The Objective
Paulino Guerra

¡Qué solos se quedan los muertos!

«ETA no dejó las armas porque llegara a la convicción moral de que matar era malo, sino porque estaba derrotada, con sus comandos en la cárcel y Batasuna ilegalizada»

Opinión
¡Qué solos se quedan los muertos!

Ilustración generada mediante IA.

España siempre está en deuda con alguien. A todos les debemos algo. A los países de Hispanoamérica, a Marruecos… También al País Vasco y Cataluña. Es como si el delirante verso de Jaime Gil de Biedma, resaltando que España tiene «la más triste de todas las historias de la Historia», fuera un axioma irrebatible del que se sirven todos sus adversarios para chantajearla.

Además, se trata de deudas permanentes, eternas e inextinguibles. Unas veces el débito que se reclama es la soberanía de Ceuta y Melilla, otras la exigencia de disculpas al Rey por la conquista de América o una financiación «singular» para Cataluña para compensar lo que «España les roba». Ahora, la última exigencia de Imanol Pradales Gil, el lehendakari abertzale de los 16 apellidos castellanos, es que se traslade temporalmente el Guernica de Pablo Picasso al Museo Guggenheim de Bilbao, «como reparación simbólica y política al pueblo vasco».

Es una demanda que nos retrotrae a esa alucinógena interpretación de la Guerra Civil, no como un conflicto entre españoles, sino como una cruzada de estos contra los quiméricos derechos históricos de vascos y catalanes. De ahí que el bombardeo de Guernica no sea para ellos otra más de las muchas masacres de la guerra, sino una deuda del Estado español con la nación vasca, que 90 años después aún está pendiente de reparación.

Pero si hubiera que hacer cuentas y se aceptase ese mismo rasero para juzgar el pasado y el presente del nacionalismo vasco, quizás debería ser el «gobiernito vasco» —según la terminología de Manuel Azaña— el que se tuviera que disculpar con el resto de los españoles. Durante la propia Guerra Civil traicionaron a la República en el conocido como Pacto de Santoña, y después de su costilla aranista nació ETA, esa fecunda cantera de criminales que siguió matando más allá del franquismo durante los primeros 34 años de la democracia.

Fue la época de los «años de plomo», pero también del «árbol y las nueces», aquella desvergonzada parábola del padre Arzalluz en la que las familias del nacionalismo se repartían los papeles: unos (ETA) meneaban las ramas secuestrando y disparando en la nuca, mientras que los otros recogían los frutos. Ni los «hunos», ni los «hotros» se han disculpado todavía por aquello. 

«Ahora el ‘lehendakari’ Pradales pide una ‘reparación simbólica’ por un bombardeo de hace 90 años perpetrado por un régimen que ya no existe»

Sin embargo, ahora el lehendakari Pradales pide una «reparación simbólica» por un bombardeo de hace 90 años perpetrado por un régimen que ya no existe. Y lo hace en los mismos días en los que los generales y las generalas etarras, primero Mikel Garikoitz «Txeroki» y después Soledad Iparraguirre «Amboto», salen de prisión sin haber pedido perdón por los crímenes que cometieron en nombre del pueblo vasco. 

Paso a paso se ha ido cumpliendo la maldición de Pilar Ruiz Albisu, la madre de los Pagazaurtundúa. Aquel «Patxi, harás y dirás cosas que nos helarán la sangre» sirve como guía de la amoralidad de los últimos ocho años del patxisanchismo. Primero acercaron a todos los presos etarras al País Vasco y Navarra y después le entregaron las llaves de las cárceles al Gobierno vasco, que era como dejarlas en manos de los propios encarcelados.

Y finalmente pusieron a una consejera socialista al frente del departamento encargado de expedir certificados de buena conducta para que los criminales salgan a la calle antes de agotar el tiempo máximo del cumplimiento de sus condenas. 

El próximo mes de octubre se cumplen 15 años del anuncio de ETA del fin de la «lucha armada». No fue una renuncia unilateral ni una apuesta por la paz. La banda terrorista no dejó las armas porque llegara a la convicción moral de que matar era malo, sino porque estaba derrotada, con sus comandos en la cárcel y Batasuna ilegalizada. Pero todo ese patrimonio político y moral, esa victoria de la democracia sobre el terrorismo y el nacionalismo, lo ha dilapidado Pedro Sánchez y su cohorte de Patxis y Cerdanes en tan solo ocho años. 

«No solo han sido admitidos en ese exquisito club del ‘lado bueno de la historia’, sino que se les deja intervenir en la propia historia»

Los sucesores de aquella banda terrorista derrotada policialmente son ahora sus socios y uno de los puntales del llamado Gobierno «progresista». El presidente incluso les recibe del Palacio de la Moncloa y les da el pésame cuando uno de sus gudaris se suicida en la cárcel. No solo han sido admitidos en ese exquisito club del «lado bueno de la historia», sino que se les deja intervenir en la propia historia, acordando con ellos hasta la Ley de Memoria Democrática.

Sin embargo, sentar a los herederos de los criminales a la mesa de la gente decente siempre tiene consecuencias. Una sociedad cimentada en el relativismo moral y la banalización del crimen es un cuerpo enfermo, inane. ¿Con qué legitimidad se puede alzar la voz contra la plaga de la extrema derecha y la antipolítica si le debes el poder a los herederos del crimen y del golpismo?

Pero también tiene graves consecuencias políticas. Porque toda esa desmemoria y blanqueo han convertido a Bildu en un serio aspirante a ganar las próximas elecciones vascas y a seguir creciendo en Navarra. Lo peor, sin embargo, es siempre el desprecio hacia los familiares de las víctimas, a los que se trata como a un grupo de resentidos. En otros pagos, a los caídos en defensa de la patria se les da tratamiento de héroes. Aquí se pacta con sus asesinos. Siempre se acaba cumpliendo el triste desconsuelo de la desgarradora rima de Bécquer: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!»

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