Lecciones de la derrota de Orbán
«Las ideas y políticas no se derrotan a martillazos, se desgastan cuando se les desnuda de su épica, y se coteja su inflación grandilocuente con la realidad»

Ilustración generada con IA.
A la hora de escribir esta columna, todo indica que Orbán pierde las elecciones en Hungría tras 16 años en el poder, y hay quien, con alegría, sacará la lección equivocada: que el tratamiento habitual de algunos medios a los líderes populistas es la llave del éxito.
Seguramente, el vuelco electoral en Hungría responda sobre todo a causas domésticas. La situación económica, el cansancio acumulado tras tantos años de gobierno, el deterioro de algunos servicios públicos o la percepción de un estilo de poder cada vez más autoritario son factores mucho más decisivos que cualquier campaña mediática internacional.
A veces se olvida que líderes como Orbán viven, casi exclusivamente, del descrédito del establishment occidental ante el que se presentan como amuleto redentor. Su fuerza no nace de sus políticas, sino del rechazo que generan quienes pretenden combatirlos. Se presentan como el antídoto frente a un establishment percibido como arrogante, distante o moralmente superior. Y cuanto más visible es esa hostilidad, más fácil les resulta consolidar su papel de defensores del pueblo frente a poderes externos.
Miren si no al señor Orbán con su barriga de armazón denunciando durante la campaña que sus «adversarios» buscan provocar «caos» e incluso «conspiran con servicios de inteligencia extranjeros» para poner en duda los resultados. Esta narrativa de asedio —la idea de que Hungría está siendo presionada por «Occidente», Bruselas o élites externas— lleva años siendo una pieza central de su discurso. Y ocurre que gracias a este espontáneo, convincente, civil y melancólico mensaje se ha mantenido en el poder durante casi dos décadas.
Ahora, cuando las calles de Hungría se han llenado de espontáneos votantes, hay que recordar que la mejor manera de vencer a un líder como el señor Orbán no es combatirlo frontalmente en el terreno simbólico, porque ese enfrentamiento lo fortalece, sino desgastarlo en el terreno de la realidad. Pregunto qué ha funcionado en la campaña contra el ya exmandatario a un periodista sobre el terreno: campaña muy negativa, carteles de Zelenski, la cuestión ucraniana y sobre todo la pérdida del voto de las ciudades y de los jóvenes.
Ni siquiera el apoyo internacional más vistoso de las elecciones, el de Vance, ha garantizado su supervivencia política. La reciente visita de dirigentes extranjeros y la exhibición de alianzas ideológicas han tenido un impacto mucho menor del esperado. Para muchos votantes, esas escenificaciones suenan lejanas frente a preocupaciones mucho más inmediatas: el empleo, los salarios, el futuro de los hijos o la posibilidad de que los jóvenes tengan que emigrar a Austria o Alemania para encontrar oportunidades.
De hecho, parece ser que el elemento central sigue siendo interno: la sensación de que el país ya no avanza como antes. La economía no va bien, dicen. Y la opinión pública húngara —y han hecho encuestas sobre esto— tiene una visión muy negativa de los servicios públicos en Hungría, y cuando se trata de la sanidad, por ejemplo, incluso una minoría significativa de votantes de Fidesz está de acuerdo en que no es buena. Súmese a esto el debilitamiento de las instituciones del Estado de derecho y vemos a las claras lo que se urde en las tramoyas del discurso de resistencia orbanista.
«A veces se olvida de que líderes como Orbán viven, casi exclusivamente, del descrédito del ‘establishment’ occidental ante el que se presentan como amuleto redentor»
También se ha hecho visible una brecha generacional cada vez más profunda. Una generación entera de jóvenes húngaros ha crecido sin conocer otro Gobierno que el de Orbán, y ese simple hecho produce fatiga política. No se trata necesariamente de una rebelión ideológica, sino de una reacción casi natural contra la permanencia excesiva de cualquier poder. Las nuevas generaciones miran al futuro con inquietud y quieren oportunidades que les permitan tener oportunidades en su país. Cuando la política ha dejado de ofrecer un futuro, el cambio se vuelve una cuestión de supervivencia personal.
La derrota la ha causado algo mucho más peligroso: una alternativa creíble nacida desde dentro del propio sistema. La aparición de un liderazgo procedente del entorno del gobierno, capaz de hablar el mismo lenguaje político y de utilizar símbolos similares, ha desactivado parte del discurso defensivo que durante años protegió al oficialismo. La oposición ya no se presenta como una ruptura radical, sino como una corrección interna.
Comprendo que nadie quiera salir bailando con un sujeto tan malfamado, castrón y poco recomendable como Orbán, pero para que discursos como los suyos no prosperen (para que esto no quede en un paréntesis, en un cansancio nacional pasajero), hay que bajar de la consigna a los hechos, en vez de jugarlo todo a la carta del populismo o pedir las sales. Las ideas y políticas no se derrotan a martillazos: se desgastan cuando se las desnuda de su épica y se coteja su inflación grandilocuente con la realidad.
Tal vez el método sea más sencillo y también más exigente: abandonar la consigna y volver a los hechos. Tal vez esa sea, al final, la verdadera lección de la derrota del señor Orbán.