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Robert Mugabe, ¿qué ha podido fallar?

Foto: PHILIMON BULAWAYO | Reuters

Robert Mugabe ha gobernado Zimbabue durante 37 años, chúpate esa, Franco. Ahora se ha visto desplazado del poder entre un estallido de júbilo del país, y de alivio fuera del mismo. Y lo cierto es que resulta difícil de comprender. Mugabe ha sido todo lo que podemos esperar de un dirigente de entrambos siglos. ¿Por qué esa saña contra él?

Comenzó su carrera como profesor. ¿Qué profesión hay que sea más bonita que la de transmitir los valores de progreso a los hijos de los demás? Era marxista cuando llegó al poder en las primeras elecciones democráticas de Zimbabue. En agosto de 1981 importó 106 asesores militares de otro país anticapitalista, Corea del Norte, gracias a cuyo consejo creó el Quinto Escuadrón. Fue el encargado de llevar a cabo una política abiertamente revolucionaria por la que masacró a no menos de veinte mil personas y torturó a otras tantas.

Los occidentales siempre quieren imponer sus caducos conceptos burgueses a las colonias. Pero Zimbabue era ya libre, y sus tribunales acabaron con los privilegios que Cecil Rodhes, el epítome del colonialismo, le había concedido a los habitantes de Matebele, por medio de su jefe Lobengula. Como dejó clara la sentencia, “algunas tribus son tan bajas en la escala de organización social que sus usos y concepciones de derechos y deberes no deben reconciliarse con las instituciones o ideas legales de la sociedad civilizada… Es imposible salvar un abismo como ese. Sería inútil imputar a esas personas una sombra de los derechos reconocidos por nuestra ley y luego transmutarla en la sustancia de los derechos de propiedad transferibles, tal como los conocemos”. La justicia llegó al país gracias a Robert Mugabe.

Entonces era ya reconocido por la prensa progresista como líder colonial y anticapitalista. Mas aún había de acrecentarse su reconocimiento por parte de los hombres y mujeres de progreso de todo el mundo cuando aprobó, en 1982, la Ley de Tierras Comunales, que las colocaba bajo el control directo del Estado, lo cual asegura que triunfó el bien público; pues, de otro modo, ¿para qué pedimos que el Estado lo controle todo? Lo que es difícil de entender es que fueran los propios campesinos los que se opusiesen a tales medidas, a pesar de algún caso aislado, como la parcelación de terrenos sin acceso al agua. Pues, ¿qué van a saber los propios campesinos de las tierras que cultivan? Para eso están los probos funcionarios de Harare.

El buen Mugabe, además, no hizo sino aplicar las ideas más progresistas de los antropólogos occidentales, según las cuales en Zimbabue la tierra no se regía por la propiedad privada, por más que hubiera un nombre para eso (cinhu), sino por la explotación, seguida por el abandono. Y debemos agradecer a estos hombres de progreso que compartiesen esas enseñanzas con la población local, que nunca tuvo noticia de que había vivido así durante siglos. Y gracias a la descolonización, esas ideas se pusieron en marcha por primera vez y los súbditos de Mugabe pudieron vivir por fin como verdaderos zimbabuenses.

El hambre diezmó la población de Zimbabue ante el desplome de la producción agrícola, decían los medios capitalistas. Pero la mayoría reconocía que ese hambre era efecto directo del capitalismo que aún se imponía desde fuera. Las críticas occidentales, pocas, palidecen ante la claridad moral de Jean Ziegler, profesor de sociología de Ginebra y de la Sorbona, Relator Especial para el Derecho a la Alimentación, vicepresidente del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, y él mismo Premio de Derechos Humanos de Muamar El Gadafi. Ziegler ha dejado claro que “la historia y la moral están de su lado”. ¿Por qué no lo ve igual todo el mundo?

Robert Mugabe, además, ha ido tan lejos en su defensa de valores como la diversidad. Le quitó la tierra a numerosos blancos y las repartió entre los negros de su tribu, con preferencia hacia los revolucionarios de su partido. Y ha fijado estándares morales, como “el único hombre blanco en el que puedes confiar es en uno que esté muerto”.

Y sin embargo, tras 37 años de política socialista, no recibe el reconocimiento de otros líderes no alineados, como Fidel Castro, Hugo Chávez o el propio Gadafi. Y resulta difícil de entender. ¿Qué ha podido fallar?

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