The Objective
Álvaro Nieto

Una Francia sin complejos se rinde (de nuevo) a Juan Carlos I

«Políticos y escritores, muchos de ellos de izquierda, dispensan un homenaje en París al monarca español con la excusa de su libro de memorias»

Opinión
Una Francia sin complejos se rinde (de nuevo) a Juan Carlos I

El rey Juan Carlos flanqueado por sus hijas Elena y Cristina. | EP

Pocas cosas gustan más que un rey en la muy republicana Francia. Quizás por eso Jordan Bardella, el pupilo de Marine Le Pen, trata estos días de relanzar su candidatura al Elíseo con unas fotos junto a la princesa María Carolina de Borbón-Dos Sicilias. El aroma que desprende la monarquía sigue apasionando en un país donde los símbolos y el protocolo aún se respetan.

Y este sábado 11 de abril se ha vuelto a demostrar. Políticos, escritores y periodistas de muy diverso signo se dieron cita en el Hôtel de Lassay, uno de los edificios del complejo de la Asamblea Nacional, para rendir tributo a Juan Carlos I con la excusa de su reciente libro de memorias, Reconciliación, elaborado con la ayuda de la escritora gala Laurence Debray.

El Rey y Debray recogieron un premio especial dentro de las ‘Jornadas del libro político’, un evento que lleva 35 años celebrándose en Francia y que, por supuesto, es completamente impensable en España. Bajo el lema ‘Comprometerse’, intelectuales y políticos celebraron diversas mesas redondas en torno a cómo fortalecer el compromiso ciudadano… y entre debate y debate se concedieron varios galardones a los mejores libros políticos de 2025, incluida la categoría de cómic.

Es lo que tiene Francia: la política con mayúsculas sigue ocupando un lugar destacado en la conversación pública, hay debates de altura en el prime time de las televisiones y un evento como el de este sábado es capaz de congregar a 300 personas, que luego hacen cola ordenadamente para que los autores les firmen sus libros. Todo lo contrario que en España, donde ya no se teoriza sobre política ni en el Café Gijón, recientemente convertido en bar para turistas pijos, y donde la mayoría de los políticos lo máximo que han llegado a leer en su vida es un catálogo de Ikea.

Por eso no es de extrañar que Francia admire la figura de Juan Carlos I, un rey que ya el 7 de octubre de 1993 pronunció un simbólico discurso desde la tribuna de la Asamblea Nacional. Hasta entonces, solo el presidente estadounidense Woodrow Wilson había tenido semejante honor… en 1919.

Este 11 de abril las cosas han sido muy diferentes a aquel 7 de octubre, pero en el fondo el mensaje sigue siendo el mismo. Se trataba de rendir homenaje a una de las figuras fundamentales de los últimos 50 años en Europa y, de paso, reconocer la enorme importancia histórica de su libro de memorias.

Al borde de las 12 del mediodía, el Rey apareció junto a sus hijas Elena y Cristina y su nieto Felipe en una sala completamente abarrotada donde le esperaban la presidenta de la Asamblea Nacional, Yaël Braun-Pivet, dos ex primeros ministros, Manuel Valls y Élisabeth Borne, y varios exministros galos como Michèle Alliot-Marie o Hubert Védrine.

Como invitados especiales de Juan Carlos I y Debray acudieron una docena de españoles. Entre ellos, los exjefes de la Casa del Rey Fernando Almansa y Rafael Spottorno, su sobrina María Zurita, el médico Eduardo Anitua, el escritor Javier Moro y la periodista Susanna Griso.

Durante los días previos a la ceremonia, se especuló en algunos medios españoles con una ficticia polémica en torno al premio del Rey. Pero la realidad de este sábado acabó por despejar cualquier duda. Toda la sala puesta en pie y la presidenta del jurado, la reconocida maoísta Annette Wieviorka, orgullosa al explicar que el galardón había sido concedido por unanimidad. Y eso que entre sus miembros se encuentran representantes de muy diversos medios de comunicación franceses: Le Figaro, L’Express, Le Point, Les Echos, Le Monde, La Tribune, Le Parisien, Politico

El Rey, visiblemente emocionado, pronunció en perfecto francés su discurso y explicó por qué considera que ha sido una buena idea escribir el libro. Tuvo algún problema para leer sus papeles, pero más fruto del incómodo taburete que le pusieron y de la letra minúscula en que le imprimieron el texto. A sus 88 años, Juan Carlos I arrastra algunos achaques de movilidad, pero la cabeza la tiene intacta. Y prueba de ello es que, después de la entrega del premio y del almuerzo que ofreció en su honor la presidenta de la Asamblea, decidió seguir en primera fila tanto un homenaje a Lionel Jospin como un sesudo diálogo entre los intelectuales Alain Finkielkraut y Marcel Gauchet.

Visto lo visto, la duda que surge es cómo es posible que Francia sea capaz de dispensar un homenaje de estas características a Juan Carlos I, sin distinción de colores políticos, y en su propio país sea un proscrito. Por muchos errores que haya cometido, no parece que sean superiores a los de algunos políticos que, aun siendo juzgados e incluso condenados, no han tenido que exiliarse nunca por sus pecados. El monarca se sabe injustamente tratado, pero al menos este sábado en París quiso quitarle importancia al asunto remitiéndose en su discurso a una célebre frase bíblica: «Nadie es profeta en su tierra».

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