Antonio García Maldonado

Sable o puñal

"Las palabras gruesas se han adueñado del Congreso y del Senado"""

Opinión

Sable o puñal
Foto: Kiko Huesca
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Las palabras gruesas se han adueñado del Congreso y del Senado. Pero, siendo graves y desagradables, no dejan de ser la manifestación de lo verdaderamente peligroso: el no reconocimiento de la legitimidad de los rivales políticos. En el caso de Vox, esa acusación de «ilegitimidad» del Gobierno es abierta y algunos tuits de determinados representantes han sido claras apelaciones a los militares respecto a su juramento de defender la nación incluso por encima del Estado. El vicepresidente Pablo Iglesias ha entrado en la provocación y ha utilizado dichos posicionamientos para acusar a Vox de querer volver a 1936 pero no atreverse a dar un golpe de Estado. Sorprende que haya picado porque alimenta uno de los ejes que más favorece a los rivales del Gobierno y más daño hace a la idea de la coalición: el que iguala a UP y Vox, como si ocuparan lugares opuestos pero análogos en el espectro político izquierda-derecha.

Por su parte, Vox ha acusado a Iglesias de querer otra guerra civil, sin descartar que se atreva a provocarla. Un toma y daca que recuerda a algunos pasajes del conocido discurso que el diputado José Donoso Cortés pronunciara en 1849 ante las Cortes en defensa de una dictadura para España: «Se trata de escoger entre la dictadura que viene de abajo y la dictadura que viene de arriba; yo escojo lo que viene de arriba, porque viene de regiones más limpias y serenas: se trata de escoger, por último, entre la dictadura del puñal y la dictadura del sable; yo escojo la dictadura del sable, porque es más noble». El ambiente político de la crispación genera una injusta generalización que alimenta una peligrosa antipolítica. Una realidad que es siempre perjudicial, pero que lo es más aún en plena pandemia y al inicio de una dura remontada económica que requeriría consensos y cierta unidad de acción, al menos de cara a las instituciones europeas.

Vox no va a cambiar su estrategia. Es más, seguramente doble la apuesta. Se intuye tras su posicionamiento en contra del Ingreso Mínimo Vital (IMV) que ha de validarse próximamente en el Congreso. Cuando se especulaba con el giro chauvinista, con su concurso y apoyo se levantó un pudiente barrio de Madrid y, semanas después, uno de los portavoces de Abascal dijo, retorciendo argumentos hasta falsearlos, que el IMV era una llamada a la inmigración ilegal y que eso les obligaba a votar en contra. El PP ha leído mejor los tiempos que vienen y ni siquiera se refugia en la abstención, sino que votará a favor, algo digno de celebrarse. Más aún cuando alguno de sus antiguos portavoces y expertos económicos han calificado sin pudor al IMV como una «paguita» que supone una «recompensa a la obediencia». Un «pues que coman pasteles» propio de María Antonieta adaptado a nuestros días que el PP ha acertado al desoír.

Vox parece haber aceptado que no habrá sorpasso al Partido Popular –y en Albert Rivera y su suerte tiene un buen ejemplo de los peligros de dicha obsesión– y que la transversalidad que proclama es insignificante dado lo fijo de los bloques. Como si asumiera que su lugar está a la derecha de la derecha y que les tocará, en el mejor de los casos, el papel de socio menor. Pero que tampoco pueden desdibujarse como lo han hecho allí donde han debido apoyar desde fuera Gobiernos, caso de Andalucía, Murcia o el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid. Por eso no cabe engañarse: el espectáculo político está aquí para quedarse y habrá convivir con ello. Ahora, además, deberán intentar compensar con ruido el pésimo resultado que se les augura en Galicia y País Vasco.

Pero la clave no estará en ellos, sino en la aprobación o no de unos Presupuestos para 2021 que, en cambio, su actitud facilita al cohesionar el bloque de la investidura. En ese interregno se encuentra un PP que es presa de una estrategia que favorece el desahogo emocional a costa del éxito político –Vox asienta su base en lo primero y se diluye cuando ocurre lo segundo–. El PP sube en las encuestas, pero los bloques no varían. Lo racional sería que el PP recuperara confianza y margen estratégico respecto a Vox tras las elecciones gallegas y vascas. Deberá dejar de mirar de reojo lo que hace su competidor, que tiene su camino y unos objetivos estratégicos divergentes a los suyos, aunque después se pongan de acuerdo si suman. Pero vivimos un momento poco propicio para los argumentos racionales y el ecosistema mediático en su bloque no lo pone fácil.

Mientras tanto, la realidad es que, pese a todo, el Gobierno mantiene el pulso electoral y ha sacado adelante la última prórroga del estado de alarma con más votos que en la propia investidura de enero y tras la gestión de una durísima pandemia.

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