Carles Escolà y Jorge Fuentelsaz

Podemos en su laberinto

"Si una de las partes contratantes se terminase desentendiendo del acuerdo, y basta con observar la conducta electoral de lugares como la Comunidad de Madrid para preverlo, el Estado del Bienestar español estaría políticamente condenado"""

Opinión

Podemos en su laberinto
Foto: Kiko Huesca

Los conservadores, siempre más inteligentes que los liberales, suelen estar a favor de fórmulas similares a eso que aquí llamaremos ingreso mínimo vital porque, amén de elevarnos moralmente como comunidades y como individuos, constituyen la vía más barata para evitar la revolución. Y la revolución parece conveniente evitarla. Es sabido al respecto que especular con hipótesis históricas contrafácticas constituye un deporte intelectual de alto riesgo, pero estaría por ver si una agrupación política surgida de la nada y que puso en situación de pánico súbito al establishment en pleno, hablo de Podemos, habría logrado irrumpir en escena cuando el clímax de la Gran Recesión con esa norma ya vigente. Personalmente, lo dudo; en cualquier caso, nunca lo habría hecho con un vigor semejante al suyo de cuando entonces. En España tan raquítico aún, el Estado del Bienestar, en origen una bandera de la socialdemocracia europea compartida con distintos grados de entusiasmo por la democracia cristiana continental y los viejos conservadores británicos, constituye el habitáculo doctrinal donde se inserta ese avance civilizatorio, el del ingreso mínimo garantizado. Pero el Estado del Bienestar del que se reclaman los dos socios gubernamentales, tanto Podemos como el PSOE, arrostra una contradicción crepuscular que, armados con la tosca brutalidad retórica que les es tan propia, se han apresurado a señalar los hooligans anónimos en las redes llamadas sociales.

Y es que el talón de Aquiles de esa nueva prestación universal, como el de todas las demás prestaciones universales provistas por las distintas Administraciones Públicas, acabará remitiendo, y mucho más pronto que tarde, a la discordancia insalvable entre dos viejos ideales políticos a los que apelan las fuerzas herederas del ala izquierda de la Ilustración, o sea del universalismo que caracteriza al progresismo de raíces marxianas. Porque hoy, aquí y ahora, en el año veinte del siglo XXI, resulta perfectamente coherente y factible la defensa militante del Estado del Bienestar llevado en la práctica a sus últimos extremos teóricos, el afán de Podemos. Del mismo modo que hoy, aquí y ahora, en el año veinte del siglo XXI, asimismo resulta factible, incluso loable, postular la libre movilidad a lo largo del planeta, y sin restricción ninguna en los pasos aduaneros, de eso que los economistas siguen llamando mano de obra, el otro afán apasionado que la gente de Podemos comparte con los liberales libertarios más entregados al doctrinarismo. Pero lo que no resulta en absoluto factible, sin embargo, es defender esos dos principios a la vez. Y no resulta factible porque se han revelado incompatibles. Son incompatibles, tan simple como eso. Cuando los cafres ultras de las redes berrean que el ingreso mínimo vital actuará como un catalizador del efecto llamada a la inmigración ilegal, por desgracia, no andan demasiado lejos de la verdad.

El grueso de las élites políticas españolas, tanto las de las izquierdas como las de las derechas, no parecen aún conscientes del riesgo potencial para el sistema mismo, esto es para la democracia liberal, que implica la combinación explosiva de un modelo productivo cada vez más basado en el trabajo barato y poco cualificado, el español por más señas, coexistiendo con un Estado social cada vez más incapaz de generar las bases fiscales necesarias a fin de poder financiar sus servicios. La combinación se antoja políticamente incendiaria a la larga. Una economía acomodada a la baja productividad sistémica que atrae inmigrantes de modo crónico y, al tiempo, una clase media menguante, el soporte principal y casi único de la presión fiscal, que cada vez se va desentendiendo más de las contraprestaciones que en su día constituyeron la orgullosa columna vertebral del Estado del Bienestar, sin ir más lejos esa educación pública y gratuita de la que la mayoría de sus integrantes han desertado en beneficio de los centros concertados o privados. En todas partes, el Estado del Bienestar se asentó en una alianza interclasista, transversal que se diría ahora, entre los cuellos blancos y los azules, las capas medias y los trabajadores industriales tradicionales. Si una de las partes contratantes se terminase desentendiendo del acuerdo, y basta con observar la conducta electoral de lugares como la Comunidad de Madrid para preverlo, el Estado del Bienestar español estaría políticamente condenado. Y con él sus defensores. Como el dinosaurio célebre de Monterroso, cuando Podemos despierte la contradicción seguirá ahí.

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