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Querer la Luna (y devolverla)

"Quisimos la Luna y la devolvimos, con un mohín de desinterés, en abierto desprecio del sueño que había fertilizado la imaginación de escritores de todas las épocas, de Luciano de Samóstata a Julio Verne"

Foto: Michael Collins | AP

En el siglo de Auschwitz, Hiroshima y el Gulag, la llegada del hombre a la Luna brilla como un astro inesperado en una noche de dolor, una nota de ilusión y de esperanza metida de modo incongruente en el compás de una lúgubre sinfonía. Es quizá por ello, y no por ninguna insensata teoría conspirativa, que la proeza nos viene envuelta en un halo de irrealidad o trampantojo. Del primer alunizaje ­–protagonizado por un país que en esos mismos años enviaba a su juventud a morir y matar inútilmente en Vietnam– interesa sobre todo destacar su carácter extemporáneo. De un siglo de desgracias llega, de pronto, el aniversario de una aventura que parece salida de la Europa de los descubrimientos, de la cual es su centelleante postdata. Resulta curioso que nadie, hasta donde yo sé, haya asociado el medio siglo del Apolo XI con el medio milenio de la partida de la expedición de Magallanes y Elcano que completaría la primera circunnavegación del mundo. La saga es la misma: Elcano sería el primero en abrazar el orbe; su epígono Armstrong, el primero en verlo como sólo se puede ver las cosas: desde fuera.

Pero, ya digo, todo sonaba como impostado y a contracorriente. En París los filósofos franceses teorizaban sobre una vida vaciada de sentido y en Houston los ingenieros de la NASA querían inyectarnos en el corazón una nueva carga de épica exploradora. Ganaron los filósofos: se cubrió el corazón de cenizas posmodernas. Fuimos a la Luna un par de veces y no hemos vuelto. Quisimos la Luna y la devolvimos, con un mohín de desinterés, en abierto desprecio del sueño que había fertilizado la imaginación de escritores de todas las épocas, de Luciano de Samóstata a Julio Verne. La humanidad era ya demasiado nihilista como para ser selenita. Tenían razón, pues, quienes advertían que el viaje celeste no provino de ningún brinco del espíritu humano, sino de prosaicas batallas ideológicas con la Unión Soviética. Reflexionando sobre la inexistencia de un gran poema en torno a la epopeya lunar, George Steiner dice: «Nada es más sintomático del enervamiento, de la descomprensión de la imaginación occidental, que nuestra incapacidad para responder a la llegada a la Luna». Así es. Hoy seguimos siendo esa especie desencantada y escéptica que ha perdido todas sus ilusiones por el camino y que busca su chute de heroísmo en las películas de superhéroes. La esperanza de descubrir otros mundos se ha trocado por el miedo a no saber si podremos salvar el nuestro.

Todo eso es cierto, y sin embargo… Y, sin embargo, qué difícil es no emocionarse un poco estos días de recuerdo, al mirar el cielo nocturno, buscar la familiar presencia de esa canica blanca, alargar el brazo hasta alojarla en la palma de la mano y pensar que el ingenio humano fue capaz de construirse una escalera para alcanzarla. ¡Fuimos a la Luna, caramba!

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