The Objective
Javier Benegas

El rastro chino en la prensa occidental

«Los medios no reciben órdenes directas, reciben incentivos para que se ajusten por sí mismos a la narrativa china, desarrollen una sensibilidad especial hacia Pekín»

Opinión
El rastro chino en la prensa occidental

Ilustración de Alejandra Svriz

La diplomacia china no solo aplaude el ‘no a la guerra’ de Pedro Sánchez, sino que lo ha elevado a la categoría de «héroe de Europa». No es cortesía diplomática ni simple hipérbole. Es una señal política emitida con toda intención. Lo relevante no es el elogio; al fin y al cabo, toda potencia adula a quien le favorece. La clave está en la coincidencia con el retrato que, casi simultáneamente, la prensa occidental ha estado pintando del personaje. La revista TIME ha subrayado la firmeza de Sánchez frente a Donald Trump por su negativa a colaborar en la guerra de Irán; por su parte, The Wall Street Journal lo ha presentado como el referente de Europa en la oposición a Washington. No son los únicos.

Esto no prueba que exista connivencia entre el sorprendente lavado de imagen internacional de nuestro inefable presidente, pero sí dibuja un patrón que debería despertar nuestra suspicacia.

En democracia, la información no es un bien prescindible, sino la materia prima de los juicios políticos y las filias colectivas. Alterar la naturaleza de ese material es un método mucho más sutil, y por tanto más eficaz, que imponer conclusiones: permite orientar el juicio del público desde su origen sin que se percate de que está siendo dirigido.

No son meras insinuaciones. Hay hechos. La actitud de muchos medios internacionales en todo lo relacionado con la guerra de Irán es la punta del iceberg de una correosa confluencia de intereses. No hay espías ni burdas operaciones de injerencia. Hay, sobre todo, negocio. Un negocio del que China lleva tiempo obteniendo importantes réditos políticos.

Durante años, algunos de los medios más influyentes han mantenido relaciones económicas con el ecosistema mediático del Estado chino. The Wall Street Journal recibió en torno a seis millones de dólares por publicar suplementos como China Watch, elaborados por China Daily, el diario en inglés del Partido Comunista Chino cuya función es proyectar en el exterior una narrativa siempre favorable a los intereses de Pekín. The Washington Post superó los 4,6 millones de dólares en acuerdos parecidos; TIME ingresó 700.000 dólares en un corto espacio de tiempo por lo mismo; Financial Times también figura en la lista; y The New York Times lo estuvo hasta 2020. Este quid pro quo combina eficacia y discreción: suplementos con tipografía y maquetación idénticos al medio, identificados de forma ambigua. El público no es consciente de que está leyendo propaganda; cree que es contenido editorial. No se trata de una anomalía, sino de un modelo consolidado.

«El objetivo de esta elaborada propaganda no es decirle al lector qué debe pensar, sino fijar su perspectiva»

La influencia no se limita a los publirreportajes presentados como información. The Economist, por ejemplo, favorece la narrativa de Pekín de forma más sofisticada y menos detectable. Ni suplementos ni inserciones: actúa directamente sobre el marco interpretativo del lector. Una portada reciente, en la que parafraseaba a Napoleón Bonaparte —«Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error»—, presentaba la guerra de Irán como una gravísima equivocación de Estados Unidos. La pieza en cuestión recababa la opinión de diplomáticos, asesores, académicos y funcionarios, todos exclusivamente chinos… todos anónimos. El resultado: un «reportaje» unánime. Algo perfectamente previsible cuando recabas la opinión de una dictadura de partido único. Lo grave es que esa opinión se ofrece al lector como análisis. Parafraseando a Groucho Marx: «Estos son mis principios, pero si China paga, tengo estos otros».

El objetivo de esta elaborada propaganda no es decirle al lector qué debe pensar, sino fijar su perspectiva. Delimitar el marco dentro del cual unas posiciones resultan sensatas y otras, imprudentes o peligrosas.

La delicada situación económica del periodismo facilita mucho esta estrategia. La prensa occidental lleva tiempo en crisis, reduciendo plantillas y estructuras, sin acertar a rentabilizar lo suficiente la publicidad digital y el modelo de suscripciones online. En consecuencia, cada fuente de financiación alternativa se convierte en una tentación irresistible para obtener nuevos ingresos, el aire que el medio necesita para respirar. Pero también aumenta la capacidad de condicionamiento.

España no es una excepción. Es la sublimación de este fenómeno. Lo que en otros lugares aparece diluido o fragmentado, aquí se puede observar con mayor claridad.

Cabeceras como El País, El Mundo o ABC han publicado de forma recurrente suplementos como China Watch o China Hoy, integrados en su oferta editorial como un contenido más. Estas piezas, financiadas por entidades vinculadas al Estado chino, replican la estética y el tono del medio para abordar cuestiones sensibles —Tíbet, Xinjiang o el Indo-Pacífico— desde la narrativa oficial de Pekín. Formalmente, la distinción entre información y promoción se mantiene. En la práctica, se diluye.

Sin embargo, la dimensión más delicada no se encuentra en estas piezas visibles que jalonan los diarios españoles, sino en el lugar donde la información comienza a configurarse.

Xinhua, la agencia oficial de la República Popular bajo control directo del Partido Comunista, mantiene acuerdos de colaboración con las agencias EFE y Europa Press que incluyen intercambio de contenidos y programas de formación. Esto último, la formación, resulta especialmente relevante porque no se limita a transmitir habilidades profesionales; conlleva la interiorización de criterios editoriales, jerarquías y formas de encuadrar la realidad. Es el milagro de la multiplicación de los panes, los peces… y las notas de prensa: Xinhua lanza un susurro en Pekín y, gracias a la «formación», EFE lo convierte en un coro celestial en Madrid.

Las agencias ocupan una posición clave en la cadena informativa. En ellas se origina una parte nada desdeñable del material que posteriormente alimenta redacciones, emisoras de radio y televisiones. Cuando las agencias de noticias son condicionadas, se provoca una reacción en cadena. La información no llega necesariamente alterada, pero sí filtrada, seleccionada y orientada a infinidad de medios. Y estos, a su vez, la diseminan con diferentes voces en sus páginas web y cuentas de redes sociales, creando en el público la ilusión de una espontánea unanimidad que empuja el disenso hacia los márgenes.

Pero los incentivos no se acaban ahí; se multiplican por otras vías. Empresas como Huawei o Xiaomi figuran entre los principales anunciantes del ecosistema mediático español, mientras plataformas como AliExpress, Temu o Shein han incrementado de forma más que notable su inversión en el entorno digital. En un mercado cada vez más debilitado como el español, el peso de estos anunciantes se vuelve determinante.

No se trata simplemente del volumen económico, sino de su naturaleza. En las economías occidentales, la proyección exterior de las empresas proporciona influencia de forma indirecta. El caso de Apple frente al FBI, cuando se negó a facilitar el acceso a datos, evidencia las diferencias del modelo occidental. Ante la presión política, en Occidente es posible resistirse. ¿Podemos imaginar a Huawei resistiéndose a los requerimientos del Partido Comunista de China (PCCh)? 

China establece una relación muy distinta. El PCCh no considera a sus grandes compañías actores autónomos, sino activos vinculados a los intereses del Estado. Esa subordinación no es informal. Viene determinada por el marco legal y político del país. Esta es la diferencia crítica: en Occidente, la influencia emerge; en China, se instrumentaliza.

Para el PCCh, nada, incluida la inversión publicitaria, es un mero intercambio comercial. Todo es parte de un entramado donde lo económico y lo político están perfectamente alineados. No hacen falta órdenes específicas. El propio modelo reduce ambos planos a uno: la proyección de poder.

«Todo adopta un aspecto puramente comercial. No estamos ante una forma de injerencia convencional»

Esta forma de injerencia no puede denunciarse; técnicamente no hay delito, no hay «traición»; todo adopta un aspecto puramente comercial, de cooperación e intercambio. No estamos ante una forma de injerencia convencional. Los medios no reciben órdenes directas, reciben incentivos para que se ajusten por sí mismos a la narrativa china, desarrollen una sensibilidad especial hacia Pekín y creen un determinado marco mental. No le dicen al lector qué debe pensar de una intervención en Irán que es contraria a los intereses de China: delimitan ese pensamiento.

Llegados a este punto, la coincidencia entre el «héroe de Europa» ensalzado por Pekín y el líder que «se enfrenta a Trump» descrito por la prensa occidental ya no parece casual. Tampoco inocente. Apunta algo más profundo: la convergencia entre intereses económicos y la construcción del relato en un entorno donde la influencia ya no se impone, sino que fluye con aparente normalidad.

Decía George Orwell que periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. A la luz de los hechos y los datos, parece que el nuevo periodismo consiste en publicar exactamente lo que Pekín quiere y está dispuesto a financiar.

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