The Objective
Ignacio Vidal-Folch

La elegancia de dimitir

«El tópico denigrante según el cual aquí no dimite nadie no se corresponde con la verdad. En España sí se dimite, a veces, y se dimite bien»

Opinión
La elegancia de dimitir

Ilustración generada mediante IA.

Hay un tópico, muy socorrido en tertulias y conversaciones de bar, según el cual en España no dimite nadie. ¡Todo el mundo se aferra al cargo, a la mamandurria, desesperadamente! Así se difunde la impresión de que el servicio público es siempre bajamente interesado, como en los personajes trepas de Galdós. Este tópico contribuye al descrédito de la política.

Sucede, sin embargo, que no corresponde a la verdad.

De vez en cuando dimite alguien. De vez en cuando, alguien renuncia. Recordemos algunos casos:

La lectura de Reconciliación (sí, lo he leído, aunque escribí aquí que era innecesario), las memorias, estupendas, de Juan Carlos I, que el Parlamento francés premia mañana como mejor libro político del año, me ha recordado el caso del «arquitecto de la Transición», Torcuato Fernández-Miranda, el que orquestó para el Rey el paso incruento del franquismo a la democracia yendo «de la ley a la ley, pasando por la ley».

Seguramente este don Torcuato debió de ser un hombre con grandes conocimientos jurídicos y del personal con el que tenía que lidiar, y estaría dotado de una inteligencia y discreción dignas de Maquiavelo. En 1977, considerando que ya había hecho lo que tenía que hacer, renunció a la presidencia de las Cortes y del Consejo del Reino, que entonces era una institución muy importante, y se fue a casa.

«Suárez dimitió por televisión con un discurso un tanto enigmático, con sobreentendidos indescifrables»

El otro «arquitecto», el arquitecto ejecutivo de la Transición, Adolfo Suárez, también dimitió, y nada menos que del cargo de presidente del Gobierno, ciertamente porque en 1981 estaba mentalmente exhausto, se sentía acosado, y quizá lo hizo pensando que al arrojar la toalla conjuraba la probabilidad de un golpe de Estado, que, no obstante, también se produjo, o se intentó: el 23-F. Suárez dimitió por televisión con un discurso un tanto enigmático, con sobreentendidos indescifrables, y se largó de vacaciones a la otra punta del mundo, sin dejar a su sucesor un número de teléfono donde contactarle en caso de urgencia.

Años más tarde, en el 2004, José María Aznar no es que literalmente dimitiera, pero había prometido que no permanecería en el cargo de presidente del Gobierno más allá de dos legislaturas. Le parecía a Aznar que eternizarse en el cargo no era sano para la nación, y quizá tampoco para él mismo. No se presentó a la reelección. Cumplió lo prometido.

El mismo rey Juan Carlos, acosado por unos escándalos que a mí me parecen de chichinabo, si acaso una falta de delicadeza, pero a otros les parecen gravísimos, abdicó en el 2014, sin que nadie le obligase realmente a hacerlo, pero considerando que era lo mejor que podía hacer por la institución en cuya restauración y asentamiento había trabajado tanto.

Recuerdo también al ministro de Trabajo Manuel Pimentel, que dimitió en el año 2000, asumiendo la responsabilidad tras descubrirse algún chanchullo de un director general al que había nombrado. Anunció su «decisión irrevocable» a la prensa antes que al mismo presidente (que era Aznar). Se recicló en editor, un editor fino. Nunca más se le oyó hablar de política.

«Dimitir de un cargo es algo que depara unos momentos de exaltación vertiginosa»

Simpatizo con ese Pimentel. No así con Pablo Iglesias, que me disgusta por varios motivos, pero al que guardo respeto porque dimitió no una, sino dos veces: primero, en marzo del 2021, como vicepresidente del Gobierno, para presentarse a las elecciones a la presidencia de la Comunidad de Madrid como candidato de Podemos, un cargo objetivamente inferior. Y luego, tras perder las elecciones, renunció a su acta de diputado regional. Se fue a hacer otras cosas.

No incluyo en esta lista somera e improvisada al reguero de cargos públicos que en los últimos tiempos han dimitido obligados, forzados por denuncias, falsas o ciertas, de acoso sexual o de corrupción, que no tienen mayor mérito porque no les quedaba otra. Seguro que me olvido de otros dimisionarios por probidad o por cansancio. Me limito a constatar que, contra el tópico denigrante, en España sí se dimite, a veces, y se dimite bien. Loor a los dimisionarios.

Dimitir de un cargo, por lo poco que sé, es algo que depara unos momentos de exaltación vertiginosa. Se siente uno liberado. Ha roto cadenas, obligaciones, rutinas. Ve el porvenir abierto y por delante, extendido para que lo explore.

Luego, inevitablemente, constata que no por haber dimitido la vida es por fuerza más divertida. Pero en fin, loor a los dimisionarios.   

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