la que se derrochaba tales juegos (por los gladiadores). Cuando una ley justa prohíbe el secuestro, ha de castigar luego (con otro tipo de detención, en este caso la carcelaria) a los que cometan ese delito. El Katejon, ya lo hemos dicho, no es la amorosa madre Teresa de Calcuta. Debe recurrir (ha debido recurrir) a la fuerza, a la policía, a los tribunales, a construir cárceles y mantener ejércitos. Así funciona la civilización. Pero nadie equipararía (ni siquiera la santa de Calcuta) esos métodos con los de los criminales a los que pretende frenar. Otro tanto nos pide Thiel que hagamos hoy día con los métodos con que propone frenar al Anticristo. Y nos pide, además, que lo hagamos rápido: no queda demasiado tiempo para escrupulosos debates de nuestro lado, mientras que al otro tenemos a un Leviatán cada vez más poderoso. El Leviatán, ya saben: esa figura que aparece en el libro de Job y los cristianos han identificado, a menudo, con el Anticristo también. Pero que hoy gusta a los burócratas de todo tipo; eclesiales también.