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"Fieles al espíritu kantiano, nuestros políticos deberían tatuarse el siguiente axioma: «obra sabiendo que estás sentando un precedente»"

Foto: Emilio Naranjo | EFE

Kant mencionó por primera vez el Imperativo categórico en 1785, en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres. El concepto se convertiría de inmediato en la clave de su filosofía moral. Kant lo define como principio supremo de la moralidad; un principio objetivo, racionalmente necesario e incondicional que debe guiar nuestra conducta en toda circunstancia. Aunque a lo largo de su obra define el Imperativo categórico de diversas maneras, la formulación más sonada es la que reza: «Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal». El axioma no es necesariamente original, pero quizá por ello el marco moral que propone es de una vigencia atemporal. Prueba de ello es que la reformulación de la máxima no afecta su espíritu. ¿Por qué les amargo la mañana hablando de Kant? Porque he empezado a temer por el futuro, a sospechar que el peor legado del sanchismo no serán los vaivenes ideológicos o los decretos leyes, sino el ejemplo que amenaza con asentarse; el patrón que dejará cuando le toque marcharse para que otro lo reproduzca con igual impudicia, con la misma letal desfachatez, pero quién sabe si con efectos más perversos.

Fieles al espíritu kantiano, nuestros políticos deberían tatuarse el siguiente axioma: «obra sabiendo que estás sentando un precedente». ¿Cómo podrá hacer oposición el PSOE en el futuro? Desde el episodio de la tesis hasta su abrazo con quienes ayer le parecían indeseables, Pedro Sánchez se ha ido superando en el arte del descaro. ¿Con qué autoridad moral podrá el PSOE alejar a Vox –o al partido ultra que esté por venir- de las instituciones? Mi mayor temor es que ese partido camine la senda desbrozada por Sánchez y haga de la mentira su emblema, instrumentalice las instituciones para perseguir sus intereses, doblegue al poder judicial y arrincone a la oposición. No es fácil resistirse a la tentación del ejemplo.

Dudo que Sánchez se haya parado a valorar el riesgo que para la democracia supone su tétrico modelo, pues se ha limitado a avanzar mientras arden las naves, con total indiferencia por lo que vendrá detrás. Quizá sea por estar en manos de un asesor a quien poco le importa que se gripen las instituciones si eso le garantiza llegar antes a la meta. El futuro no importa; serán otros quienes tengan que manejar el auto con los motores calcinados. Y es que las instituciones dependen de algo que Sánchez está dilapidando: la confianza. Algunos ingenuos no habíamos sido conscientes hasta ahora de hasta qué punto el buen funcionamiento institucional dependía de factores subjetivos: desde la decencia personal de quien ostenta un cargo público a la fe que los ciudadanos han de profesar a las instituciones. Quizá lo repetimos poco: la democracia necesita creyentes; sin reconocimiento las instituciones se desmoronan. Y la confianza en la palabra del político, en la neutralidad de los organismos públicos o en la independencia judicial no se renueva, como el colchón de la Moncloa, con la llegada de un nuevo inquilino. Si nada cambia, quien suceda a Sánchez tendrá vivo su ejemplo. Sólo nos queda confiar en su decencia.

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