Hablar por hablar
«Ahora todo el mundo sabe de todo y opina de todo y callar —en la mesa, en la calle, la cosa es no estar calladitos— se acerca peligrosamente a la soledad y el miedo»

Ilustración generada mediante IA.
Pocas cosas cotidianas son tan insoportables como los charlatanes, que saben de todo y de todo opinan, y me temo que vivimos en la civilización —si puede llamársele así— de la charlatanería. Tan es así que el Congreso —en teoría la casa de todos— se está convirtiendo, salvo excepciones muy honrosas, en su templo. En casa se oía alguna vez y entre risas la palabra «charlatán» o la expresión «vendedor de mantas zamoranas» y, sin que nadie nos explicara nada, sabíamos lo que se quería decir: cosas del léxico familiar, del que el tiempo exilia y uno añora y a veces reproduce para sentirse en casa frente a los cambios en el uso del lenguaje. El editor Mario Muchnik, invocando a Klemperer, aseguraba que la barbarie empezaba con una falta de sintaxis y los campos de exterminio con la alteración del significado de las palabras. A esa alteración le seguían la devastación del lenguaje y la muerte.
Tener que hablar de todo implica meter la pata con cierta frecuencia. Pero si se mete entre iguales, apenas nadie se da cuenta. Cuando hay luz y taquígrafos, es —o era, ahora ya no sé— peor, porque los mismos que censuran lo serán, al cabo de semanas: sólo hay que esperar a que les luzca el pelo de la dehesa y la televisión es una peluquería.
«La sociedad del ruido nos merma de manera similar al ‘scroll’ que hace fosfatina —vía teléfono digital— el cerebro de niños, jóvenes y no tanto»
Esta semana, un casco azul español fue detenido y retenido en El Líbano por otros soldados del ejército israelí. Que lo detengan a uno no ha de ser plato de gusto, que lo retengan sin saber cuánto tiempo puede durar la retención y cómo puede acabar, menos aún, aunque se esté entrenado por si llega el caso. Convendría leer El proceso de Kafka y así advertir que el misterio de una detención es, efectivamente, que sabes cuándo empieza, pero no cuándo acaba o si va a acabar, a lo que se añade si va a acabar con bien o con mal. Que la detención de un soldado —suceso normal en una zona de guerra, tampoco hay que llevarse las manos a la cabeza— se compare con una retención de tráfico —un atasco, vamos— y la comparación tenga lugar en el Congreso nos indica la capacidad analógica del actual lenguaje político y en qué se ha convertido el Parlamento.
La lengua suelta, que no absuelta, es el error. Tengo un amigo cuya abuela le decía en mallorquín «Es callar és sucre» («el callar es azúcar») y entonces el azúcar no era veneno como dicen ahora que es, sino algo muy bueno. Como el silencio. ¿Tanto cuesta callar? Ahora todo el mundo sabe de todo, repito, y opina de todo, y callar —en la mesa y sin aguardar el turno, en la calle, en las colas, en las puertas de embarque, donde sea, la cosa es no estar calladitos— se acerca peligrosamente a la soledad y el miedo. Será eso. Hay que hacer ruido. Hay que imitar las obras que nos cercan: la cháchara de los grupos de excursionistas en la montaña, los ruidos de las máquinas de jardinería, las motos náuticas, las barcas para celebraciones, los coches discoteca, el delirio en redes, las motos-cohete, los plúmbeos relatos de los viajes ajenos…
La sociedad del ruido, tan satisfecha consigo misma, nos merma de manera similar al scroll o sucesión de pantallas que hacen fosfatina —vía teléfono digital— el cerebro de niños, jóvenes y no tanto. Y sin embargo, la satisfacción por la cháchara, visto lo visto, no sólo sigue siendo inmensa, sino que ha aumentado hasta convertirse en una ciencia. Qué digo una ciencia: en un despliegue de todas las ciencias que resumen nuestra época en plan suplemento dominical.