The Objective
Francesc de Carreras

El triunfo del cuarto poder

«Comienza la hora de la verdad y esta verdad llegará. Será el triunfo del cuarto poder, de la opinión pública, de la democracia»

Opinión
El triunfo del cuarto poder

Ilustración creada con inteligencia artificial.

El sistema político, a pesar de todo y como tal sistema, funciona bien. Estos días se demuestra que los miembros del Gobierno están perfectamente controlados. No en el Congreso, por supuesto, en el que una abigarrada y contradictoria mayoría gobierna de forma penosa por zigzagueante. Con razón se ha distinguido entre «estar en el Gobierno» y «gobernar». El PSOE está en el Gobierno, pero no gobierna: va de un lado a otro de forma atropellada para sacar de vez en cuando algún acuerdo con sus poco leales socios que justifique no disolver las cámaras.

Todo ello es negativo, es una forma pésima de funcionamiento, es ineficacia que sólo conduce a una situación lamentable. Lo pagaremos caro. Pero algunos poderes limpios han funcionado perfectamente. Dentro de los que están en el interior del Estado, han funcionado la Guardia Civil al actuar como policía judicial y los jueces y tribunales, en especial el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional. También, por supuesto, el Rey, un referente que de vez en cuando, con palabras escuetas o con gestos severos, nos advierte de que por encima de todo el sistema está la Constitución.

Y, por último, a ello queremos dedicar este artículo: está funcionando lo que antes denominábamos prensa y hoy medios de comunicación. No está situado en el interior del Estado, pero también es un poder, un poder social, un poder de control, como el judicial, pero con un carácter distinto, no sólo de control jurídico, sino también de control político y, además, un poder en sí mismo encargado de algo tan importante como es formar a la opinión pública, elemento esencial de toda democracia. Es el cuarto poder. Veamos.

Los primeros liberales, los enciclopedistas franceses del siglo XVIII y, aún antes, británicos como John Milton y John Locke en el siglo anterior, situaron en lugar destacado a la libertad de expresión con preferencia a otros muchos derechos fundamentales: sin libertad de expresión no había gobierno del pueblo, sólo había despotismo. Y ello era cierto y sigue siéndolo.

Ya a mediados del siglo XIX, y revisando la Revolución Francesa a la luz de la democracia en Estados Unidos, fue Alexis de Tocqueville quien detectó que la libertad de expresión, además de dar satisfacción a un derecho individual, contribuía poderosamente a un poder esencial del que no se había preocupado Montesquieu: la opinión pública. Permítanme reproducir un largo texto de Tocqueville, extraído del capítulo VII de la cuarta y última parte de su famoso libro La democracia en América, que explica perfectamente esta idea de la opinión pública como poder.

«En nuestros días, un ciudadano oprimido no tiene más que un medio de defenderse, que consiste en dirigirse a la nación entera y, si es sorda, al género humano. Solamente hay un medio de hacerlo: la prensa. Así, la libertad de prensa es infinitamente más preciosa en las naciones democráticas que en todas las demás, ella sola cura la mayor parte de los males que puede producir la igualdad. La igualdad aísla y debilita a los hombres, pero la prensa pone al lado de cada uno de ellos un arma muy poderosa, de la que puede hacer uso el más débil y más aislado. La igualdad quita a cada individuo el apoyo de sus allegados, pero la prensa le permite apelar a la ayuda de todos sus conciudadanos y todos sus semejantes. La imprenta ha apresurado el progreso de la igualdad y es uno de sus mejores correctivos. Pienso que, en rigor, los hombres que viven en las aristocracias pueden prescindir de la libertad de prensa, pero los que habitan las regiones democráticas no pueden hacerlo. Para garantizar la independencia personal de estos, no me fío de las grandes asambleas políticas, las prerrogativas parlamentarias o la proclamación de la soberanía del pueblo. Todas estas cosas se concilian, hasta cierto punto, con la servidumbre individual, pero esta servidumbre no puede ser completa si la prensa es libre. La prensa es, por excelencia, el instrumento democrático de la libertad».

Así pues, según Tocqueville, cuando fallan las asambleas y el ejecutivo, la democracia está amparada por la prensa, «el instrumento democrático de la libertad». El martes de esta semana empezó el juicio por diversos delitos de corrupción, el llamado caso mascarillas, en el que está encausado, entre otros varios, el antiguo ministro de Transportes y secretario de organización del PSOE, José Luis Ábalos. A este juicio le seguirán otros de mucha mayor enjundia económica, en especial los ligados a Venezuela. Es el comienzo de un recorrido previsible.

De momento, todo lo que afirman los testigos ya ha aparecido en la prensa, sobre todo en este periódico; también algunos lo han ocultado cuidadosamente a sus lectores, una mala práctica, naturalmente. Pero en conjunto puede decirse que los ciudadanos estarán suficientemente informados de todos los asuntos que afectan a la corrupción y no sólo la de este Gobierno. Así se reafirma la prensa como poder: cuando votemos, tendremos los suficientes elementos de juicio para elegir según nuestros criterios políticos y, en estos casos, también morales.

Pronto hará dos años que el actual presidente del Gobierno, tras la payasada de encerrarse cinco días suspendiendo su agenda oficial, prometió algo muy grave: controlar a la prensa y a los jueces. Es decir, controlar a los controladores. Habló de bulos y otras cosas, aunque más parece que los bulos los ha dicho él.

Pero el sistema ha aguantado, los controles han funcionado, se ha resistido a los embates del ejecutivo, del legislativo y de otros poderes. Comienza la hora de la verdad y esta verdad llegará. Será el triunfo del cuarto poder, de la opinión pública, de la democracia.

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