The Objective
Jorge Vilches

La cantinela del PP centrista

«Aplicar la tibieza en las palabras y en las intenciones, y sublimar la equidistancia no sirven frente a un adversario que recurre a las emociones y al populismo»

Opinión
La cantinela del PP centrista

Ilustración de Alejandra Svriz.

Eso de que el PP vuelva al «centro» en tiempos de polarización política para defender con honor y dignidad nuestra maltrecha democracia me suena a aquellos elogios a la caballería polaca cuando los blindados alemanes ya habían cruzado la frontera. Queda muy bonito, pero está desfasado y te arrasan. Lo ajusto a la política de hoy: aplicar la tibieza en las palabras y en las intenciones, y sublimar las medias tintas y la equidistancia no sirven frente a un adversario que recurre a las emociones y al populismo

Quienes defienden esa vuelta significan el «centro» como un repudio a los rupturistas. Ese bloque lo forman, a su entender, el PSOE, la extrema izquierda, los nacionalistas y Vox. En esta afirmación no sé si se dan cuenta de que hablan de rechazar a la inmensa mayoría de los españoles. Apartar sistemáticamente a todos ellos —siete de cada diez ciudadanos— para defender la Constitución de España es una evidente contradicción. La ley está para servir a los españoles, no al revés. 

Por otro lado, no sé si es conveniente que un solo partido se identifique con una Constitución y se apropie de ella. La historia nos dice que es la antesala del cambio de régimen porque la política es un campo de batalla infinito, en el que cada cuestión es una trinchera. Si el PP se dice único defensor de la Constitución frente a los rupturistas, incluido Vox, muy pronto vincularán al Rey, a las Cortes y a cualquier tribunal con los populares, y eso es un flaco favor a las instituciones del Estado. El respeto a la Constitución se presupone como el valor del soldado en la guerra, no hace falta poner el logotipo del partido junto a la Constitución. 

El asunto puede tomarse por otro lado. Si «centro» significa «reformismo», parece evidente que esa vía ya la agotó Mariano Rajoy con su mayoría absoluta. Se llamó «tecnocracia» y estatismo. Esta forma de hacer política desatendió las cuestiones identitarias, emocionales e ideológicas en beneficio de los adversarios. Su atención al centrismo hizo creer, por ejemplo, que al PNV se le podía comprar aunque el PSOE le ofreciera más. De ahí la moción de censura del verano de 2018. Es más: su tecnocracia alimentó primero el populismo de izquierdas, con Podemos, y luego el de derechas, con Vox, y siempre el de los nacionalistas. El PP se bajó del liberalismo conservador, de la batalla cultural a cara de perro, habló de centrismo, y el resto de partidos salió ganando. 

No hay que olvidar que durante esos años «centristas» de Rajoy se desaprovechó la protesta del 15-M contra el sistema que arrastró al PSOE de Zapatero. Se optó por la moderación y el constitucionalismo ramplón, por un programa reformista, no derogatorio de la política del Ejecutivo anterior —como la memoria histórica y la voracidad fiscal—, y aquello acabó con la debacle del PP. 

«En tiempos de atentados al Estado de derecho, de gobierno con tendencia autoritaria, el votante quiere un defensor, no un mediador»

Si el centro no funciona como reformismo tecnocrático es porque no seduce, y la política es seducción. Para seducir hay que ganarse antes la atención del elector. Esto requiere contundencia retórica cuando el adversario lo merece y tener propuestas impactantes. Si el centro es el bono cultural para los jóvenes, la tarjeta de transporte baratísima o la buena gestión de los centros de salud, es que no se ha entendido de qué va la política actual. En tiempos de choque, de atentado al Estado de derecho, de Gobierno con tendencia autoritaria, el votante quiere un defensor, no un mediador. 

Quizá la perspectiva sea otra, y los defensores de la vuelta del PP al «centrismo» se refieran a un regreso al realismo político, a la responsabilidad en la gobernanza y en la oposición, y al respeto ejemplarizante que debería mover a la élite pública. A esto me apunto, por supuesto, pero creo que los unicornios se han acabado en el supermercado y las elecciones son en 2027. 

Decía Dalmacio Negro, que sabía más que yo y que todos los que exigen «centrismo» al PP, que el centro es un punto geométrico que marcan los extremos, es decir, los demás. De ahí la tendencia continua a girar a la izquierda, asumiendo sus posiciones. Esto es un error. La política es schmittiana o no es, o se contempla como el enfrentamiento con el enemigo a corto, medio y largo plazo, o se desaparece. La moderación sistemática es ofrecer la otra mejilla para disfrute del adversario sin sacar nada a cambio. Lo estamos viendo con el Gobierno de Pedro Sánchez en alianza con los nacionalistas. Han usado las peores artimañas y están cambiando el régimen por la puerta de atrás en beneficio propio. Pero ha ocurrido lo mismo con Vox desde 2014, un partido dedicado casi en exclusiva a insultar al PP sin obtener respuesta, y que, en consecuencia, ha crecido hasta el punto de que los populares dependen de ellos.  

La política de la derecha desde la oposición solo puede ser dura de palabra, contundente, sin medias tintas, un directo a la mandíbula del corrupto y del autoritario, y tener una personalidad fuerte y que se muestre a tiempo, con valentía y realismo. Luego, en el Gobierno, tener una idea del poder, no de la mera gestión aseada. Si es preciso ser emocional para conectar con el elector, tendrá que hacerlo. Es ahora o nunca.

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