Antonio García Maldonado

Retrato generacional

«Los escándalos, el desprestigio y la salida de Juan Carlos I llegan en la etapa final de una biografía y una experiencia política de una generación que encaraba esa recta final con un legado ordenado y presto para estamparse sin apenas mácula en los libros de historia»

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Retrato generacional
Foto: FRANCOIS LENOIR
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

La salida de España del rey emérito, Juan Carlos I, ha producido reacciones diversas, tanto en detractores de la monarquía como en sus partidarios. Ambos lados han reaccionado con las posiciones esperadas, pero recientemente hemos conocido una carta, firmada por 75 exministros y altos cargos de los Gobiernos de la democracia, que ha llamado la atención. Primero, por su oportunidad y razón a la hora de defender al anterior jefe del Estado justo en la semana en que conocimos que su destino –sin saber aún si es transitorio– no era una democracia ejemplar, u otra monarquía parlamentaria, sino el régimen de Emiratos Árabes Unidos, situado en la región en la que presuntamente se produjeron sus opacos manejos financieros. Y, segundo, porque en dicho grupo estaban incluidas algunas personalidades de izquierda, otrora explícitamente republicanas, tales como el exvicepresidente Alfonso Guerra o el expresidente de la Junta de Extremadura Juan Carlos Rodríguez Ibarra.

Por imperativo biológico, la lista la conforman veteranos de la política de la democracia recobrada en 1978, con una media de edad más cerca de los 80 que de los 70. Y es en esa realidad en la que la carta adquiere todo –el único– sentido. Porque los escándalos, el desprestigio y la salida de Juan Carlos I llegan en la etapa final de una biografía y una experiencia política de una generación que encaraba esa recta final con un legado ordenado y presto para estamparse sin apenas mácula en los libros de historia. De algún modo, el affaire Juan Carlos se ha extendido así sobre toda una generación y, en parte, sobre una obra política, justo en el momento en el que sus artífices comienzan a abandonar el escenario.

En cambio, la carta, lejos de conjurar ese peligro, lo agrava. Pero la reacción es comprensible en términos estrictamente humanos. El veterano periodista Iñaki Gabilondo lo expresó con crudeza en una entrevista reciente, donde mostró una reacción contraria, pero con el mismo epicentro biográfico: «todo esto ha abierto un capítulo de vergüenza que ha degradado a mi generación públicamente. Se ha degradado él, ha degradado a la institución y con él nos hemos degradado los que acompañamos el proceso. Hemos sido desnudados y yo me siento avergonzado».

La carta, en fin, parece fruto de una debilidad comprensible, más que de un juicio ponderado. Una defensa de la obra y el legado propio que se percibe amenazado con el cuestionamiento de la persona que, hasta ahora, había simbolizado lo que, sin ninguna duda, han sido las mejores décadas de nuestra historia. En la psicología íntima que trasluce la carta, la suerte de Juan Carlos I parece lo de menos, y es desde luego secundario. Como si alguien les hubiera desordenado la casa justo antes de entregar las llaves. ¿Cómo no entenderlo?

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