Rafael Rodríguez-Ponga

Quinientos años del océano «bien pacífico en verdad»

«Recordar lo que pasó en el Pacífico hace quinientos años nos ayuda a comprender mejor la región del mundo que, desde hace ya tiempo, se está convirtiendo en el centro de la atención y del desarrollo mundial»

Quinientos años del océano «bien pacífico en verdad»
Rafael Rodríguez-Ponga

Rafael Rodríguez-Ponga

Rector de la Universitat Abat Oliva CEU, es doctor en Filología Hispánica y pertenece al cuerpo de Administradores Civiles del Estado. Es también presidente de la Asociación Española de Estudios del Pacífico.

En este año 2021 conmemoramos la primera travesía por el océano Pacífico de la que queda constancia escrita en la historia. Fueron las naves españolas de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano las que surcaron el llamado Mar del Sur, de este a oeste, desde la Tierra del Fuego hasta las islas Marianas y las islas Filipinas.

El hecho, en sí, ya merece una especial consideración en la historia universal, muy especialmente en la historia marítima. Ahora bien, es imprescindible destacar que tal travesía se realizó como parte de la navegación que culminó con el logro de la Primera Vuelta al Mundo, la cual resulta ser la mayor hazaña de la humanidad.

Muerto Magallanes en Filipinas en ese mismo año de 1521, en un enfrentamiento entre filipinos, fue Elcano, como nuevo capitán general, quien supo dirigir el regreso a España. La última nave que quedó disponible y que logró llegar a Sevilla llevaba, por cierto, el muy sugerente nombre de Victoria.

Hay un hecho concreto que quiero destacar ahora: fueron ellos los que pusieron el nombre de Pacífico al mar que estaban recorriendo. Por eso, podemos decir con toda propiedad que estamos celebrando los quinientos años del océano llamado Pacífico.

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Nao Victoria 500, situada de forma permanente en Sevilla, España. | Imagen: Wikipedia

Aquellos navegantes tuvieron la inmensa fortuna de encontrarse con unas condiciones meteorológicas increíblemente favorables, sin enfrentarse a los tifones y a otras varias calamidades meteorológicas que resultan ser tan propias de la región. Como resultado de esa circunstancia, les pareció natural dar el nombre de Pacífico a un mar que se les mostraba tan tranquilo, tan quieto, tan reposado, tan en calma.

Entre los tripulantes figuraba el italiano Antonio Pigafetta, también conocido como Antonio Lombardo. Fue el autor de la crónica más conocida del viaje, que se ha reeditado estas últimas décadas en varias ocasiones. En ella, dejó escrito para la posteridad que en noviembre de 1520 entraron en el «Mar Pacífico», del que dice, de forma descriptiva y sencilla: «Mar Pacífico, bien pacífico en verdad, pues en tanto tiempo [tres meses] no conocimos ni una borrasca», según la edición que manejo ahora a cargo del recordado y querido Leoncio Cabrero (Madrid, Historia 16, 1986).

Lo interesante es que Pigafetta era italiano, Magallanes era portugués y Elcano era español. Eran los tres grandes protagonistas de la expedición, a los que tanto estamos recordando en este quinto centenario de la Primera Vuelta al Mundo. Me resulta especialmente interesante el hecho de que tenían orígenes distintos y, por ello, lenguas vernáculas distintas en sus respectivas tierras de procedencia: Pigafetta, además de utilizar el italiano literario, sería hablante de veneciano, por ser natural de la ciudad veneciana de Vicenzo; mientras que Elcano, además de hablar castellano, sería hablante del vasco guipuzcoano, dado que nació en Guetaria.

«Magallanes, Elcano, Pigafetta y todos los demás nos han regalado un topónimo con unas evocaciones sugerentes y positivas: Pacífico»

Otro dato interesante: entre los dos centenares y medio de tripulantes, los había procedentes de territorios que entran dentro de lo que hoy son España, Portugal, Italia, Grecia, Alemania, Bélgica, Irlanda, Francia, Gran Bretaña, Malasia, India… Es decir, era una expedición verdaderamente internacional y multilingüe, era una Babel flotante.

Llevo un tiempo haciéndome las mismas preguntas desde el punto de vista lingüístico, buscando las respuestas más acertadas, que son consecuencia, en muchas ocasiones, de deducciones lógicas. ¿Qué hablaban aquellos hombres? ¿Cuántas lenguas navegaron con ellos y recorrieron mares y continentes? ¿Qué lenguas tenían en común?

Mi deducción en relación con esta última pregunta es que, además del castellano, que ya empezaba a ser español, la lengua común tenía que ser el latín.

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Estrecho de Magallanes (mapa de Jodocus Hondius de 1606).

En consecuencia, es probable que el mar que estaban recorriendo fuera bautizado en latín, con el adjetivo pacificus. A favor de esta hipótesis está el hecho de que los protagonistas sabían latín, como demuestra el hecho de que Elcano llevara algún libro en latín en sus navegaciones; que Magallanes tuviera unos amplios conocimientos científicos, necesariamente aprendidos en la lengua científica de la época, que era el latín; y que Pigafetta procediera del ambiente eclesiástico vaticano, ya que llegó a España como acompañante del nuevo nuncio de Su Santidad. Además, otros miembros de la tripulación, por su condición profesional como capitanes, escribanos o capellanes, tenían que saber latín.

Por otra parte, los mapas del siglo XVI recogen el nombre del océano en latín, utilizando Pacificum o Pacifici, según el caso gramatical que corresponda. En los mapas que he podido consultar aparecen dos nombres, que a veces son sinónimos y a veces no. Algún mapa llama Pacífico o mar Magallánico a la zona sur pegada a Chile, mientras que Mar del Sur lo reserva para la zona cercana a América Central. Mar del Sur suele aparecer en castellano, a veces escrito como Mar del Zur, aunque también lo he visto en latín, como Mare Australis. En la mayoría de los mapas, los nombres Mar del Sur y Pacífico son sinónimos.

«Recordar lo que pasó en el Pacífico hace quinientos años nos ayuda a comprender mejor la región del mundo que, desde hace ya tiempo, se está convirtiendo en el centro de la atención y del desarrollo mundial»

Por supuesto, enseguida los miembros de la tripulación de la Primera Vuelta al Mundo dirían pacífico en castellano, pacífico en portugués, pacífico en italiano… Es decir, el mar Pacífico es la denominación que triunfó entre ellos, entre aquellos navegantes. Y, años después, entre los cartógrafos. Y es la que ha llegado hasta nuestros días.

Por lo tanto, celebremos que el nombre de Pacífico ha cumplido quinientos años y que se ha difundido, de una forma u otra, por numerosas lenguas del mundo: francés Pacifique, inglés Pacific, alemán Pazifik, etc.

Magallanes, Elcano, Pigafetta y todos los demás nos han regalado un topónimo con unas evocaciones sugerentes y positivas: Pacífico. Más allá de tifones, más allá de guerras mundiales, el océano y su entorno es siempre Pacífico. Y quienes nos dedicamos, desde hace décadas, a estudiar el Pacífico y sus culturas somos pacifistas, naturalmente.

Por todo ello, este mes de septiembre, en Barcelona, celebraremos un congreso académico bajo el título “500 años del océano Pacífico: de la Primera Vuelta al Mundo a nuestros días”, que se celebrará en la Universidad Abat Oliba CEU. Junto a esta Universidad, coorganizan el congreso la Asociación Española de Estudios del Pacífico y la Cátedra Internacional CEU Elcano Primera Vuelta al Mundo, con la colaboración del Instituto de Historia y Cultura Naval, Casa Asia, Mapfre y la COPE.

Este congreso servirá para reunir a un interesante grupo de estudiosos del Pacífico y de la Primera Vuelta al Mundo, desde distintas disciplinas: la historia, la ingeniería, la antropología, la pedagogía, la lingüística, la literatura, la astrofísica, la arquitectura, las relaciones internacionales, etc. También será la ocasión de dar a conocer las nuevas producciones audiovisuales sobre tal acontecimiento histórico, así como la música de las navegaciones ibéricas, en un concierto estreno a cargo de Pedro Bonet.

Recordar lo que pasó en el Pacífico hace quinientos años nos ayuda a comprender mejor la región del mundo que, desde hace ya tiempo, se está convirtiendo en el centro de la atención y del desarrollo mundial. Y, sobre todo, nos ayuda a comprender por qué somos como somos en este siglo XXI.

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