Ábalos en góndola
«José Luis Ábalos no es un paracaidista que aterrizó en el campo de batalla, era un general al que Sánchez puso ahí para que hiciera lo que hizo»

Ilustración generada mediante IA.
Sería divertido si no fuera con tu dinero. Sería romántico si no fuera prostitución. Sería un escándalo si no fuera socialista. Me dijo una amiga, cuando THE OBJECTIVE empezó a publicar exclusivas sobre Jésica Rodríguez y Claudia Montes, que José Luis Ábalos era un hombre en busca de amor. Que más allá de su imagen, de su caprulismo, de sus siestas matutinas y el perentorio pacharán, había un hombre inteligente que se sentía solo. Y que llenaba ese terrible hueco con exceso y afectos fugaces.
Me revolví con su comentario. Me costaba encontrar romanticismo entre el olor a tabaco rubio, los harapillos y los cubalibres. Entre las barras pegajosas y el ibuprofeno. Para mí, lo de Ábalos es sólo un poder ejercido con ferocidad. Poder sobre sus subordinados, sobre sus negocios, sobre las mujeres, sobre sus compañeros de partido. Un poder ejercido de forma caprichosa y despótica, cargado de resentimiento y libertinaje, ajeno al futuro y emborrachado de presente. Demasiadas mujeres, como cantaba C. Tangana, como para pensar en un oasis emocional en mitad de su desierto de desórdenes.
Las mujeres eran herramientas, como lo eran los empresarios, las siglas que defendía, los compañeros de partido y el propio presidente de Gobierno, al que le diría los mismos piropos que les decía a las prostitutas que contrataba. Para llegar alto, hay que halagar sin pudor. Porque para Ábalos, todo era poder, dinero y sumisión. Y un gato como excusa para no abandonar un piso de 2.700 euros al mes.
Mientras tus vecinos te increpaban por estirar las piernas en la azotea en plena pandemia, mientras los negocios perdían toda actividad, mientras que a tus hijos los recibían en el colegio como a extraterrestres, con mascarillas y EPI, Ábalos iba de acá para allá, oliendo dinero en el dolor de los demás. Orgías, mordidas y mensajes de apoyo de otras ministras y ministros. «Eres recto y decente», le escribió Óscar Puente a José Luis Ábalos, resumiendo el sanchismo en un puñado de palabras.
Cada viernes, cuando publico mi columna, me reciben unos pocos usuarios de X acusándome de haberme vendido al poder. No les gusta que critique a Pedro Sánchez. Me recuerdan mi pasado de militancia. Si no tuvieran perfiles anónimos, me gustaría hablar con ellos y explicarles que yo no me he movido. Que lo que se ha movido es el PSOE. Que ha ocupado un espacio húmedo y oscurísimo. Que Ábalos no es causa, sino consecuencia. Que Sánchez necesitaba hombres rudos y sin escrúpulos para que le controlaran el partido tras su victoria frente a Susana Díaz, y que este es el precio de su trabajo. De su labor de pucherazos, coacciones políticas, negociaciones para una moción de censura y todo lo que vino después.
«El juicio de Ábalos es, en realidad, un juicio al sanchismo. Desligarlo es un acto de generosidad, casi un regalo»
José Luis Ábalos no es un paracaidista que aterrizó en el campo de batalla, sino un general al que Sánchez puso ahí para que hiciera lo que hizo. Y ese poder, como el traje de Venom, le arrastró hacia las cloacas de la historia democrática de nuestro país. Si no se puede criticar esto, es que no se puede criticar nada. Y si Sánchez no tiene responsabilidad, habría que resignificar esa vieja palabra.
Ábalos se ríe en el juicio. Va a pasar muchos años en la cárcel. Pero se ríe. Y su abogado le pregunta a Jésica si era prostituta, porque Ábalos cree que a las prostitutas no hay que tomárselas en serio. Pasearon en una góndola, porque la corrupción debe ser hortera. Y recorrieron el mundo juntos. La otra novia al menos iba a la biblioteca. A leer libros sobre trenes.
Óscar Puente hizo una auditoría y dijo que nada, que todo estaba correcto en el Ministerio de Transportes. Que siguiéramos circulando. Todo lo que publicó esta cabecera negra y amarilla, que hoy me da cobijo, se ha confirmado. THE OBJECTIVE siguió el rastro correcto. Lo estamos viendo en el juicio. Puente llamó decente a Ábalos y luego llamó indecente al director de este medio. La vida es un camino largo, pero estrechito; por eso es fácil encontrarse en el trayecto.
El juicio de Ábalos es, en realidad, un juicio al sanchismo. Desligarlo es un acto de generosidad, casi un regalo. Gatos y libros de trenes, piscinas infinitas y risas cómplices en el Supremo, iPhones de oro rosa, tatuajes en el tobillo y tacones con correa. Mientras España prepara su borrador de la renta y los autónomos presentan, disciplinadamente, su trimestral. Mientras la Guardia Civil en una diligencia dice que la vía de Adamuz llevaba un día rota, pero que Adif no tenía un sistema de detección que funcionase. Mientras AENA premia con un millón de euros a una escritora y los chavales se gastan su bono cultural en ponerse como piojos. España siempre fue un país de madrugones y polígonos. Pero esto es otra cosa. Y sería divertido, todo esto sería divertido, si no fuera tuyo el dinero que usaron para grabar esta sórdida película.