José Carlos Rodríguez

Realidad viral

"La realidad nos aburre, nos agobia, y los políticos nos prometen que nos sacarán de la misma gracias a todo su buen hacer"

Opinión

Realidad viral
Foto: Ballesteros
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

La sentencia del procés miró hacia otro lado con un argumento onírico. Nada ocurrió en la realidad; las acciones encaminadas a lograr la secesión de Cataluña no fueron más que ensoñaciones. El objetivo era una quimera, por ilegal, y la propia ilegalidad lo sitúa más allá de la realidad, y por tanto fuera de las fronteras del derecho. Demasiado irreal para ser delito. El objetivo de décadas de chantaje político a los gobiernos nacionales, de vulneración de la ley, de someter a las instituciones al programa nacionalista, de declarar al pueblo catalán único sujeto político, era una “mera ensoñación”. 

He de reconocer que mi primera sensación, al leer la sentencia, fue reconfortante. Error mío. Confundí, por pocos minutos, el objetivo de la secesión con las ficciones del relato nacionalista. La primera es la del pueblo catalán, como la del pueblo vasco es la del nacionalismo del PNV y Batasuna. Ficción es la de los parlamentos regionales, que son cámaras de carácter administrativo, cuyo origen es el Estado sustentado sobre el pueblo español pero se convierten en depósitos de la voluntad de sendos pueblos. España no existe, pero reconocen a un trasunto llamado “Estado”. Comparece la raza, esa ficción atávica revestida de ciencia. Y tantas otras que no es necesario ni recordar. 

La política es el arte del encantamiento. La realidad nos aburre, nos agobia, y los políticos nos prometen que nos sacarán de la misma gracias a todo su buen hacer. Y nos ofrecen soluciones especiosas, aparentes y atractivas, pero que nada tienen que ver con la realidad. 

Pero ésta se ha impuesto con una violencia brutal. Impregna todo lo que tiene una huella humana, y acompaña a decenas de miles de ciudadanos, que la transmiten a los demás con su rutina. Es, claro está, el coronavirus

Su efecto desaforado, imprevisto, ha hecho añicos varias de las ficciones de nuestra política. Como la de que el Estado no tiene presencia en Cataluña y el País Vasco. Como la de que en la participación en la manifestación del 8M. Como que el Gobierno cuida de nosotros y cuenta con los resortes suficientes como para alejarnos de un mal de estas dimensiones. Como la de que el Gobierno puede orillar a los líderes de Vox, y a sus votantes, en un trance como éste. Como un castillo de naipes, caen las ficciones políticas ante un soplo de realidad.

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