José M. de Areilza Carvajal

¿Qué haría Jaime?

«Creía que siempre había caminos por los que transitar juntos o puentes nuevos que tender»

Opinión

¿Qué haría Jaime?
Foto: Cedida por José M. de Areilza Carvajal
José M. de Areilza Carvajal

José M. de Areilza Carvajal

Europeísta de guardia y harvardiano. La creatividad está en las intersecciones y el terreno común suele aparecer al borrar las cámaras de eco. 

Hace un año nos dejó Jaime Carvajal Hoyos. En aquellos días atroces no pude escribir una sola línea. Hoy su ausencia sigue siendo dolorosa, pero su recuerdo me sirve de guía y me proyecta hacia adelante.

Hay personas que desde la sociedad civil trascienden los confines de la vida privada por su contribución a la comunidad en la que viven. Jaime fue claramente uno de ellos, un gran profesional que se comprometió a fondo con el futuro de su país. El filósofo Javier Gomá ha acuñado el término «imagen de tu vida» para evocar el retrato que cada uno, de alguna manera, vamos pintando y retocando día a día, con nuestras decisiones, actitudes y vivencias. Al final del camino, legamos a la posteridad una imagen acabada de uno mismo, como un ejemplo moral que puede arrojar luz a los demás. Jaime fue ejemplar de muchas maneras.

Me gustaría destacar aquí tres facetas suyas, entrelazadas entre sí. Desde muy joven, decidió que tenía que servir al bien común, ya fuera desde el Banco Mundial, en la lucha global contra la pobreza, o en la multitud de iniciativas españolas que puso en marcha o en las que participó muy activamente. Le preocupaba mucho el mundo que vamos a dejar a las siguientes generaciones.

Jaime dedicó miles de horas a asuntos tan difíciles como el fomento de la concordia nacional o la creación de oportunidades para los jóvenes. Iba a contramano y chocaba con la mentalidad extendida que cada vez nos convierte más en consumidores o usuarios en vez de ciudadanos, es decir, dueños y responsables de lo que tenemos en común con los demás. Su vocación de servicio contrastaba con la pasividad de tantas personas con éxito, que no miran más allá de su desarrollo profesional y su bienestar personal y, en el fondo, viven como extranjeros en su propio país. La segunda faceta era su capacidad de escuchar, razonar y persuadir. Con una empatía prodigiosa, quería entender al otro, especialmente al que no pensaba como él. Respetaba y valoraba profundamente la diferencia, convertida en acicate para el aprendizaje y la reflexión, en una oportunidad para ejercitar el encuentro. Creía que siempre había caminos por los que transitar juntos o puentes nuevos que tender. Tenía una energía descomunal para sentarse a hablar durante horas y un optimismo como nunca he visto sobre las posibilidades de acercar pareceres y, un día, desembocar en acuerdos

La tercera característica que me gustaría resaltar es su generosidad. Con su tiempo, su amistad, sus recursos, su insistencia por dar con la versión mas positiva de cada persona. Fernando Savater dijo una vez que el héroe es el que hace lo que puede, porque la mayoría no lo hace. Fui testigo de que Jaime fue mucho más allá en su entrega a proyectos políticos o sociales de lo que a veces era posible. Hace unos meses puse una foto suya en mi despacho y al mirarla a diario me pregunto: «¿Qué haría Jaime?». En palabras de Javier Gomá, nos deja su ejemplaridad póstuma, la imagen que lega a los que le sobrevivimos. El cuadro está completado y es una invitación a vivir una vida digna y bella.

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