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Pasar la muerte de vacaciones

José Antonio Labordeta no se habría hecho cantante si no fuera por él. Alguna vez Arcadi Espada ha recordado su consejo: “Morir por las ideas. Sí, pero de muerte lenta”. Fernando Trueba ha dicho que las canciones de Georges Brassens (1921-1981) tienen respuestas a todas las preguntas de la vida.

Supplique pour être enterré à la plage de Sète”, publicada hace cincuenta años en el álbum del mismo título, es una de las más hermosas. En ella, el autor de “La mauvaise réputation” decía que le gustaría que lo enterrasen en la playa de la Corniche, en su ciudad natal. La formidable letra de la canción combina la melancolía, la cultura, el humor negro, un gusto desafiante por las cosas sencillas y la irreverencia irónica.

Brassens pedía que cuando su alma tomara el camino hacia el cielo su cuerpo fuera trasladado en un coche cama del tren Paris-Méditerranée, para que lo enterrasen cerca de sus amigos de infancia, los delfines, y del lugar donde una sirena, mujer pescado, le había dado su primera lección de amor, espina incluida.

En esa playa ni siquiera Neptuno en sus momentos furiosos se toma demasiado en serio a sí mismo Los agricultores franceses que han llenado de vino la ciudad en protesta por la competencia de los vinos extranjeros no han respetado las costumbres del lugar descritas en la canción. Según Brassens, cuando un barco va a naufragar, el capitán dice: “Sálvese quien pueda, el vino y el pastis primero”.

Señalaba que sería bueno tener un pino para proteger de la insolación a los viejos amigos que fueran a visitarle. Si se diera el caso de que una ondina con menos que nada por ropa fuera a echar un sueño sobre la tumba, el cantante pedía de antemano perdón a Jesucristo si la sombra de su cruz se inclinaba sobre ella en busca de un poco de felicidad póstuma.

Según Brassens, aunque sus versos no fuesen tan buenos como los de otro escritor de Sète, Paul Valéry, al menos podría presumir de que su cementerio sería más marino que el suyo. Napoleón, los faraones y los inquilinos del Panteón envidiarían un poco al eterno veraneante que se pasearía en hidropedales por la playa en sueños, que pasaría la muerte de vacaciones.

Brassens descansa en Sète, pero no está enterrado en esa larga playa ni en el cementerio marino de Valéry, sino en el de Le Py. Quizá tampoco le importaba mucho. En un encuentro con Léo Ferré y Jacques Brel, el cantante dijo: “Me da igual que me entierren en la playa de Sète. Solo la escribí para divertirme.”

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