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Quien a yerro mata

No esperen de Pedro Sánchez que admita error alguno. Después de todo, el desmoronamiento del PSOE es fruto de una estrategia fundada en el odio al PP; en el ‘hay que echarlos’, el ‘si tú no vas ellos vuelven’ y el ‘como ganen me exilio’. La inquina se desató en el 11-M y cobró visos de respetabilidad con Zapatero, al punto de afianzarse como credencial única de la izquierda española. Hoy, a ningún socialista con pedigrí se le convence fácilmente de que odiar al PP no sólo es un pésimo negocio, sino también el síntoma de un colapso crepuscular. ‘Cómo vamos a estar equivocados’, se dicen; ‘la equivocación, en cualquier caso, consistiría en ser de izquierdas’. Y eso sí que no. La paranoia bíblica de Iceta no es tal: véase, si no, cómo va siguiendo de soslayo el guión que tiene sobre el atril.  

Si el PSOE sobrevive a sí mismo habrá de lidiar primero por la hegemonía de la socialdemocracia, lo que salvaguarda al PP mediante un doble dique. Se trata, obviamente, de una mala noticia, por cuanto se avecinan años en que la derecha operará con la sola competencia del nacionalismo, sin un proyecto creíble que le dé la réplica a escala nacional. Ciudadanos, que estaba llamado a ser ese proyecto, es hoy por hoy un partido en babia, amenazado, además, por la pretensión de su lideresa en Cataluña, Inés Arrimadas, de ocupar el espacio de Unió, en un caso flagrante de política de alcoba que, como sucede con el odio de los socialistas, tampoco es susceptible de error.

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